Desafortunadamente, en la actualidad la palabra ‘guerra’ está de moda. La guerra de Ucrania, la guerra en los planteamientos más radicales civiles de algunos países –hasta ahora líderes del mundo, como Estados Unidos–, la guerra por seguir vivos dentro de la pandemia desencadenada hace dos años con un virus de procedencia todavía sospechosa y desconocida, pero que ha conseguido poner de pie a la humanidad entera. Hay muchas razones para saber que atravesamos tiempos en los que se puede llegar a la conclusión de que la humanidad está exhausta. Pero de todas las guerras, como siempre, las más importantes son las propias. Son las individuales y las colectivas. Y como la historia ha probado, las peores guerras, las más cruentas y las más canallas son siempre las guerras civiles.
Comprendo que estemos cansados frente al espectáculo de insensibilidad social por el que atravesamos en el país. En México nada asombra porque todo es normal. Estábamos acostumbrados a seguir siempre la corriente marcada desde ese pedestal inatacable que significa la Presidencia y la figura del tlatoani. Y lo estábamos en el sentido de que –con independencia de la verdad y muchas veces en contra del sentido común– lo único que de verdad importaba era hacia dónde quería dirigir los vientos de la historia el tlatoani en turno. Vivimos momentos en los que cada día y cada semana se le suben dos rayas de intensidad a la guerra civil. Y no es una guerra –como se pretende hacer– ideológica, de modelos, de conformación o de visiones de desarrollo del país enfrentados. No lo es porque unos busquen el bienestar y la superación de la mayoría y otros traten de seguir manteniendo todos los privilegios que –por ejemplo, y por hablar de los últimos años– instaló hasta posiciones groseras y absolutamente insoportables la cleptocracia dominante.
Estamos hablando del derecho natural de poder hablar con plenitud de razón sobre qué es mejor o cómo entiende uno que debería ser la forma de gobernar el país para el bien de todos, por lo menos bajo el ámbito legítimo de la visión de cada individuo, aunque eso lleve inevitablemente a confrontaciones de todo tipo. Usted tiene la oportunidad de leer todos los días cientos de columnas y oír muchas opiniones que insisten en lo mismo de manera reiterada. Las críticas hacia la situación política y económica están claramente alineadas y dirigidas como una especie de guerra civil encubierta que, más que darse con disparos físicos –que de ese tipo de guerras también tenemos y que día con día van batiendo todo tipo de récords–, se dan como ráfagas de palabras. Hemos llegado a tal punto en el que hemos logrado hundir completamente en el pantano de la recriminación, la sospecha y la condena cualquier posibilidad de entendimiento pactado.
En México, hoy la palabra ‘pacto’ está maldita. No se quiere. No se busca. Y aunque se articulan puestas en escena que aparentemente buscan el diálogo, no pasan de ser nada más que simulaciones con el objetivo de aparentar que seguimos siendo una democracia donde se escucha a todo el mundo. Hemos hecho del ayer el gran asesino del presente. El ayer tiene la culpa de todos los muertos del hoy. Y si bien todos somos hijos de nuestro ayer –como pasa en la vida de los humanos–, llega un momento en el que se alcanza la mayoría de edad y con ella las responsabilidades que conlleva. Tanto en la vida de las personas como en la de los países, llega un momento en el que cada uno debe responder por las consecuencias de sus actos, por sus errores o por sus aciertos.
Esa dialéctica, esa mayoría de edad, en México no tiene cabida. Aquí seguimos teniendo el ayer como el gran culpable de todo lo que hacemos mal hoy. Con ese supuesto, resulta imposible construir las relaciones ya que, en el fondo, ésa es la gran coartada para no modificar nada, pero también para –como el ayer mató todo y llevó 100 años hacia adelante las consecuencias de su perversión– que nadie pueda pedir cuentas ni exigir resultados o responsabilidades en el corto plazo.
Estamos viviendo un periodo de guerras que se dan en distintas partes del mundo y de manera paralela. Pero la guerra que a mí más me preocupa y en la que yo no creo que podamos seguir subsistiendo es la guerra que –acompañada de esa borrachera de las palabras que se da cada mañana– está desarrollándose en México.
