Carlos Ruiz González

Enero está sobrevalorado

Enero puede motivar, pero es la disciplina la que gobierna, y el liderazgo se demuestra cuando nadie está mirando.

La disciplina como ventaja estratégica del líder

“Si tu propósito depende de las ganas, no es un propósito: es un deseo mal administrado”.

(C. R. G.)

“La disciplina es elegir entre lo que quieres ahora y lo que quieres más”.

— Abraham Lincoln

Enero suele recibir más crédito del que merece, como si el simple cambio de calendario tuviera la capacidad automática de transformar decisiones, hábitos y resultados. En la práctica, no es así. Ni en las organizaciones ni en la vida personal; el cambio real no ocurre por la fecha, ocurre por la dirección que se elige y, sobre todo, por la disciplina con la que se sostiene esa decisión en el tiempo. Sin dirección no hay estrategia, sin disciplina no hay resultados.

En estrategia empresarial esto es elemental. Las metas inspiran, los planes ordenan, pero es la ejecución disciplinada la que realmente genera valor. Sin ella, los objetivos se quedan en buenas intenciones y los planes en documentos bien redactados, pero estériles. Exactamente lo mismo sucede con el liderazgo personal: el problema no suele ser la falta de claridad, sino la falta de constancia para ejecutar lo decidido.

Un líder se define por más de lo que declara con entusiasmo en enero, lo hace por lo que logra sostener en marzo, cuando ya no hay aplausos, propósitos nuevos ni energía inicial. Ahí comienza la verdadera estrategia: la de largo plazo, la que se apoya en sistemas, hábitos y decisiones repetidas incluso cuando el ánimo flaquea. Enero puede motivar, pero es la disciplina la que gobierna, y el liderazgo se demuestra cuando nadie está mirando.

El primer reto es dar el primer paso. Suena obvio, pero no lo es. El mayor obstáculo casi siempre es empezar, romper el hielo, vencer la inercia y asumir ese primer paso incómodo que nos compromete. No hay que esperar a sentirse listo ni al “momento ideal”. Tanto en liderazgo como en estrategia, el movimiento genera aprendizaje, la inmovilidad solo acumula excusas.

El segundo elemento clave es tener objetivos claros y medibles. “Quiero estar mejor” no sirve, “quiero bajar cinco kilos” sí. “Quiero leer más” es vago, “leer veinte minutos diarios” es operativo. Los objetivos difusos generan entusiasmo pasajero mientras que los concretos generan dirección, permiten evaluar avances y facilitan la toma de decisiones correctivas.

Medir, por cierto, no es obsesionarse, es orientarse. Revisar avances, ajustar, corregir y construir hábitos pequeños pero constantes. Quince minutos de meditación, veinte minutos de caminar y pensar, cambiar un refresco por agua. Nada heroico ni épico, pero todo suma. Ahí entra la disciplina, no como rigidez, sino como constancia inteligente: hacer lo que toca, incluso cuando no dan ganas, incluso cuando no hay resultados inmediatos.

También es importante celebrar las victorias, pero con criterio. Si el objetivo es bajar de peso, celebrarlo con una cena desmedida no parece la mejor estrategia. Mejor un libro, un concierto o una buena conversación. Celebrar bien refuerza el hábito; celebrar mal lo sabotea. El liderazgo también se ejerce en los pequeños detalles.

La disciplina, además, se construye empezando pequeño; ridículamente pequeño. Veinte lagartijas pueden parecer imposibles; dos o tres, no. La clave está en comenzar con algo tan accesible que sea casi imposible no hacerlo y, desde ahí, crecer. No se construye a base de golpes de voluntad, sino por acumulación de decisiones correctas.

Finalmente, nadie cambia solo. El llamado buddy system funciona porque el cambio también es un deporte de equipo. Tener cómplices que acompañen, pregunten y empujen marca una diferencia real y reduce la probabilidad de abandono.

Si después de todo esto tus propósitos siguen intactos, tal vez el propósito era solo escribirlos. Y si en febrero ya abandonaste todos, no pasa nada: siempre puedes hacer el firme propósito de retomarlos en marzo… o en abril… o el próximo lunes. Lo importante no es cuándo empiezas, sino que alguna vez empieces de verdad.

En estrategia personal, como en la empresarial, no gana quien tiene mejores intenciones, sino quien logra alinear propósito, sistema y ejecución. Todo lo demás es retórica de inicio de año.

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