A nuestra democracia le urge la presencia de partidos políticos renovados y fuertes, que encabecen causas de la gente y defiendan los valores esenciales del pueblo de México como las libertades constitucionales, la división de poderes, el federalismo y el Estado de derecho y que exijan al gobierno garantizar la salud, la seguridad y la reactivación económica del país. Por encima de todo está el compromiso de salvar la vida de las y los mexicanos.
El proceso electoral de 2018 vulneró el ánimo de los partidos, unos más y otros menos, pero a todos les pasó una locomotora encima que enterró sus aspiraciones. Las y los ciudadanos les cobraron a los partidos que hoy son oposición la factura de la ineptitud, corrupción y falta de resultados de su gobierno. La gente votó en contra por su falta de lealtad y compromiso político.
La alianza PAN-PRI-PRD en las pasadas elecciones intermedias les dio respiración boca a boca y en cierta forma recuperaron oxígeno para subsistir, siempre y cuando se transformen, renueven sus cuadros y liderazgos y luchen por la solución de los grandes problemas que aquejan a la colectividad nacional.
El tiempo ha pasado, la falta de acción de los partidos de oposición es proverbial y su silencio, aturdidor. No existen en el debate nacional, no tienen presencia ante la opinión pública, están borrados y entretenidos en sus conflictos domésticos y en la custodia de sus prebendas e intereses. Les importa poco la contienda electoral. De hecho, en realidad no les interesa. Están más ocupados en formar parte de las candidaturas plurinominales para disfrutar de beneficios políticos personales. «Una mafia del poder».
López Obrador llega a su tercer año de gobierno con una amplia aceptación y, en consecuencia, Morena tiene posibilidades de ganar de nueva cuenta en 2022 y 2024. El presidente ha utilizado la polarización como instrumento motor de fortalecimiento político. Sin resultados económicos y con un cuestionado manejo de la pandemia y la inseguridad; comunicación social, un éxito a todas luces. Las mañaneras marcan la agenda política nacional, ahí se debaten, a diario las cuestiones nacionales. El uso de los nuevos métodos y tecnologías de comunicación ha generado una fuerte presencia política ante la opinión pública y penetran en la conciencia de la gente, la más pobre, la más necesitada. Las redes sociales son catalizadoras del gobierno. Las mañaneras se han convertido en el foro y el ágora de la discusión política cotidiana. Ahí se ventilan la razón, el proceder y la verdad del gobierno, son la «guillotina política» para los conservadores y los impuros. Ahí se santifica a los pecadores de la 4T, condena y perdón, según las conveniencias políticas.
Un cambio de gobierno busca la conciliación y, en cierta medida, es un proceso de cambio gradual que a veces se convierte en «más de lo mismo». A diferencia, el cambio de régimen encuentra en la polarización su razón de ser, su objetivo es desterrar a fondo la estructura de lo que no funcionó. En este caso, al cesto de la basura el neoliberalismo. En estas condiciones, el diálogo sale sobrando. Los partidos de oposición defienden las trincheras del pasado neoliberal y conservador. La liturgia populista conforma un diseño de confrontación y en ella encuentra los motivos fundamentales de su lucha; con ausencia de enemigos no hay combate, sólo «round» de sombra. Su fuerza está en el diferendo, en la disputa y en la búsqueda de culpables. El cambio de régimen no busca la normalidad democrática y encuentra en el debate y la denuncia un filón de crecimiento y aceptación popular. La lucha entre liberales y conservadores fue una guerra sin cuartel; cada grupo en plena confrontación, sin tregua, diálogo ni negociación. Juárez ganó la guerra y restauró la República. Esta es la estrategia y la convicción del actual gobierno.
En consecuencia, ojalá me equivoque, el diálogo que pide Acción Nacional es un grito en el desierto y un espejismo en el oasis para saciar la sed. En las iniciativas presidenciales anunciadas por el presidente no dará marcha atrás y, en estas condiciones, sólo será un distractor político, un diálogo de sordos.
Los partidos de oposición no reaccionan ante el desgaste y los problemas del gobierno. Un solo ejemplo: la división interna y la descomposición del grupo gobernante están a la vista y no son motivo de atención por parte de la oposición. Santiago Nieto y Gertz Manero han intercambiado graves acusaciones y los partidos están en otra frecuencia, no les interesa. Están muy bien portados, hasta el presidente los ha felicitado en las mañaneras.
Sin causa no hay destino, sin objetivo claro y definido no se puede lograr el propósito. No hay vientos ni del sur ni del norte que ayuden a lograr la meta; se requiere de rumbo, sistema, método, estrategia e instrumentos políticos. Hoy por hoy, según las encuestas, solamente la alianza total de los partidos de oposición con un candidato de prestigio y liderazgo ciudadano podría competir para la Presidencia de la República. Sin embargo, los partidos no están concientes de esta realidad y cada quien con sus problemas. El PAN está dividido y pidiendo diálogo, Movimiento Ciudadano anuncia que va solo en 2024 y en estas condiciones atomizará el voto y ni con san Pedro de candidato le dará los votos para ganar la presidencia. Su declaración fue un balde de agua fría en pleno invierno para los partidos aliancistas y un bálsamo tranquilizador para López Obrador.
El PRI, en plena contradicción interna, descalifica al joven Luis Donaldo Colosio en lugar de anteponer la unidad y evitar la confronta con Dante Delgado al calificar como esquiroles a Movimiento Ciudadano.
En fin, la surrealista política mexicana en plena efervescencia.
