Año Cero

Las trampas del poder

El 6 de junio de 2027 se renovarán las 500 diputaciones federales y, simultáneamente, habrá procesos locales en todo el país. Estarán en juego 17 gubernaturas y, en conjunto, más de 19 mil cargos de elección popular. Eso dice el calendario electoral. Lo que todavía no dice –porque para eso están los ciudadanos– es quién los ocupará. Sin embargo, hemos comenzado a comportarnos como si el resultado ya existiera.

El poder es probablemente la peor y más peligrosa de las drogas existentes. No hay ácido peor que el que da el poder. Uno puede llegar a pensar que nunca se pasa, que el efecto será permanente, que aquello que por definición es temporal ha adquirido, milagrosamente, la condición de eterno. Ésa es la primera de sus trampas.

Quien lo ostenta –más temprano que tarde– termina olvidando cómo era su vida antes de ser secretario, diputado, senador y, mucho más importante, presidente. El viaje con el ácido –algún recuerdo me queda de cuando fui joven– era, sobre todas las cosas, una sensación que te alejaba de cualquier proporción física. Simplemente dabas vueltas alrededor de una gran liana, mientras buscabas el sentido de tu propia vida.

Bueno, pues el poder es algo parecido. Es un giro en el vacío donde la primera condición para disfrutarlo consiste en olvidar que es perecedero y que, como el yogur, trae fecha de caducidad.

Después viene todo lo demás.

Nunca existe la verdad; lo que pasa es que no tenemos remedio. Hoy, como ayer, el devenir político se enfrenta con lo que probablemente sea el mayor enemigo del poder: la verdad.

Podemos seguir contando el cuento, el mejor de todos los cuentos, sobre qué está pasando con la política mexicana. Podemos vestirlo, explicarlo, convertirlo en doctrina y repetirlo hasta el cansancio. Pero, desafortunadamente, la verdad es que no tenemos demasiado nuevo que informar.

Cuando la política se convierte en una competición a la baja, donde cada día parece sumar más la capacidad de la insignificancia para ocupar el servicio público, lo verdaderamente triste no es solamente lo que dice de los gobernantes. Es la esquela de una sociedad y, sobre todo, la obligación de enfrentarnos a una pregunta terrible: ¿será cierto que no tenemos remedio?

No hace falta dramatizar. Simplemente observe usted a quiénes y cómo están nombrando a quienes teóricamente deberán conducir la siguiente etapa del poder. Como si no existiera la voluntad de los pueblos. Como si todo estuviera decidido. Como si el mismo Dios se hubiera apersonado para escribir los capítulos los siguientes nueve meses antes de las elecciones.

El 6 de junio de 2027 se renovarán las 500 diputaciones federales y, simultáneamente, habrá procesos locales en todo el país. Estarán en juego 17 gubernaturas y, en conjunto, más de 19 mil cargos de elección popular. Eso dice el calendario electoral. Lo que todavía no dice –porque para eso están los ciudadanos– es quién los ocupará. Sin embargo, hemos comenzado a comportarnos como si el resultado ya existiera.

Se nombra a quienes deberán convertirse en los máximos vigilantes de las conquistas de la ‘4T’. Y uno se pregunta qué han aprendido después de casi ocho años de ejercer el poder federal. Qué saben ahora que no sabían entonces. Qué han corregido. Qué han perfeccionado. Qué están dispuestos a discutir y, sobre todo, qué están dispuestos a reconocer.

En nuestros tiempos de ocio, algunos tenemos la mala costumbre de sacar las cuentas. Nos preguntamos, por ejemplo, sobre cuánto habrá costado el Tren Maya o cuánto terminó costando Dos Bocas. Indagamos acerca de cuánto costarán las obligaciones sociales que el Estado ha convertido en derechos constitucionales, quién las pagará y –sobre todo– con qué recursos. Para tener futuro político parece necesario ponerse unas anteojeras parecidas a las de los burros: solo mirar hacia delante. Porque si uno vuelve la cabeza y hace una lectura crítica de la realidad, empiezan los problemas.

Pero mientras tanto juguemos un rato a que nada ha cambiado y a que podremos llegar al 6 de junio exactamente como estamos. ¿Por qué no?

La capacidad de aguante de los pueblos es infinita.

Alguien pagará la factura. Alguien –aunque no sea la presidenta– pondrá orden. Alguien, no sabemos exactamente quién, resolverá después lo que hoy preferimos no resolver. Y alguien tendrá también que preguntarse qué hemos hecho con la relación entre el poder civil y el militar.

No nos engañemos con las palabras. La Guardia Nacional quedó constitucional y legalmente integrada en la estructura de la Secretaría de la Defensa Nacional y su comandancia forma parte de una cadena de mando militar. Eso ya no es una discusión sobre lo que podría pasar: es parte del diseño institucional mexicano. Y ahí aparece Sinaloa.

