En el tiempo se pierde el interés que como especie compartimos por conocer y comprender nuestro planeta, y hasta ahora lo hemos hecho bastante bien gracias a la ciencia, sin embargo, un continente escondido, un pulso insospechado y un nuevo océano, nos dejan en claro que aún falta mucho por descubrir.
La pandemia transcurre y mientras luchamos por contenerla y volver a algo parecido a la normalidad, la ciencia avanza y no nada más en el campo que nos permitirá ganar dicha batalla. Tan solo en materia de la Tierra, un buen número de científicos constantemente enriquecen su conocimiento y comprensión. Dentro de los últimos hallazgos hay tres contundentes que cambian su concepción y requieren actualizar lo que aprendimos en clases de geografía.
En 2017 se reconoció la existencia de Zealandia, un continente en el océano Pacífico. La declaración fue rotunda ante las conclusiones de diversos estudios que a lo largo de dos décadas analizaron evidencia geológica y geofísica al respecto, junto con los hallazgos de exploraciones marinas emprendidas en la zona entre Australia y Antártica; en conjunto científicos descubrieron que Nueva Zelanda, Nueva Caledonia y la isla Lord Howe son parte de un continente de unos 5 millones de kilómetros cuadrados, aunque el 94% se encuentra sumergido. Actualmente se continúa el estudio de esta masa de tierra que no siempre estuvo bajo el agua y pudo ser un puente para el paso de animales y plantas hace millones de años.
Además de Zealandia, los mapas pronto mostrarán un nuevo océano junto con el Ártico, el Atlántico, el Índico y el Pacífico. Este año la National Geographic Society, anunció el reconocimiento oficial del océano Austral, un anillo que rodea la Antártida, aunque a diferencia de ellos sus fronteras son de agua, ya que su extensión está delimitada por una corriente marina, no por otros continentes. Desde hace varias décadas se discutía internacionalmente su designación, pero fue hasta el pasado Día Internacional de los Océanos, que bajo consenso se le reconoció por sus características únicas y ecosistema propio.
Finalmente, cuando escuchemos expresiones como “la Tierra late” hay que entenderlas en términos geológicos como un suceso muy real y magno. Este año se dio a conocer que nuestro planeta tiene un pulso, se trata de un ciclo lento que ocurre aproximadamente cada 27,5 millones de años y que coincide con eventos geológicos de importante magnitud como extinciones de especies, fluctuaciones en el nivel y composición del mar, actividad volcánica inusual y cambios drásticos de placas tectónicas. Investigadores de la Universidad de Nueva York lo descubrieron a partir del estudio de 89 de estos eventos ocurridos en los últimos 260 millones de años, y según los datos el próximo pulso sucederá en unos 20 millones de años, veremos qué pasa entonces, tal vez serán tiempos en los que sabremos no solo el origen del ciclo -estudio ya en curso-, sino todo sobre este planeta vivo y enigmático en el que habitamos.