México quiere convertirse en una potencia industrial. Hablamos de nearshoring, inteligencia artificial, semiconductores, electromovilidad, centros de datos, contenido nacional y sustitución de importaciones. El Plan México ha planteado correctamente la necesidad de elevar la inversión y reconstruir capacidades productivas nacionales. Pero los resultados de PISA 2025, publicados esta semana por la OCDE, nos recuerdan una condición elemental que frecuentemente dejamos fuera de la discusión: no puede construirse una economía de alta productividad sobre una sociedad con bajas capacidades educativas.
Los números deberían encender las alarmas. Los estudiantes mexicanos de 15 años obtuvieron 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Los promedios de la OCDE fueron 463, 461 y 482 puntos, respectivamente. El problema más grave aparece en matemáticas: México cayó de 395 puntos en 2022 a 388 en 2025 y se encuentra por debajo del nivel alcanzado en buena parte de las últimas dos décadas.
Pero quizá el dato más preocupante no sea el promedio, sino lo que hay detrás de él. Apenas tres de cada diez estudiantes mexicanos alcanzan el nivel mínimo de competencia matemática establecido por PISA. En el conjunto de la OCDE lo consigue aproximadamente 65%. Esto significa que siete de cada diez jóvenes mexicanos tienen dificultades para utilizar las matemáticas necesarias para resolver problemas relativamente sencillos.En lectura, sólo alrededor de la mitad alcanza el nivel básico. En ciencias ocurre algo semejante. Y México prácticamente no genera estudiantes en los niveles superiores de desempeño en matemáticas y ciencias.
Esto cambia completamente la manera en que deberíamos interpretar PISA. No estamos solamente frente a un problema educativo. Estamos frente a un problema económico.
Durante décadas México pudo insertarse en la economía mundial aprovechando una combinación de salarios relativamente bajos, proximidad geográfica con Estados Unidos y disponibilidad de trabajadores para actividades manufactureras intensivas en mano de obra. Ese modelo está llegando a sus límites.La nueva industria requiere otra clase de trabajador. Una planta automotriz eléctrica necesita técnicos capaces de interpretar datos y operar sistemas automatizados; una fábrica de semiconductores requiere matemáticas, física y química; los centros de datos necesitan ingenieros y técnicos especializados; incluso las pequeñas y medianas empresas necesitarán trabajadores capaces de interactuar con sistemas digitales y herramientas de inteligencia artificial.
La pregunta que plantea PISA es entonces incómoda: ¿de dónde saldrán los trabajadores que necesita la nueva industrialización mexicana?
Existe además una paradoja. México está realizando un esfuerzo importante por ampliar la cobertura educativa. La propia OCDE advierte que parte del deterioro de los resultados promedio debe interpretarse con cuidado: entre 2015 y 2025 aumentó la proporción de jóvenes de 15 años incorporados al sistema educativo, incluyendo estudiantes provenientes de sectores históricamente marginados.
Éste es un avance social que no debe minimizarse. Pero precisamente por ello comienza una segunda etapa mucho más difícil: ya no basta con llevar a los jóvenes a la escuela; hay que garantizar que aprendan. México necesita transformar la política educativa en una política de desarrollo productivo. Esto implicaría, por lo menos, cuatro grandes cambios.
Primero, lanzar una estrategia nacional de recuperación de aprendizajes fundamentales. Matemáticas, comprensión lectora y ciencias deberían convertirse en una prioridad nacional desde primaria hasta educación media superior. Sin estas capacidades, cualquier estrategia posterior de formación tecnológica será insuficiente. Segundo, reconstruir la enseñanza de matemáticas. Que sólo 30% de nuestros jóvenes alcance el nivel básico debería tratarse como una emergencia nacional. México necesita mejores métodos pedagógicos, formación continua de maestros, tutorías y sistemas tempranos para detectar rezagos. Tercero, vincular mucho más estrechamente educación y política industrial. Cada polo industrial, corredor logístico o proyecto de nearshoring debería incorporar simultáneamente una estrategia regional de formación de capacidades. Universidades, tecnológicos, CONALEP, empresas y gobiernos estatales tendrían que construir ecosistemas locales de aprendizaje vinculados con las nuevas inversiones. Y cuarto, debemos incorporar la inteligencia artificial al sistema educativo, pero no como sustituto del aprendizaje. La IA puede convertirse en un extraordinario tutor personalizado, particularmente para estudiantes con rezagos. Sin embargo, si un joven utiliza inteligencia artificial sin dominar lectura, matemáticas y pensamiento crítico, la tecnología puede terminar ocultando sus carencias en lugar de resolverlas.
El debate sobre PISA tampoco debería convertirse en otro episodio de confrontación política. Los resultados muestran un problema acumulado durante décadas. En matemáticas hubo avances entre 2003 y 2009, posteriormente estancamiento y, más recientemente, retroceso. En ciencias, México prácticamente no ha logrado despegar durante dos décadas. Por eso necesitamos algo más ambicioso que otra reforma educativa sexenal. México debería plantearse un Pacto Nacional por el Aprendizaje 2027-2035, con objetivos verificables de largo plazo: reducir drásticamente la proporción de estudiantes por debajo del nivel básico, duplicar la proporción que alcanza niveles avanzados, fortalecer matemáticas y ciencias y cerrar las brechas territoriales entre escuelas y regiones. La nueva política industrial mexicana necesita carreteras, electricidad, financiamiento y tecnología. Pero necesita, antes que nada, mexicanos capaces de aprender, razonar y transformar esa tecnología.