Los gobiernos, aun de diferentes signos y matices ideológicos, echan mano de distractores políticos para amainar o disminuir el impacto de los problemas nacionales. Con López Portillo se dio la aprehensión del Ing. Eugenio Méndez Docurro y de Félix Barra; con De la Madrid, el desafuero y cárcel del Ing. Jorge Díaz Serrano; con Salinas, el encierro de La Quina y de Legorreta; con Zedillo, el Ing. Raúl Salinas; con Peña Nieto, Javier Duarte, Roberto Borge y la maestra Elba Esther Gordillo, y con López Obrador, Rosario Robles y Jesús Murillo Karam, entre otros.
En tiempo de tormentas los distractores políticos evitan desastres mayores. Esta administración enfrenta retos y desafíos de gran calado. La pandemia, la parálisis económica, el combate a la corrupción y a la impunidad y la inseguridad galopante son fantasmas que recorren el país sembrando muerte y desesperación. Ahora, se suma la inflación como disolvente social.
Ante este panorama era de esperarse el desplome de la popularidad del presidente y, sin embargo, ha sorteado el vendaval. Sabe tocar la fibra sentimental de su gente, su discurso de denuncia a los saqueadores impacta la conciencia de sus seguidores y cuando los problemas salen de control, de inmediato pone en práctica eficaces distractores políticos de indiscutibles resultados positivos a su favor.
Su estrategia de comunicación con la gente y sus permanentes recorridos por el país le producen rentabilidad política. Las mañaneras con alcance y penetración. La confrontación, su instrumento depurador de la maldad del neoliberalismo. Un presidente en permanente campaña política electoral.
En los últimos tiempos, su nacionalismo revolucionario ha chocado con los intereses norteamericanos y con los compromisos firmados en el Tratado de Libre Comercio. Ya estamos en mesa de litigio. La proclama del día 16 de septiembre, en defensa de la soberanía nacional, será otro factor de apoyo popular.
Sin embargo, el tiempo lo alcanzó; en un suspiro desfilaron las esperanzas y los sueños de transformación. El cambio de régimen se puede convertir en simple cambio de gobierno. Las reformas constitucionales en materia de energía y electricidad no se lograron, mientras que la electoral y la de adscripción de la Guardia Nacional a la Defensa no se aprobarán en el Congreso.
La inseguridad sigue creciendo en el país y es otro elemento de preocupación nacional y de molestia para los vecinos del norte. En las últimas semanas, el país sufrió violencia irracional en varios estados. Con lujo de fuerza y armas de alto poder, los delincuentes sembraron el caos incendiando vehículos y establecimientos comerciales en abierto desafío al gobierno. La acción rápida y violenta de los criminales exhibió su vulnerabilidad y lo puso en el escenario de la crítica nacional e internacional.
Ante este espectáculo peligroso, de escándalo, de desafío y desgaste del gobierno, se operó la aprehensión de Jesús Murillo Karam, procurador del presidente Peña Nieto, fincándosele responsabilidades por los dolorosos y lamentables acontecimientos de Ayotzinapa. Un espectáculo de distracción política. La atención pública se enfocó en este asunto y se olvidó de los demás. Un efectivo anestésico político.
El problema es la realidad: imposible ignorarla. Se está envileciendo la tranquilidad social del país. Más que distractores, al gobierno le urge un golpe de timón que concilie la conciencia de buena parte de la sociedad. Está aún lejano el 2024, son dos años muy buenos para el trabajo.
Por la experiencia vivida, este cambio de actitud no se dará. El síndrome de autocomplacencia es pernicioso y de graves consecuencias y no hay tregua posible cuando se disminuye a los contrarios, cuando se les tiene acorralados, en las cuerdas y amenazados con la espada de Damocles.
Por su parte, la oposición no sabe qué hacer, está dividida y amedrentada; sin discurso, sin rumbo y sin dirección. Perdiendo el tiempo en asuntos menores, incapaz de presentar una propuesta nacional que sume y arrastre a las masas a la lucha electoral.
