Michele Wucker usó la metáfora del “rinoceronte gris” para referirse a grandes amenazas a las naciones, que son visibles y altamente probables, pero que de forma sistemática se ignoran o subestiman (The gray rhino: how to recognize and act on the obvious dangers we ignore, 2016).
Es lo que nos pasa con el envejecimiento de la población mexicana. Veamos.
El INEGI dio a conocer la semana pasada los resultados de la Encuesta Intercensal 2025. Se trata de un instrumento de información de primera importancia para conocer lo más importante que tiene el país: su población. (Además de su aporte a la comprensión de la realidad nacional, es de celebrarse la publicación de los resultados de la encuesta porque la misma estuvo en riesgo por los recortes presupuestales que padece el sector público).
El dato central de la encuesta es que en octubre de 2025 México tenía 130.9 millones de habitantes, 4.9 millones más que los que contabilizó el censo de 2020 (126 millones), pero casi 2.5 millones menos de lo que habían estimado las proyecciones demográficas del Consejo Nacional de Población (CONAPO).
Primera sorpresa: el número de habitantes viene creciendo a un ritmo mucho menor de lo previsto.
Lo anterior tiene efectos no sólo en el volumen total, sino en la estructura por edad de la población.
La edad mediana de la población que midió la encuesta es de 32 años (esa edad divide a la población en dos mitades iguales), cuando las proyecciones consideraban que sería de 30 años.
El censo de 2020 estableció la edad mediana en 29 años, así que en un quinquenio, en vez de aumentar sólo un año, lo hizo al triple.
Esto quiere decir que el envejecimiento, que ya se contemplaba, se está acelerando: la expansión del peso de los mayores en el total de la población se adelanta en el tiempo.
Además, se modifican con celeridad las tasas de dependencia de la población.
Esto es la relación entre los menores de 15 años sobre los habitantes de 15 a 64 años, que es la gente en edad productiva, lo que da la razón de dependencia infantil.
Y el número de personas de 65 y más años sobre el total de la población en edad laboral arroja la tasa de dependencia de la vejez.
En el caso de la dependencia infantil, que en 2020 fue de 38 infantes por cada 100 personas en edad de trabajar, las proyecciones estimaban 35 niños para 2025, pero la encuesta arrojó 32.
Ergo, se desplomó el número de nacimientos esperados para los últimos años.
En el caso de la dependencia por envejecimiento, que era de 12 adultos mayores por cada 100 en edad productiva en 2020, se esperaba que cambiara a 13 en 2025, pero en realidad cambió a 15.
Otra vez: el envejecimiento se hace presente a mayor velocidad de lo esperado.
Como señaló Enrique Quintana en estas páginas (23-09-26), los resultados de la encuesta intercensal advierten que el bono demográfico se está acortando.
Ese bono, recordemos, es una oportunidad única que la demografía le ha brindado al país las últimas dos décadas y media, y consiste en que dos de cada tres habitantes estén en edad de producir.
Pero una vez que pase esa situación, lo que se aproxima cada vez más, no regresaremos al nivel previo —el que había conocido México a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado, cuando había pocos adultos mayores y abundantes niños que mantener—, sino a una realidad distinta: con escasez de jóvenes, pero con muchos viejos a los que dar pensiones, cuidados y atención médica.
Desde hace años, décadas, las proyecciones demográficas alertaban de que la reducción de la natalidad, con bajas tasas de mortalidad que llevan a una expansión de la esperanza de vida, nos conducirían al envejecimiento.
Ahora, la encuesta intercensal avisa que las previsiones se quedaron cortas.
Eso quiere decir que queda menos tiempo para hacer crecer a la economía rápidamente, para generar empleos formales como única condición para que se puedan financiar las pensiones contributivas.
Que urge multiplicar los recursos fiscales para proponerse expandir la oferta de atención médica geriátrica y financiar un sistema de cuidados digno de tal nombre.
Los datos demográficos alertan de que no podemos seguir, ceteris paribus (como si todo lo demás permaneciera constante), con pobre crecimiento económico.
Es otra llamada de atención para cambiar la política económica.
Pero el gobierno parece continuar ignorando la embestida del elefante gris: seguir en la inercia del estancamiento hacia un país de millones de viejos pobres.