Año Cero

Cayéndonos a pedazos

Las sociedades se caen a pedazos y con ellas van desapareciendo los proyectos de vida colectivos y la esperanza de futuro, que al final es la única que mantiene una cohesión social.

Una de las principales banderas de enganche que el presidente Joseph Biden está empleando para relanzar y estabilizar la vida política y económica de Estados Unidos es la implementación de un programa de infraestructuras aceleradas que combatan los efectos acumulados hasta el momento. Efectos que, por una parte, son consecuencia de más de un siglo de abandono –derivado de que Estados Unidos haya dejado de ser el líder del mundo– y, por la otra, han provocado un desgaste económico significativo. Poco a poco, la economía estadounidense se ha adentrado en un estado semicomatoso como efecto de la ausencia de actividad en sus principales sectores productivos, salvo en los que conciernen al servicio tecnológico y a la especulación financiera.

En su momento, Donald Trump también ofreció un gran paquete y plan de actualización de infraestructuras. Y es que la realidad es que desde hace años que Estados Unidos necesita hacer una gran inversión en todos sus servicios y aspectos infraestructurales. De lo contrario, el país pasará de convertirse de una nación que un día representó los mayores niveles de desarrollo a un país que sencillamente se está cayendo a pedazos. Cada vez que atravieso el Lincoln Tunnel o los puentes que conectan la isla de Manhattan con Queens, me pregunto cuánto tiempo más resistirán. Es evidente que lo que en algún momento fueron los grandes ejemplos de ingeniería, desarrollo e inversión en el país, hoy se han visto superados tanto por los tiempos como por la falta de mantenimiento y actualización. En definitiva, lo que actualmente está sucediendo en Estados Unidos –y especialmente en algunas de sus ciudades más importantes– es una muestra clara de que el país ha envejecido. Resistiré la tentación de comparar el último aeropuerto construido en China con los principales aeropuertos estadounidenses, ya que es una experiencia de la que no sale bien librado el mundo occidental en su conjunto frente a la expansión, el desarrollo y la inversión en infraestructura que tiene el mundo oriental.

El mundo que conocimos, el mundo al que pertenecemos y el mundo en el que pagamos impuestos –por cierto, cada vez más altos– es un mundo en el que, para empezar, las consecuencias y los límites de la capacidad existencial de los Estados han sido socavados por la crisis del Covid-19. Este es un mundo que se cae a pedazos. Un mundo que no solamente produce –como ha sucedido recientemente en México– grandes catástrofes por colapsos del sistema, sino que estas catástrofes inevitablemente se ven acompañadas por la pérdida de vidas. Este mundo que se está cayendo a pedazos necesita una reinvención económica y necesita volver al trabajo. No solamente necesita rehacer sus puentes, carreteras, trenes o sus propios sistemas de comunicación, sino que –en mi opinión– lo que más necesita es una nueva filosofía y educación laboral. Una educación laboral que no sólo esté orientada hacia los que están en edad de jubilarse, sino para los jóvenes que están entrando a un mercado laboral que definitivamente necesita ser transformado a marchas forzadas.

Dicen que Biden todos los días sueña con Franklin Delano Roosevelt. No me extraña, ya que también para mí es el presidente más grande que ha tenido Estados Unidos a lo largo de su existencia. Sobre todo –en mi opinión– Franklin Delano Roosevelt fue grande porque supo entender y afrontar el principal problema que aquejaba a sus ciudadanos, que fue el riesgo de que murieran de hambre por las consecuencias de la crisis económica de 1929. Además, FDR –como también se le conoce– supo comprender que su país necesitaba un nuevo trato, el New Deal, un nuevo acuerdo social y un nuevo modelo de desarrollo que creara cotos a la especulación y a la propagación de elementos económicos. Un modelo que, en primer lugar, permitiera consolidar la unidad social que su país necesitaba para salir de la situación y, en segundo lugar, que permitiera establecer un modelo que asegurara el crecimiento. En este sentido, el modelo que está adoptando Biden me parece lógico, razonable y aconsejable.

