Clemente Ruiz Duran

La economía mundial cambia de motor: ¿puede México aprovechar la revolución de la IA? 

La revolución de la inteligencia artificial transforma el comercio mundial y abre una oportunidad para que México fortalezca su industria tecnológica.

Algo está cambiando en la economía mundial. No estamos frente a una gran expansión como la que siguió a otras crisis internacionales. El crecimiento sigue siendo relativamente modesto, persisten las tensiones comerciales y geopolíticas, el costo del dinero continúa siendo elevado y la incertidumbre se ha convertido prácticamente en una característica permanente del sistema internacional. Sin embargo, debajo de esta aparente fragilidad está ocurriendo una transformación mucho más profunda: la inteligencia artificial está comenzando a convertirse en uno de los motores de la inversión, la producción y el comercio mundial. Los datos recientes son reveladores. El Fondo Monetario Internacional estima que la economía mundial crecerá alrededor de 3.1% en 2026 y 3.4% en 2027. La OCDE es incluso más cautelosa y calcula un crecimiento global de 2.9% este año y 3.0% el próximo. No estamos, por tanto, ante un boom mundial. Estamos ante una economía internacional que crece lentamente, pero cuya estructura productiva está cambiando aceleradamente. La mejor evidencia aparece en el comercio. La Organización Mundial del Comercio acaba de revisar al alza su estimación del crecimiento del volumen del comercio mundial de mercancías para 2026, de 1.9% a 3.9%. Pero lo verdaderamente importante no es solamente cuánto está creciendo el comercio, sino qué se está comerciando.

Durante el primer semestre de 2026, los bienes vinculados con la inteligencia artificial — semiconductores, servidores y otros equipos necesarios para construir la nueva infraestructura digital— aumentaron su comercio mundial alrededor de 67% respecto al año anterior y explicaron 47% del crecimiento del comercio mundial de mercancías. La economía mundial parece estar encontrando un nuevo motor. Durante varias décadas ese papel correspondió al automóvil, al petróleo, a la electrónica de consumo y posteriormente a los teléfonos inteligentes. Ahora empieza a desplazarse hacia los semiconductores, servidores, centros de datos, redes eléctricas, almacenamiento de energía y capacidad de cómputo. Y aquí aparece México. Los últimos datos de la economía mexicana resultan particularmente interesantes cuando se observan desde esta perspectiva. Después de meses de preocupación por el bajo crecimiento, la economía mostró una aceleración durante el tercer trimestre de 2026. Al mismo tiempo, las exportaciones mexicanas registraron un crecimiento extraordinariamente elevado durante septiembre. Esto podría interpretarse simplemente como un rebote cíclico. Pero quizá estamos viendo algo más importante. México está comenzando a incorporarse a la nueva geografía productiva creada por la inteligencia artificial.

No es casualidad que entre los productos que están adquiriendo mayor importancia dentro de las exportaciones mexicanas aparezcan computadoras, servidores y equipos electrónicos. Tampoco es casualidad que Estados Unidos esté viviendo un extraordinario ciclo de inversión relacionado con centros de datos, semiconductores e infraestructura de inteligencia artificial. La OCDE identifica precisamente la inversión vinculada con IA como uno de los principales factores que actualmente sostienen la economía estadounidense. Calcula que Estados Unidos crecerá alrededor de 2.2% en 2026, mientras China lo hará alrededor de 4.5% y la zona euro apenas 1.0%. Se está configurando así una economía mundial de tres velocidades. Por una parte, está Asia, encabezada por China y por economías altamente especializadas en tecnología como Corea, Taiwán y Japón, que conserva una extraordinaria capacidad manufacturera. Por otra se encuentra Estados Unidos, que está realizando una gigantesca inversión en inteligencia artificial, semiconductores, centros de datos y energía. Europa, mientras tanto, enfrenta mayores dificultades para recuperar dinamismo industrial y crecimiento. México tiene la extraordinaria ventaja —y también el enorme riesgo— de encontrarse integrado precisamente con la economía que está encabezando buena parte del nuevo ciclo de inversión tecnológica. La pregunta fundamental es cuánto valor de esa transformación lograremos capturar. El riesgo es repetir la historia del TLCAN: convertirnos en una extraordinaria plataforma exportadora pero conservar una limitada capacidad tecnológica nacional. Durante tres décadas México construyó una de las mayores plataformas manufactureras del mundo. Exportamos automóviles, autopartes, televisores, electrodomésticos, computadoras y equipo médico. Pero buena parte de los componentes sofisticados, la propiedad intelectual, la maquinaria y la tecnología siguieron importándose. Podríamos estar entrando ahora en una segunda etapa de integración norteamericana. La primera podría resumirse así: automóviles → autopartes → electrónica → electrodomésticos. La nueva empieza a tomar otra forma: semiconductores → servidores → centros de datos → energía → inteligencia artificial. Pero la cuestión decisiva permanece intacta: ¿México simplemente ensamblará los equipos de la revolución tecnológica estadounidense o será capaz de desarrollar capacidades propias? Éste debería convertirse en uno de los grandes temas de la próxima revisión del T-MEC. México tendría que plantear una estrategia norteamericana de sustitución regional de importaciones. Estados Unidos, México y Canadá importan todavía enormes cantidades de componentes, maquinaria y bienes intermedios provenientes de Asia. Una fracción de esas importaciones podría producirse competitivamente dentro de América del Norte. Pero ello requiere algo más que nearshoring.

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