Solamente hay una cosa peor que un justiciero: un ignorante en el poder. ¿Por qué? Porque no siempre se trata de que sean cínicos. Ni siquiera de que mientan. El problema más grave aparece cuando realmente nunca supieron. Cuando la distancia entre el poder y la realidad es tan grande que terminan creyendo su propia versión de los hechos.

Por eso se puede afirmar que Rubén Rocha Moya es víctima de una conspiración y, al mismo tiempo, pretender que no existen acusaciones formales formuladas desde Estados Unidos. Existen. También existen investigaciones abiertas en México. Y existe otra verdad igualmente importante: hasta ahora, las autoridades mexicanas han sostenido que Estados Unidos no ha entregado los elementos probatorios adicionales que México ha solicitado para sustentar el procedimiento correspondiente. Una acusación no es una sentencia, pero una acusación tampoco desaparece simplemente porque resulte políticamente incómoda.

Y después está Badiraguato. Andrés Manuel López Obrador visitó repetidamente ese municipio durante su sexenio. En noviembre de 2023 anunció incluso que volvería antes de terminar su mandato y que esa siguiente visita sería la séptima. Él siempre defendió que no debía estigmatizarse a un pueblo por ser la tierra de algunos de los grandes nombres del narcotráfico mexicano.

Puede tener razón. Lo que no puede pedirse es que los símbolos dejen de significar algo.

Yo, por más que he escuchado mucho el sitio en las noticias, nunca he tenido la tentación de conocer qué hay en Badiraguato. Quizá López Obrador tenía una visión como la de Superman para descubrir las ventajas de un sitio que nos están vedadas a los demás.

Todo eso pesa. Todo eso condiciona. Todo eso forma parte de nuestra realidad, con independencia de quién gobierne.

Pero hay una realidad todavía más sencilla. Métase usted la mano en el bolsillo y cuente bien las monedas, porque nadie puede garantizarle que las siga teniendo. Y en este camino de pérdida de proporciones, ¿qué nos va usted a decir si mañana, con la misma solemnidad con la que se defiende cualquier otra causa, se descubre también el derecho colectivo a disponer de lo que hoy consideramos nuestro?

Todo sea por el beneficio social.

Esa es otra de las trampas del poder: cuando quien gobierna termina convencido de que sus intenciones bastan para justificar sus decisiones. La peor de todas, sin embargo, no es que el poder deshumanice, suponiendo que alguna vez los políticos fueran humanos. Es que adormece. Produce un distanciamiento de la realidad que termina convirtiéndolos en los más peligrosos.

¿Mentirosos? Sin duda. ¿Cínicos? En muchos casos, ese parece ser el oficio. ¿Engañan? ¿Hay alguna otra manera de sobrevivir tanto tiempo en determinados lugares? Pero, sobre todas las cosas, mírelos con cierta conmiseración y paciencia: están fuera de la realidad.

Y entonces también se asoma Quintana Roo. Eugenio Gino Segura, antiguo secretario de Finanzas del gobierno de Mara Lezama y posteriormente senador, ha sido colocado al frente del proyecto de Morena en el estado rumbo a 2027. Su cercanía política con la gobernadora es conocida y su ascenso vuelve inevitable recordar la controversia por los vuelos privados realizados por Lezama y personas de su entorno.

La cuestión no es afirmar lo que no está demostrado. No existe –hasta ahora– una acreditación pública de que esos vuelos hayan sido pagados con recursos del erario. La cuestión es otra: quién los pagó, bajo qué condiciones y por qué. Fue precisamente lo que la presidenta Claudia Sheinbaum pidió aclarar cuando el caso se hizo público.

Y ahí está la pregunta que el poder siempre intenta evitar. ¿Quien la hace, la paga? Porque una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta convertir la victoria electoral en una absolución permanente.

Esa es quizá la pregunta fundamental rumbo a 2027. No solamente quiénes serán los candidatos ni cuántas gubernaturas podrá conservar cada partido. La pregunta es qué ha aprendido el poder después de todos estos años de ejercerlo y si algo ha aprendido.

La droga es poderosa. Podríamos llamarla poderina. Se inyecta lentamente y produce la sensación de que nunca se pasará su efecto. Hasta que un día se termina.

Mientras tanto, no se lamente usted por ser mayoría, por ser simplemente un número o por sentirse como una tumba sin nombre dentro de ese enorme cementerio que a veces parece ser la sociedad.

La mayor de las trampas del poder es creer que la siguiente posición –ya sea como premio de consolación y en forma de una Secretaría de Turismo o una embajada– está garantizada, que las preguntas terminarán olvidándose y que el poder siempre encontrará una manera de perpetuarse. Hasta que un día deja de hacerlo y el poder…simplemente desaparece.

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