Colaborador Invitado

La sociedad no es atea, es idólatra

No hay ningún problema o duda para conceder que el mundo se puede organizar sin Dios. Pero quien sale perdiendo es el hombre o la sociedad.

Por Crisóforo Gutiérrez Vega LC

El verdadero ateísmo ha venido después del cristianismo. Esta afirmación me sorprendió, me llamó la atención. Al observar las diversas y numerosas religiones a lo largo de la historia casi todas ellas eran politeístas: persas, egipcios, griegos, romanos, países nórdicos, bárbaros, mayas, incas, aztecas… adoraban cantidad de divinidades. Los astros, los ríos, los animales del Nilo, las fuentes, las montañas, dioses de la guerra, del amor, de la sabiduría, del sexo y maternidad, de la fecundidad de los campos, las lluvias, etc.

La fuerte insistencia del cristianismo en una visión monoteísta purificó la imagen de la divinidad. Un solo Dios y único, con unas características singulares y sobresalientes, por encima de todo lo creado y espiritual. Por siglos esta visión ha dominado nuestra cultura occidental.

El desarrollo de un humanismo antropocéntrico toma cuerpo especialmente a partir del Renacimiento. “El hombre es la medida de todas las cosas”. Esta frase muy utilizada por los griegos y atribuida a Protágoras, se convierte en la bandera de la época moderna y de nuestro tiempo hasta dejar arrinconado a Dios o hasta negar su existencia.

Nos enfrentamos o vivimos en medio de un ateísmo que puede ser teórico o práctico. Muchas veces es más práctico y son menos los teóricos del ateísmo.

Vivir como si Dios no existiese. Un Dios irrelevante, pasado por alto o deliberadamente ignorado. No hay ningún problema o duda para conceder que el mundo se puede organizar sin Dios. Pero quien sale perdiendo es el hombre o la sociedad. Lo tenemos al alcance de la mano en los regímenes totalitarios, recientes y actuales: la Revolución Francesa, el nazismo, el comunismo.

La base profunda para respetar al hombre y darle la categoría que merece no es la igualdad entre los hombres, el que esté hecho a imagen mía, como hombre. Igual que yo. No es de hoy la frase que el hombre puede convertirse en un lobo para el hombre, para sus semejantes; Homo homini lupus, decían los latinos, los que se creían con la misión de gobernar a los pueblos del mundo.

El fundamento profundo para respetar al hombre reside en ser imagen de Dios.

Cristo nos reveló que lo que hagamos al más pequeño lo considera como hecho a sí mismo, y al final de nuestra vida el único examen que se nos hará será el del amor, amor al prójimo y amor a Dios.

Comentaba un escritor: Nada es más propio de la humanidad que la religión, pero nada es más propio de las religiones de los hombres que la idolatría. La observación sarcástica de Voltaire cuando decía que si Dios hizo al hombre a su imagen, el hombre se lo ha pagado con creces, construyéndose muchos dioses.

“Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en todo.”

Se opera un desplazamiento. Descartamos a Dios o lo ponemos en un lugar secundario. Cualquier cosa, pensamiento, idea, ideología, ilusión o persona viene a ocupar el lugar antes reservado a Dios. La idolatría es un vicio opuesto a la virtud de la religión y consiste en dar honor divino (cultus) a cosas que no son Dios, o a Dios mismo de una manera equivocada.

El desfile es muy variado. La voluntad de poder, de dominio. Los placeres, la fama, la vanidad, el sexo, la salud, la persona amada, la propia visión política o cultural, el trabajo mismo, posesiones, carreras, relaciones… la lista puede ser interminable. Cada persona tiene sus valores y los organiza con su propia jerarquía “El hombre no puede vivir sin arrodillarse, escribía Dostoievski en su obra El adolescente, si rechaza a Dios, se arrodilla ante un ídolo de madera, de oro o simplemente imaginario. Todos esos son idólatras, no ateos; idólatras es el nombre que les cuadra”.

Nos podemos preguntar si yendo detrás de estas ilusiones es el hombre completamente feliz o va pasando de una ilusión (idolatría) a otra hasta que todas se acaban o pierden su atractivo. No se preguntará como Walter von der Vogelweide, considerado el mayor representante de la lirica medieval alemana y que tuvo una vida muy ajetreada, “a dónde han ido a parar todos mis años?”. A veces los últimos años de nuestra vida nos hacen ver las cosas con mayor clarividencia. No es debilidad, es la experiencia profunda de la vida.

Blaise Pascal dijo: “Hay un vacío en forma de Dios en el corazón de cada hombre que no puede ser satisfecho por cualquier cosa creada, pero sólo por Dios el Creador, dado a conocer a través de Jesucristo”.

Pensando y repensando las cosas con un poco de seriedad podríamos concluir que si encuentro en mí mismo aspiraciones y deseos que nada en este mundo puede satisfacer (ninguna idolatría), la única explicación lógica es que fui creado para otro mundo. San Agustín concluía: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en Ti”.

Vale la pena tener una visión clara sobre el destino de nuestra vida. Cierto pensador decía que hay dos formas de vivir engañado: “una consiste en creer en lo que no es cierto y la otra en negarse a creer lo que es cierto”.

COLUMNAS ANTERIORES

La banca en México, ¿cómo está hoy y hacia dónde va?
Suelos sanos para nutrir la vida

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.