Guido Lara, CEO Founder LEXIA Insights & Solutions
La estrategia del Partido Republicano es clara: obstaculizar el voto y acumular restricciones al proceso. En lo que va del año, los republicanos han propuesto cientos de nuevas leyes (sí, usted leyó bien ¡cientos!) que buscan limitar el voto.
Ya en mayo se tenían contadas 389 iniciativas en 48 estados. Hoy ya han entrado en vigor, en 17 estados, más de 30 nuevas leyes dirigidas a ir contra los votantes, en un masivo y evidente ataque al principio democrático de una persona, un voto.
Contrario a la estrategia que siguió George W. Bush, quien trabajó para atraer votantes de los segmentos emergentes, especialmente los latinos, hoy los republicanos han tirado la toalla y buscan que estos grupos poblacionales voten menos, se les complique terriblemente o de plano no puedan hacerlo.
El catálogo de iniciativas es infinito: insistir en que la fecha de las elecciones sea en martes –día laboral–, exigir pruebas de identidad, complicar el proceso de registro como elector, limitar el voto por correo, restringir el voto adelantado, impedir que la gente vote desde su auto, facilitar motivos para ser removido del padrón, disminuir la capacidad de las autoridades electorales para defender el resultado del conteo e intimidar funcionarios de casilla con elevadas multas.
Embestida antidemocrática enmarcada en dos narrativas contrapuestas.
La narrativa inicial detonada y alimentada cotidianamente por Trump, los republicanos y su ecosistema mediático –destacadamente Fox News y los programas radiofónicos de merolicos paranoides–, quienes no dejan de afirmar que les robaron la elección debido a que se contaron millones de “votos ilegales”.
La contranarrativa demócrata se enmarca en la etiqueta #TheBigLie, la dudosa afirmación de que Trump ganó y le robaron, la cual ha sido derrotada en los recuentos de votos, en los tribunales, en los medios de comunicación que aspiran a ser serios y en la percepción de quienes analizan hechos verificables y no fantasiosas teorías de la conspiración.
Más allá del juego de narrativas encontradas, los demócratas han presentado al Congreso dos leyes (For the People Act y John Lewis Voting Rights) que son consideradas por muchos analistas aquí en Washington como las más importantes de toda la agenda legislativa de Biden, porque desarmarían todo el tinglado y triquiñuelas que las legislaturas estatales republicanas están tejiendo y con ello cambiar para siempre el equilibrio de poder político en el país.
Con mayoría en el Senado y la Cámara de Representantes, los demócratas lo podrían hacer si acabaran con el fillibuster (regla de proceso que requiere que 60 de los 100 senadores estén de acuerdo en detener el debate para así proceder a votar la iniciativa legal presentada), alternativa conocida como la “opción nuclear”, pero dos de sus senadores, Joe Manchin de West Virginia y Kyrsten Sinema de Arizona, se oponen a dinamitar la barricada.
Estos dos senadores demócratas arguyen la importancia de lograr acuerdos y medidas bipartidistas, lo cual no estaría mal, pero la realidad es que los republicanos están aprovechando la circunstancia para atrincherarse y “mapachear” en los estados donde dominan las legislaturas locales.
Si se eliminara el fillibuster los demócratas atajarían la embestida contra el voto y resolverían el problema. Los republicanos tendrían que buscar el amor y respaldo de segmentos de la población a los que actualmente solo buscan contener y oprimir.
Ver de cerca el sistema electoral estadounidense nos debiera hacer apreciar las grandes conquistas ciudadanas y democráticas que hemos logrado en México en materia electoral.
En tiempos de confusión y destrucción, debemos valorar y defender las conquistas que hemos logrado como sociedad. Que distinto sería México si las instancias de salud, educación o seguridad fueran tan eficaces como las de nuestro sistema electoral.
No hay mayor prueba que la reciente elección federal, donde a pesar de estar inmersos en un clima de aguda polarización política, deterioro del tejido social y distorsiones pandémicas, el sistema funcionó: extraordinaria participación electoral, ciudadanía responsable y vigilante e impecable labor del Instituto Nacional Electoral.
En México, tenemos pocos mecanismos institucionales que estén a la altura de lo mejor del mundo, uno de los más destacados es nuestro sistema electoral. Hay que protegerlo y blindarlo de ataques como los que hoy sufre la democracia en la nación más poderosa del mundo.
Todo lo positivo construido en las elecciones intermedias, desafortunadamente se ve devaluado con ejercicios motivados demagógicamente como la reciente consulta popular del primero de agosto.
La bajísima participación y los ataques infundados al INE no traerán nada bueno a nuestro sólido y valioso edificio electoral. Lamentablemente solo rasparán y desgastarán su prestigio, sus recursos y sus finalidades.
Ni limitar el voto, ni devaluar sus propósitos y mecanismos es bueno para la democracia, ni la de aquí ni la de allá.