Clemente Ruiz Duran

La inversión despierta, pero ¿es suficiente para crecer?

La inversión crece en México, pero la recuperación sigue siendo débil y depende de la inversión pública y de maquinaria importada.

Después de varios meses en que la incertidumbre parecía haber congelado las decisiones de inversión, las cifras de julio ofrecen una señal alentadora. La formación bruta de capital fijo aumentó 1.4% respecto al mes anterior y 6.0% frente a julio de 2025, con cifras desestacionalizadas. El índice llegó a 110.5 puntos, tomando 2018 como base. La noticia es positiva. Una economía que aspira a crecer de manera sostenida necesita invertir. No hay aumento duradero de la productividad sin nuevas plantas, maquinaria, infraestructura, tecnología y capacidad logística. Por eso, más que observar únicamente cuánto creció la inversión, importa preguntarnos qué inversión está creciendo, quién la realiza y dónde se está originando el equipo productivo que estamos incorporando. Y allí aparece una fotografía bastante más compleja.

Una recuperación con dos velocidades, el primer dato que llama la atención es la divergencia entre construcción y maquinaria. En julio, la inversión en maquinaria y equipo aumentó 4.5% mensual, mientras la construcción disminuyó 1.5%. Dentro de esta última, la construcción residencial avanzó 0.7%, pero la no residencial cayó 3.9%. Esto merece atención porque la construcción no residencial es precisamente aquella vinculada con buena parte de la expansión de la capacidad productiva: instalaciones industriales, infraestructura y otros activos necesarios para ampliar la plataforma económica.

Pero existe un segundo contraste todavía más importante. La maquinaria y equipo importados crecieron 6.0% mensual y 9.9% anual, mientras que la maquinaria y equipo nacionales avanzaron apenas 1.1% mensual y registraron una caída anual de 3.1%. Dentro del componente importado, maquinaria, equipo y otros bienes crecieron nada menos que 14.0% anual. Es decir, México está invirtiendo, pero una parte considerable de la modernización de su aparato productivo continúa descansando en bienes de capital producidos fuera del país.

Aquí aparece uno de los grandes dilemas de nuestra estrategia industrial. Importar maquinaria moderna no constituye, por sí mismo, un problema. Al contrario: puede acelerar la productividad, incorporar nuevas tecnologías y permitir que las empresas mexicanas participen en procesos productivos cada vez más sofisticados. El problema surge cuando esta modernización no genera simultáneamente capacidades nacionales para producir maquinaria, componentes, equipos eléctricos, automatización, software industrial y servicios tecnológicos. Si cada nuevo ciclo de inversión incrementa fundamentalmente la demanda de bienes de capital importados, una parte importante de su efecto multiplicador termina produciéndose fuera de México.

El dato preocupante está en la inversión privada. Las cifras acumuladas de enero a julio permiten observar mejor el problema estructural. Durante los primeros siete meses de 2026, la formación bruta de capital fijo creció solamente 1.7% respecto al mismo periodo del año anterior. Pero la diferencia entre inversión pública y privada es notable: mientras la inversión pública aumentó 10.2%, la privada avanzó apenas 0.4%. La inversión pública está funcionando como soporte de la formación de capital, especialmente en construcción, donde acumuló un crecimiento de 12.9%. La privada, en cambio, aumentó solamente 2.5% en construcción y cayó 1.8% en maquinaria y equipo durante enero-julio. Esto significa que todavía no podemos hablar de un verdadero nuevo ciclo de inversión privada. El crecimiento de julio es alentador, pero un mes no constituye una tendencia. México necesita que el repunte se convierta en un proceso sostenido durante varios años.

Aquí encontramos una paradoja que hemos observado durante décadas. México se ha convertido en una de las grandes plataformas manufactureras y exportadoras del mundo. Cuenta con acceso privilegiado al mercado norteamericano, una amplia red de tratados comerciales, experiencia manufacturera, infraestructura industrial y una posición geográfica excepcional. A ello se suma ahora la reorganización de las cadenas globales de suministro. Sin embargo, no hemos logrado convertir plenamente esas ventajas en un proceso suficientemente vigoroso de acumulación de capital nacional. Las cifras de enero a julio son ilustrativas: mientras la inversión en maquinaria y equipo importados aumentó 3.5%, la correspondiente a maquinaria y equipo nacionales cayó 8.0%. Más aún, la inversión en equipo de transporte nacional disminuyó 9.4% y la de maquinaria, equipo y otros bienes nacionales cayó 6.7%. Esta es precisamente la discusión que debería acompañar al Plan México: no basta atraer inversión; hay que aumentar el contenido nacional de la inversión. Durante muchos años nuestra política económica se concentró en atraer inversión extranjera y facilitar exportaciones. Esa estrategia ayudó a construir una importante plataforma manufacturera, pero dejó pendiente una segunda etapa: desarrollar proveedores nacionales capaces de acompañar la expansión industrial. La nueva política industrial debería plantearse una meta más ambiciosa: que cada peso adicional invertido genere una demanda creciente de bienes y servicios producidos en México. Eso requiere fortalecer cadenas de proveedores; utilizar de manera inteligente las compras públicas; ampliar el financiamiento de NAFIN y Bancomext para modernización tecnológica de las empresas; impulsar ingeniería y manufactura avanzada; vincular universidades y centros tecnológicos con las necesidades industriales, y utilizar los grandes proyectos de infraestructura como mecanismos para desarrollar capacidades productivas regionales. También exige reducir la incertidumbre que frena las decisiones empresariales. Una empresa invierte cuando percibe que tendrá demanda, energía suficiente, infraestructura adecuada, financiamiento y reglas previsibles.

México difícilmente podrá escapar del crecimiento mediocre si no aumenta persistentemente su tasa de inversión. Por eso el dato de julio debe recibirse con optimismo, pero también con cautela. La inversión creció 6% anual, pero en los primeros siete meses del año solamente avanzó 1.7%. La inversión pública aumentó 10.2%, mientras la privada apenas 0.4%. Y la maquinaria importada avanza mientras la nacional retrocede. Ahí está el verdadero mensaje detrás de las cifras. El desafío para México no consiste simplemente en recuperar la inversión después de un periodo de incertidumbre. Consiste en transformar esa recuperación en un nuevo ciclo de acumulación productiva, donde inversión pública y privada se complementen y donde una proporción cada vez mayor de la maquinaria, los insumos, la tecnología y los servicios asociados a las nuevas inversiones pueda producirse dentro del país. Porque la pregunta relevante ya no debería ser solamente cuánto estamos invirtiendo, sino qué estamos construyendo con esa inversión y cuánto de ese esfuerzo se convierte en capacidad productiva mexicana.

Si logramos responder correctamente esa pregunta, el repunte de julio podría ser algo más que una buena cifra mensual: podría convertirse en el inicio de una estrategia para volver a crecer.

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