La recepción de Donald J. Trump al presidente Xi Jinping la semana pasada fue impresionante. No solamente acudió de manera personal a recibirlo al pie del avión en la Base Conjunta Andrews, un gesto excepcional para un presidente de Estados Unidos. No solamente desplegó la alfombra roja desde su llegada. Al día siguiente de su arribo, la Casa Blanca organizó una ceremonia militar que culminó con el sobrevuelo de un bombardero y cuatro cazas F-22.
Habría que remontarnos a 2015, cuando Barack Obama recibió allí al papa Francisco, para encontrar a un presidente estadounidense esperando de esa manera a un dirigente extranjero en Andrews. La pregunta, por tanto, no es si Trump sabe recibir. La pregunta es por qué decidió recibir así precisamente a Xi Jinping.
Hoy China es el único país que reúne al mismo tiempo la capacidad económica, industrial, tecnológica, financiera y militar suficiente para competir con Estados Unidos en prácticamente todos los grandes terrenos del poder. Sin embargo, esto no significa que exista una igualdad absoluta entre ambos. Estados Unidos sigue teniendo una economía mayor en términos nominales, una red de alianzas incomparable y ventajas decisivas en capital, tecnología y poder militar. Pero China produce ya cerca de un tercio de las manufacturas del mundo y se ha convertido en una pieza imposible de ignorar en las cadenas de suministro, los minerales críticos y buena parte de la industria tecnológica global. Por eso importa tanto la imagen de Washington.
Cuando una rivalidad adquiere una dimensión casi bipolar, los gestos dejan de ser únicamente gestos. ¿Qué está pasando para que los mayores honores, la mayor demostración de respeto y la mayor voluntad pública de encontrar espacios de entendimiento se dirijan precisamente al único país capaz de disputar a Estados Unidos una parte sustancial del poder económico, industrial y tecnológico del siglo XXI?
El mundo está en peligro. Basta mirar Ucrania, Oriente Medio, Taiwán, las disputas comerciales, los controles tecnológicos o la carrera por la inteligencia artificial. Pero precisamente por eso resulta significativa la visita de Xi. Trump, la Casa Blanca y todo el aparato ceremonial estadounidense se empeñaron en demostrar que, pese a las enormes diferencias entre ambos países, existe ahora un interés básico: evitar que la competencia termine convirtiéndose en una ruptura imposible de controlar.
Xi lo dijo de otra manera. En Washington defendió que la competencia entre China y Estados Unidos debe ser “saludable”, afirmó que ambos países tienen la responsabilidad de desarrollar y administrar la inteligencia artificial para el bien común y sostuvo que la llamada trampa de Tucídides –la idea de que una potencia ascendente y otra establecida están condenadas al enfrentamiento– puede evitarse. También pidió mantener el diálogo entre las fuerzas armadas para reducir el riesgo de una crisis.
Esa es probablemente la palabra que mejor explica esta visita: estabilidad. No amistad. No alianza. No rendición de uno frente al otro. Estabilidad.
China sabe que el mundo atraviesa una coyuntura en la que un enfrentamiento frontal con Estados Unidos tendría consecuencias que irían mucho más allá de ambos países. Y Washington sabe exactamente lo mismo.
Eso tampoco significa caer en la ingenuidad de pensar que China es una potencia pacifista por naturaleza. La historia china contiene guerras, expansiones territoriales y conflictos, como la historia de prácticamente todas las grandes potencias. Pero existe una diferencia importante entre reconocer esa realidad y tratar de entender cómo ejerce hoy su poder.
La Gran Muralla sigue siendo una buena metáfora. Durante siglos fue un sistema defensivo destinado a proteger fronteras y controlar movimientos a través de ellas. La China contemporánea ha añadido otras murallas: industriales, tecnológicas, financieras, digitales y militares. No necesita conquistar un territorio para aumentar su influencia cuando puede convertirse en indispensable para producir lo que ese territorio consume. Y ahí aparece India.
La visita de Xi Jinping a Nueva Delhi unas semanas antes de Washington recordó hasta qué punto la relación entre los dos gigantes asiáticos continúa siendo complicada. Fue su primer viaje a India en siete años. China e India comparten una frontera disputada de aproximadamente 3,800 kilómetros y todavía mantienen importantes despliegues militares en el Himalaya después del enfrentamiento de 2020 en el que murieron soldados de ambos bandos.
Sería un error afirmar que China e India están condenadas a ser enemigas. Pero sería igualmente equivocado imaginar, por ahora, una verdadera alianza estratégica entre ellas. El Himalaya, la frontera, la competencia regional, Pakistán, el enorme desequilibrio comercial y décadas de desconfianza siguen pesando demasiado.
