Hablar de fusiones y adquisiciones en México es hablar de un mercado que crece, pero opera muy por debajo de su potencial. En 2025, México cerró el año con 183 operaciones y poco más de 21,000 millones de dólares en valor divulgado —menos del 2% del valor transaccionado en Estados Unidos, y un mercado 70 veces menor en número de operaciones. La brecha es desproporcionadamente mayor que la diferencia en el tamaño de sus economías—, una señal clara del potencial por desarrollarse.
LA EMPRESA FAMILIAR
La gran mayoría de las empresas en México son familiares, y eso define la naturaleza del mercado. La mayoría de las transacciones son ventas de empresas que una familia tardó generaciones en construir. Durante décadas, muchos empresarios construyeron sus compañías con la convicción de que vender era perder. Ganar era heredarla por generaciones. La calidad de la información financiera tampoco era prioridad —no era necesaria si el negocio no se iba a vender ni a abrir a socios externos. Eso está cambiando: cada vez más empresas cuentan con consejos profesionalizados y accionistas que ven las fusiones y adquisiciones como herramienta legítima para crecer, diversificar, dar liquidez o garantizar continuidad generacional. No hace muchos años, otras economías atravesaron una etapa similar — la apertura hacia esta práctica tomó décadas, y el mercado que existe hoy en esos países es el resultado de ese proceso.
LOS COMPRADORES
En el lado comprador predominan transnacionales que buscan crecer en México —AB InBev al adquirir Grupo Modelo, AT&T al comprar Iusacell, Heineken al adquirir Cuauhtémoc Moctezuma, Marriott al adquirir City Express, entre otros—, y empresas mexicanas con vocación de compras: Arca Continental, Bachoco, Bimbo, CEMEX, FEMSA, Gruma, Lala, entre otras. También participan fondos de capital privado, family offices e inversionistas institucionales locales: invierten en empresas, las profesionalizan y dan liquidez a sus accionistas, adquiriendo participaciones mayoritarias, minoritarias o estructurando soluciones a la medida. Tienden a ser más selectivos, ya que el crédito basado en flujo se activa cuando la transacción es de buen tamaño y la empresa objetivo cuenta con información confiable y métricas sólidas. Si bien importantes, todavía representan una minoría frente a los estratégicos.
En paralelo, cada vez más empresas medianas familiares están dando el paso de salir de compras —una señal clara de madurez. A esto se suma el creciente interés de fondos estadounidenses de capital privado por explorar oportunidades en México, atraídos por la demografía, el tamaño del mercado y el potencial de crecimiento del país.
LA EVOLUCIÓN DEL MERCADO
Todo esto forma parte de una transformación más amplia. Las empresas familiares se han profesionalizado: mejoraron su información financiera, abrieron sus consejos y adoptaron una mentalidad más receptiva a las fusiones y adquisiciones. El interés de compradores internacionales ha crecido de manera sostenida. El ecosistema de asesores ha madurado: bancos de inversión, despachos contables, abogados corporativos y consultores de estrategia, hoy dominan procesos que hace treinta años eran incipientes. Las principales universidades —Anáhuac, IBERO, ITAM, ITESM— forman profesionales sólidos; algunos se forman en el extranjero y regresan como asesores con prácticas novedosas o a tomar las riendas de sus empresas familiares con una visión más amplia. Organismos como AMEXCAP articulan al sector, y avanzan iniciativas para abrir la inversión de las Afores al capital privado —esfuerzos preliminares, pero con el rumbo adecuado.
Independientemente de la volatilidad coyuntural, en el mediano y largo plazo el mercado seguirá creciendo. La brecha con mercados más desarrollados no es debilidad estructural; es potencial no explotado. La pregunta no es si México llegará a ese potencial, sino cuándo.
