Colaborador Invitado

Sin resultados no hay legado, sin legado no hay historia

La pandemia, la inseguridad, la parálisis económica y ahora la inflación carcomen el alma nacional.

Lo peor que le puede pasar a un pueblo es perder la confianza y cancelar sus sueños y esperanzas.

A las y los mexicanos nos ha tocado bailar con las más feas. La pandemia, la inseguridad, la parálisis económica y ahora la inflación carcomen el alma nacional. Los pobres son más pobres, las clases medias menos medias y los ricos más ricos. Una fatalidad social.

El gobierno navega en mar proceloso, con fuerte tormenta y vientos huracanados. El navío está averiado y la tripulación, en pleito y confrontación permanentes. En estas condiciones nuestro avance es lento y no divisamos en el horizonte puerto a atracar.

Estamos a punto de extraviar el camino y perder el radar. Urge un golpe de timón político. El presidente debe reconocer esta realidad y, en un gesto de inteligencia y humildad, convocar a la conciliación y construir un acuerdo político nacional que permita avanzar a nuestro país o cuando menos conservar los logros que generaciones pasadas, con sacrificio y trabajo, han conseguido.

La mayoría de la gente no ve posible este escenario de sensatez política y se generaliza la idea de que al gobierno no le interesa este reencuentro conciliatorio. Es más, se comenta que al presidente no le preocupa la aprobación de sus iniciativas constitucionales, son meros distractores para ganar tiempo y preparar los instrumentos operativos para triunfar en 2024.

Hay dos Méxicos en pugna. La polarización no permite su conciliación, ahonda las heridas, alimenta la violencia y el odio entre las clases sociales. No permite visualizar el futuro, sepulta el presente y nos convierte en estatuas de sal.

La responsabilidad del gobierno es enorme. Sus retos, monumentales: democracia y libertad, salud y bienestar, seguridad, economía, inflación, empleo e ingreso familiar. Un auténtico compromiso de Estado. Una tarea titánica para no perder el tiempo en escaramuzas políticas.

Las campanas están doblando, son las últimas llamadas. Es una impronta de salvamento. Nunca es tarde para la reconciliación.

La lucha del presidente es ideológica. Es un asunto de principios. Su iniciativa de reforma eléctrica era fundamental para su conciencia política y su alineación de izquierda; sufrió una derrota irreparable. De alguna manera, se confió y lo engañaron ofreciéndole alianzas efímeras que no cumplieron.

El presidente ha sido víctima de sus impulsos y de su temperamento tropical. Él construye, en sus mañaneras, sus propias trampas políticas. Anuncia acciones que al no tener resultados concretos se convierten en bumerán político en su contra: el combate a la corrupción y la impunidad, el enjuiciamiento de los expresidentes, la revocación de mandato, el Felipe Ángeles, la migración, la inseguridad creciente, la economía, la ley eléctrica, la línea 12 del metro, la reforma electoral y, lo más reciente, su gira por Centroamérica.

La relación del gobierno con el vecino del norte, en creciente desconfianza. Los republicanos en pleno enfrentamiento. El discurso político de corte amistoso de Biden y de López Obrador no corresponde a la realidad, dos mundos diferentes, dos visiones distantes. Hoy, México ya no es el patio trasero. Ahora es el patio de enfrente, en voz del presidente de Estados Unidos.

En fin, caminamos en el desierto bajo un sol abrasador, sudorosos y sedientos, en busca del oasis prometido.

Roberto  Albores Guillén

Roberto Albores Guillén

Exgobernador de Chiapas

COLUMNAS ANTERIORES

El poder de tus contribuciones para exigir tus derechos
La paradoja de la IA en salud: desarrollamos mejores fármacos, pero no mejores resultados

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.