Clemente Ruiz Duran

Las cámaras industriales no pueden seguir siendo sólo gestores ante el gobierno

México necesita que las cámaras industriales impulsen proveedores, tecnología, talento y financiamiento para convertir el nearshoring en capacidades productivas.

México está frente a una paradoja. Nunca se había hablado tanto de nearshoring, relocalización de cadenas productivas, inversión extranjera y oportunidades para la industria mexicana. Sin embargo, seguimos enfrentando una pregunta fundamental: ¿quién está construyendo la nueva industria mexicana? La respuesta no puede ser simplemente: las empresas extranjeras. Tampoco puede ser: el gobierno.

Y aquí aparece un actor que ha permanecido demasiado tiempo en segundo plano: las cámaras industriales. Durante décadas, las cámaras empresariales han cumplido una función importante: representar a sus afiliados, negociar con el gobierno, defender intereses sectoriales y participar en discusiones regulatorias. Pero el mundo industrial cambió.

La competencia ya no es solamente entre empresas. Es entre ecosistemas productivos. Corea del Sur, China, Alemania, Japón y otros países construyeron instituciones capaces de coordinar empresas, financiamiento, tecnología, capacitación e infraestructura. México todavía no ha dado ese salto.

El peligro de convertir el nearshoring en una nueva maquiladora, el mayor riesgo para México es confundir la llegada de inversión con industrialización. Una planta puede instalarse en México, exportar miles de millones de dólares y, al mismo tiempo, mantener una parte importante de sus proveedores, tecnología y decisiones estratégicas fuera del país. En ese caso, México obtiene empleos, exportaciones e impuestos, pero no necesariamente construye las capacidades productivas que necesita para dar el siguiente salto. El nearshoring puede convertirse en una nueva etapa de industrialización o en una versión sofisticada de la maquila.

La diferencia dependerá de nuestra capacidad para desarrollar proveedores nacionales. Y aquí las cámaras tienen una responsabilidad que no pueden delegar. ¿Dónde están los proveedores mexicanos? Una de las preguntas que debería hacerse cada cámara industrial es muy sencilla: ¿Cuántas empresas mexicanas nuevas estamos incorporando cada año a las cadenas globales de valor? No cuántas reuniones se organizaron. No cuántos discursos se pronunciaron. No cuántas veces se habló con el secretario en turno. Sino cuántas empresas mexicanas aumentaron su productividad, obtuvieron certificaciones internacionales, consiguieron financiamiento, comenzaron a exportar y se convirtieron en proveedores de empresas globales. Ese debería ser uno de los principales indicadores de desempeño de las cámaras industriales.

Porque el problema de México no es únicamente atraer grandes empresas. Es lograr que alrededor de ellas crezca una red densa de empresas mexicanas. Las cámaras tienen información que el gobierno no tiene. Aquí existe una ventaja extraordinaria. Una secretaría de Economía puede tener estadísticas sobre inversión, comercio y empleo. Pero una cámara industrial sabe algo mucho más concreto: ¿qué está faltando en las fábricas?. Sabe qué proveedor no cumple con determinado estándar. Sabe qué maquinaria hace falta.Sabe qué certificación está impidiendo que una pyme entre a una cadena internacional. Sabe qué ingenieros escasean. Sabe qué proceso podría producirse en México pero actualmente se importa. Esa información debería convertirse en inteligencia industrial. Las cámaras podrían construir verdaderos mapas de las cadenas de valor mexicanas, identificando dónde están las oportunidades de sustitución competitiva de importaciones y dónde pueden surgir nuevos proveedores. No se trata de regresar a políticas industriales del pasado. Se trata de utilizar información empresarial para construir una política industrial moderna.

De lobby empresarial a institución de desarrollo. Aquí está probablemente el cambio más importante. Las cámaras no deberían desaparecer como representantes de intereses empresariales. Pero no pueden reducir su función a hacer lobby. Una cámara industrial moderna debería tener cuatro grandes responsabilidades:primero, desarrollar proveedores; segundo, impulsar tecnología. Crear programas sectoriales de digitalización, automatización, inteligencia artificial, robótica y eficiencia energética. Tercero, formar talento. Coordinar universidades, institutos tecnológicos y empresas para diseñar programas educativos que respondan a necesidades reales. Cuarto, movilizar financiamiento. Construir mecanismos para que una pyme que obtiene un contrato de una empresa global tenga acceso al capital necesario para cumplirlo. Si las cámaras hicieran estas cuatro cosas de manera sistemática, su contribución a la economía mexicana sería enorme.

La experiencia de Corea del Sur resulta particularmente relevante. Durante su industrialización, las grandes empresas no crecieron aisladas. Existió una estrecha interacción entre gobierno, sistema financiero, empresas y organizaciones empresariales. El objetivo era construir capacidades productivas. La diferencia fundamental no fue que Corea tuviera empresas más grandes desde el principio. Fue que construyó instituciones capaces de coordinar el proceso de aprendizaje industrial. México puede extraer una lección importante: una política industrial efectiva no consiste simplemente en entregar subsidios. Consiste en crear mecanismos que obliguen a las empresas a aprender, invertir, exportar, innovar y aumentar su productividad. Las cámaras pueden formar parte de esa arquitectura. Lo que falta es conectar los procesos de manera sistemática. Las cámaras podrían convertirse en el puente. Quizá ha llegado el momento de hacer una pregunta incómoda a las propias cámaras: ¿Cómo mediríamos su éxito si desaparecieran las cuotas de representación y solamente pudiéramos evaluar resultados económicos? Si una cámara no puede mostrar avances en alguna de estas variables, quizá necesita replantearse su modelo de operación. México necesita una nueva generación de instituciones industriales. El país no necesita copiar literalmente a Corea, China o Alemania. Pero sí debe entender algo que esas experiencias tienen en común: los mercados por sí solos no construyen ecosistemas industriales. Se necesitan instituciones que coordinen información, conocimiento, financiamiento y capacidades. Las cámaras industriales tienen la posibilidad de convertirse en esas instituciones. Pero para hacerlo necesitan dejar atrás una visión demasiado estrecha de su función. El futuro no debería ser una discusión sobre quién representa mejor a los empresarios frente al gobierno. La pregunta debería ser: ¿quién está ayudando a construir las empresas mexicanas que competirán dentro de diez o veinte años? Ésa es la verdadera prueba. México tiene una oportunidad extraordinaria con la reorganización de las cadenas globales. Pero el reloj está corriendo. Otros países también están compitiendo por las inversiones, por los proveedores, por la tecnología y por el talento. Si las cámaras industriales se limitan a administrar la coyuntura, México puede terminar importando buena parte del valor agregado de la nueva industria. Si se convierten en instituciones de coordinación productiva, pueden ayudar a transformar la inversión extranjera en capacidades nacionales. El desafío no es traer más fábricas. Es lograr que alrededor de cada fábrica nazcan empresas mexicanas, tecnología mexicana, talento mexicano y nuevas exportaciones mexicanas.

Septiembre 22, 2026

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