¿En qué consiste la guerra de México? Simplemente en el secuestro de cualquier razón moral para anteponer una visión distinta del país. De siete a nueve de la mañana –o hasta el horario que sea necesario– ese secuestro es alimentado por quien ostenta el cargo del Poder Ejecutivo del país. Es más, cuando se aprueban las leyes en el Congreso, lo único que se hace es elevar a técnica jurídica y legislativa las voluntades expresadas unos días antes en esas mañaneras en las que realmente no sólo se configura la agenda del país, sino que también se juzgan actuaciones colectivas o individuales y, sobre todo, se marca la línea de que sólo la visión única de la historia y el mandato casi divino –más que el democrático recibido– da derecho natural a tener la razón y a no permitir ni siquiera el debate. Y todo se da frente a lo que es una aplanadora de la verdad y ante la cual ninguno podemos resistir o desafiar.
¿Hacia dónde va el país? ¿A qué área de intereses e influencias pertenece? Además del ayer y los gobiernos del pasado, ¿quién es el verdadero responsable de todos los fracasos del presente? Los muertos que caen bajo las balas de la mayor crisis de violencia conocida en la República desde la Revolución y los años posteriores, ¿a qué momento de la historia se los apuntamos, a la década de los 80, 90 o al inicio del siglo 21? Lo que es seguro es que esos muertos no son de 2022, sino que son muertos heredados de todas las consecuencias y errores cometidos antes de llegar.
Estamos enfrentando no ya la rectificación –vía ideológica por enfrentamiento o por sustitución de manera de hacer políticas– de lo que es la realidad del país. Estamos enfrentando el recuento permanente y detallado de los daños estructurales e históricos que hicieron en el ayer los que estuvieron antes y que explican, una y otra vez , todo lo que pasa en todos los campos y áreas. Explican los fracasos en la educación, la sanidad, en lo energético, en lo económico y en lo financiero.
México es un gran país. Y como siempre hemos sabido, México es muy superior a sus problemas o a los errores –y mire que a veces pueden ser gigantescos– de sus gobernantes. El problema es que hoy México está encaminado en un mundo que no solamente está exhausto por la acumulación de las crisis, sino que –lo sepa o no– está definiendo su futuro inmediato a golpe, en algunos casos, de bombas y misiles como sucede en Europa y, en algunos otros casos, a golpe de definiciones de modelos energéticos, de reforzamientos o de debilitamientos de los ámbitos de la convivencia ciudadana y de la expresión democrática.
México hace bien ocupándose primero de sus problemas antes de involucrarse en los ajenos. Sin embargo, debemos ser conscientes de que nuestros problemas ya forman parte de una unidad, sobre todo en los temas concernientes a las deficiencias estructurales de seguridad y de conformación económica con uno de los bloques que ha conformado el mundo y que, de momento, es el bloque que colidera el mundo. Este bloque es el de América del Norte. Los éxitos obtenidos por la ideología que es la no neoliberal –que en algunos casos se puede catalogar como populista y que en otros no cabe la aplicación de este modelo, como es el caso de nuestro país– ha hecho que las dinámicas en el continente cambien. México no puede ser considerado como un país populista, ya que una de las claves del populismo es ensanchar y crecer la dimensión del Estado y del gobierno para poder ejercer más control sobre las sociedades. Sin embargo, lo que la 4T ha hecho es adelgazar –salvo en lo concerniente a militancia social y a los programas que atienden directamente los subsidios y regalos sociales– al gobierno. Los programas sociales no están enclavados dentro del Estado ni siquiera como parte de la Secretaría del Bienestar, sino que forman parte de una doctrina misional de los recursos que el Estado usa para hacer una labor de conciencia y dependencia social en nombre de una tendencia y no de un país.
Ahora empieza Chile. Venezuela va en camino de encontrar una solución por la crisis mundial en su enfrentamiento con Estados Unidos. Y los Estados Unidos de América buscan su propia solución en una situación de división tan profunda como la que atraviesa a lo largo y ancho del país. ¿Y nosotros? Nosotros tenemos bastante con alimentar la guerra civil silente que cada día se va forjando en el país. Es un sitio donde las palabras matan más la legitimidad que las balas, mientras que las balas han conseguido llegar a unos récords jamás imaginados.
Hay algunos que ni son tan buenos ni tienen tanta esperanza en la conducción pacífica del país. Ellos son quienes –al amparo de la crisis política, democrática y de la situación en la que vivimos– crecen y aumentan su influencia permanentemente sobre nuestras vidas. Antes compraban o asesinaban candidatos. Hoy hemos llegado a la narcodemocracia, donde lo que hacen es que sus candidatos ganen y lo hagan de manera contundente en los procesos electorales. Lo que hay en el medio y lo que acompaña esta situación, eso no tiene ninguna importancia, ya que nadie está mirando ahí.