Occidente observa esa relación con enorme atención. Mientras Pekín y Nueva Delhi mantengan intereses estratégicos distintos, el sistema internacional conserva más espacios para el equilibrio. Pero India tampoco es una pieza de Occidente. Su tradición sigue siendo la autonomía estratégica y precisamente por eso su peso aumenta: porque puede relacionarse con Washington, Pekín, Moscú y Europa sin aceptar convertirse automáticamente en satélite de ninguno.
Después está el dinero. Durante años se repitió que China era el gran financiador de la deuda estadounidense. Ya no es así. China posee aproximadamente 618 mil millones de dólares en bonos del Tesoro de Estados Unidos, siendo el tercer acreedor de deuda estadounidense, solo por detrás de Japón y Reino Unido. El que China haya dejado de ser el principal acreedor extranjero –cosa que hasta hace poco lo era– no significa que la interdependencia haya desaparecido; simplemente ha cambiado.
Estados Unidos continúa siendo un mercado fundamental para muchas empresas chinas y China sigue ocupando un lugar central en numerosas cadenas de suministro estadounidenses. Ambos gobiernos llevan años intentando reducir vulnerabilidades. Ninguno ha logrado eliminar la dependencia del otro.
Y después viene la gran batalla del siglo: la tecnología.
Estados Unidos y China no tienen un monopolio sobre la revolución tecnológica, pero sí se han convertido en sus dos principales polos. Como Donald Trump dijo en la Asamblea General de la ONU –también celebrada la semana pasada–,quien logre ganar la carrera de la inteligencia artificial lo ganará todo.
Eso explica por qué este tema también estuvo presente sobre la mesa en Washing-ton, que reunió a ambos presidentes. Los dos países saben que competirán por ella. Lo verdaderamente peligroso sería que compitieran sin mecanismos para evitar que esa carrera termine fuera de control.
A pesar de que en los últimos años los chinos han invertido en modernizar y mejorar sus fuerzas armadas, el poder chino no se explica únicamente por sus misiles, sus barcos o sus aviones. China gana influencia comerciando. La gana produciendo. La gana financiando infraestructura. La gana controlando partes estratégicas de cadenas de suministro. La gana convirtiéndose en proveedor, comprador, acreedor, socio o competidor indispensable. Su capacidad de presión nace tanto de la economía como de las armas.
Y hay otra diferencia fundamental que nunca debe olvidarse. China no es una democracia liberal ni un sistema competitivo de partidos como los occidentales. La propia Constitución china establece que el liderazgo del Partido Comunista de China es una característica definitoria de su sistema político. El Partido, el Estado y las Fuerzas Armadas forman parte de una estructura de poder profundamente interrelacionada.
Pero tampoco conviene cometer el viejo error de interpretar a China como si fuera simplemente una versión asiática de la Unión Soviética. Una de las grandes equivocaciones estratégicas de la Guerra Fría fue tardar demasiado en comprender la profundidad de la ruptura sino-soviética. China comunista y la Unión Soviética compartían una ideología, pero no necesariamente los mismos intereses. A finales de los años 60, sus diferencias habían llegado incluso a enfrentamientos fronterizos.
Henry Kissinger entendió la oportunidad. Su viaje secreto a Pekín en 1971 preparó la histórica visita de Richard Nixon a China en 1972 y permitió a Estados Unidos utilizar la relación con Pekín como contrapeso frente a Moscú. Aquella diplomacia triangular modificó el equilibrio de la Guerra Fría.
Si Washington hubiera comprendido antes que Pekín no era simplemente un satélite de Moscú, quizá una parte de su estrategia en el sudeste asiático habría sido distinta. Decir que Vietnam no habría ocurrido sería imposible de demostrar.
La historia no conoce el “hubiera”. Pero precisamente ahí está la lección: interpretar equivocadamente las relaciones entre las grandes potencias puede costar décadas, guerras y generaciones enteras. Por eso la visita de Xi Jinping a Washington no debe leerse únicamente como una colección de banderas, alfombras rojas, aviones y cenas de Estado.
Detrás de toda esa escenografía está la verdadera cuestión. Estados Unidos y China continuarán compitiendo. Seguirán enfrentados por Taiwán, la tecnología, los aranceles, los minerales críticos, la seguridad, el comercio y el control de las industrias que definirán este siglo. Nada de eso desapareció porque Trump recibiera personalmente a Xi Jinping al pie de su avión.
Lo importante es otra cosa.
Las dos mayores economías del mundo parecen haber entendido que competir y destruirse no son necesariamente la misma cosa. En un momento internacional marcado por guerras, tensiones económicas y una revolución tecnológica cuya velocidad nadie controla del todo, mantener abiertos los canales entre Washington y Pekín no resuelve el problema del poder. Pero quizás sí evita que el problema del poder termine convirtiéndose –otra vez– en el problema de la guerra.