Antonio Cuellar

La adecuada administración del ego

Se pueden ganar elecciones sin poner en riesgo la vida, la economía y el futuro del país.

Cualquiera que sea la perspectiva desde la que se quiera analizar, el resultado es claro y contundente: una mala administración tiene un precio, un precio muy alto. En el caso de México, quizá ya lo hayamos empezado a pagar.

No hace falta leer todo el expediente, ni siquiera todo el dictamen para el que fue contratada la empresa extranjera encargada de hacer los análisis referentes al deterioro y colapso de la Línea 12 del Metro, para entender cómo nació, cómo perduró y cuáles fueron las razones que terminaron con la vida de 28 pasajeros del sistema de transporte: el trasfondo es político y egoísta.

El entonces jefe de Gobierno impulsó una obra de infraestructura relevante que no quiso heredar a su sucesor, por lo que dictó las órdenes necesarias para que se terminara cuanto antes y a cualquier costo, y consintió en que se adquirieran vagones de tren que, aún no siendo los apropiados, eran justamente los que estarían disponibles a tiempo para inaugurar el magno proyecto. Las prisas, la fatuidad de los deseos imperiales del regente y la ausencia de instituciones adecuadas para actuar como contrapeso, provocaron el quebranto, la muerte y la afectación a la vida diaria de millones de mexicanos, en la forma que, a más de un año del accidente, todos conocemos de sobra.

Con independencia de la responsabilidad jurídica que habrá de determinarse, civil o criminal, la responsabilidad política del origen tiene nombre y apellido. Lo mismo se podría concluir con relación a las acciones u omisiones que a lo largo de los años han sucedido, por falta de supervisión y mantenimiento.

El acomodo de los antecedentes de hecho asociados a la disfuncionalidad del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México nos conducirá con la misma facilidad que el ejemplo anterior, a entender las razones por las que el fin de semana se verificó y divulgó un incidente grave asociado al control de la aeronavegación alrededor de la capital, uno más de un conjunto de anomalías que se han venido reportando.

A pesar de que se contaba con estudios, contratación, presupuestos y obra ejecutada que podrían haber llevado a la construcción y terminación de un aeropuerto de talla mundial, el ego de quien ocupa la presidencia no pudo conceder la posibilidad de ser el responsable de inaugurar una obra de infraestructura no iniciada en su sexenio, y optó por dinamitar el proyecto, sin importar el costo económico que ello ha significado. ¿Se valoró en ese momento el costo de vidas que un accidente aéreo podría tener implícito? Dudosamente.

En menos de tres años se llevaron a cabo obras de ingeniería en un aeropuerto alterno que, inacabado e insuficiente, se inauguró con un propósito principal en mente: que el presidente apareciera en la foto y pregonara la idea de haber logrado, en tiempo récord, la terminación y arranque de operaciones de un aeropuerto sustitutivo del que hoy opera en la Ciudad de México, colapsado desde hace muchos años. Sabemos que el discurso dista mucho de la realidad, el aeropuerto, por su ubicación, por sus características y acabados, es insuficiente e inadecuado para responder a las necesidades del mercado, en el corto, mediano y largo plazos.

La contumacia ha provocado un reordenamiento del espacio aéreo que provoca confusión y peligro para quienes tienen la necesidad de cruzar en vuelo a través de la Ciudad de México, y es un factor grave de riesgo que puede dar lugar, en este caso, a un accidente que arroje al menos centenares de muertos. ¿Qué ha faltado? Lo mismo que en el caso de la Ciudad de México: instituciones y mecanismos eficaces de contrapeso que impidan la asunción de políticas o la implementación de acciones que carezcan de razonabilidad. Se trata, como en el caso anterior, de política y egoísmo.

La centralización absoluta del poder provoca descalabros, y estos pueden ser devastadores para la nación. Es muy preocupante lo que sucede en el caso del Metro y el aeropuerto, existen otros que podemos relatar y otros que, aún no habiendo sucedido, de confirmarse una misma conducción, podrían ser muchísimo más graves.

En el Estado de México, más de un centenar de personas, de las que ya nadie habla, perdieron la vida por bañarse en combustible en un desenfreno provocado por una escasez temporal proveniente de la inexperiencia atribuible al director de Pemex, justo al inicio del sexenio, al no haber previsto la necesidad de aprovisionamiento de la temporada. En Tabasco, miles de personas perdieron sus hogares y pertenencias, por la tardía apertura de compuertas de vasos que conforman las instalaciones hidroeléctricas de CFE, por impericia atribuible a su director. Durante la pandemia, cientos de miles de personas perdieron la vida por la tardanza inexplicable en que incurrieron las autoridades de Cofepris, de expedir los registros y certificados necesarios para la importación y distribución de vacunas y medicinas necesarias para que el personal hospitalario auxiliara a los individuos contagiados. Ejemplos de mal gobierno se encontrarán por centenares.

No lo conozco, pero, ¿alguien sabe y está al corriente de la manera en que se viene vigilando la operación de Laguna Verde? Sería imperdonable que las instalaciones de la central nuclear tuvieran una administración presupuestaria comparable a la del Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México. Sería muy importante que se audite con seriedad la operación de la planta y que se evite a toda costa un error similar a los que hemos presenciado estos últimos días.

El proceso de aprendizaje de nuestros gobernantes nos cuesta caro en términos monetarios, nos cuesta infinitamente más caro en términos de vidas humanas, y nos cuesta un precio no definido que tarda muchísimos años en pagar en el ámbito prestigio país.

La percepción de México en el extranjero ha decaído, y con ello las oportunidades para que este avance en el campo del desarrollo económico, y nosotros, gocemos de medios para satisfacer nuestras aspiraciones. A nadie le quita el sueño la manera en que los partidos se asignan las curules en las cámaras o los presupuestos entre los municipios, siempre que se conserve la oportunidad de vivir con seguridad, de conservar el trabajo, de gozar de un salario digno y poder cuidar a la familia. Para lograrlo se debe preservar el orden y sus instituciones.

Los errores que condujeron a las autoridades de los Estados Unidos de América a degradar la calificación de la aviación nacional, siguen el mismo curso tratándose de la valoración de la seguridad de la ciudadanía para efectos del desplazamiento turístico de sus ciudadanos, o cuando se trata de la calificación de la capacidad crediticia del país. ¿Llegará el momento en que se califique a México por su responsabilidad en materia de seguridad internacional, por virtud de alguna mala gestión de la única planta nuclear con que contamos? Debemos de evitar a toda costa que eso llegue a suceder algún día.

Estoy seguro de que la ciudadanía apreciaría enormemente que nuestros gobernantes llegaran a darse cuenta de que, hacer política y contender posiciones de gobierno, no está peleado con hacer bien las cosas. Se pueden ganar elecciones sin poner en riesgo la vida, la economía y el futuro del país. Sin importar qué partido llegue a obtener el éxito en los procesos de voto, todos nos veríamos beneficiados si las actividades de gobierno que tienen que ver con el control, la vigilancia y operación de las áreas estratégicas del desarrollo nacional, se depositaran en órganos colegiados conformados por profesionistas preparados y pensantes. Administremos el porcentaje de lealtad y capacidad del servidor público en función de la responsabilidad que tenga encomendada.

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