Estamos viviendo una situación en la que tenemos que recuperar lo que –a su vez– también es uno de los principales problemas actuales: la creación de puestos de trabajo y la reinvención del sistema en su conjunto, desde los sistemas educativos hasta lo que es la búsqueda aspiracional del mundo de nuestros hijos y nietos. Y es que en este momento los estragos del cese de la actividad económica no están solos ni son el único problema, sino que estas consecuencias también están acompañadas por los terribles resultados del colapso del sistema sanitario y los efectos que hasta este momento ha causado la pandemia Covid-19. Una pandemia que, probablemente, no será la última.

Naturalmente, esta caída en pedazos va dejando –como sucedió en la crisis de 1929– ejemplos de todo orden. No es casualidad que el Oscar a la mejor película de este año se le haya otorgado a una película que –desde mi punto de vista– es una reedición de Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Una novela escrita para narrar las consecuencias en una familia de Oklahoma y su exilio para buscar la dorada California con el objetivo de poder seguir comiendo. Una historia que, a su vez, es uno de los grandes testimonios sobre las consecuencias sociales de la crisis de 1929. En este momento, el Oscar a la película Nomadland y a Frances McDormand como la mejor actriz, es como si se estuviera repitiendo de la novela Las uvas de la ira. Naturalmente, en la época de esta novela el sistema o la expresión máxima la proporcionaban los libros y su traducción en películas. En este momento, la cultura se expresa a través del streaming, mientras que Netflix se ha convertido en el gran centro de propaganda de la situación actual sobre cómo está el mundo en sus conquistas, pero, sobre todo, cómo expresa sus penas.

Las democracias están sufriendo las consecuencias de un mundo que sencillamente no se supo actualizar y no tiene modelos de actuación económica ni sociales definidos. Si a esto se le une la irrupción del populismo y el fracaso de tantos modelos simultáneos, tenemos un cuadro que resulta preocupante, mas no insuperable.

En política siempre es mejor partir con expectativas bajas, ya que en el ejercicio del poder es fácil defraudar. Joseph Biden empezó con todo en su contra, sobre todo, ya que se enfrentaba a un personaje tan pintoresco y excéntrico como Donald Trump. No se esperaba mucho más de él que –por los propios errores de Trump– sustituyera a su contrincante en la Casa Blanca. Pero, además, Biden tuvo que empezar su camino pasando por el tormento de la duda como política de Estado sobre el aparente hecho de que los demócratas –con él a la cabeza– le habían robado la elección a Donald Trump, siendo ésta la última trampa en la presidencia por parte de los republicanos. Desde el principio, Biden, que naturalmente está subido en el mejor tren que puede tener un político que es la presidencia de Estados Unidos, fue consciente de que este es su último tren. Por lo tanto, lo único a lo que puede aspirar es a la gloria y a la realización de un trabajo bien hecho.

A pesar de que el ser humano siempre será el gran enigma de nuestra historia, no creo que el programa mental y político de Biden esté ideado en conseguir un segundo mandato de gobierno. Por eso también, tal vez, es tan libre como para enfrentar la crisis del coronavirus como lo está haciendo. Haber vacunado como lo ha hecho, siendo uno de los pocos –si no el único– éxitos que ha tenido Estados Unidos en los últimos 50 años desde un punto de vista de organización interna, es algo que merece su reconocimiento. Además, Biden tiene la capacidad para acometer lo que es sacar las cuentas y obligar a los nuevos ricos a la modernización del país. Y, lo que es más importante, el actual presidente no sólo logrará cambiar los puentes, las carreteras y los ladrillos, sino sentará las bases para cambiar la mentalidad y el modelo económico. Lo único que podría impedirlo es que el sistema económico –como ha sucedido en otros países– se termine usando como un producto democrático para acabar con la misma democracia.

Los dictadores modernos suelen instalarse no sobre la punta de las bayonetas, sino a fuerza de votos en los sitios desde donde después desmontan las democracias. Pero antes de que eso suceda, las sociedades se caen a pedazos y con ellas van desapareciendo los proyectos de vida colectivos y la esperanza de futuro, que al final es la única que mantiene una cohesión social. Desde el punto de vista de defender una manera de vivir, pero sobre todo una forma de ordenarse política y socialmente basado en la opinión de la mayoría, la esperanza y los proyectos de vida son lo único que pueden evitar que las sociedades caigan en pedazos.

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