La Selección Mexicana alcanzó el quinto partido de un Mundial sólo en México 86. ¿Cuál fue la clave de aquella épica? La imagen es de sobra conocida y se repite incesante estos días: al borde del área grande rival, Manuel Negrete cede la bola a Javier Aguirre, quien devuelve un incómodo globo a media altura; el 22 de la selección se eleva y, zas, de media tijera remata un balón que, con fuerza, se clava en el ángulo inferior izquierdo de la portería. El Gol.
Mas ese instante se construyó con minuciosa perseverancia. El zurdo Negrete era mediocampista de los Pumas de la UNAM. Al cerrar cada entrenamiento, se practicaba futbol-tenis: una red de metro de altura, tres jugadores por lado y un toque válido por persona. A Negrete le servían balones al pecho y, en vez de rematar de cabeza, metía una tijera violenta, un salvaje remate sobre la red. Su compañero en Pumas, rival en esos partiditos, el Tuca Ferreti, protestaba y se retiraba cabreado: eran boleas imparables. De niño vi decenas, centenas de esos remates en los entrenamientos en Ciudad Universitaria.
Así se fraguó ese gol: con años de práctica y talento. Ningún milagro.