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¿Dónde están las abuelas tradwifes? La experiencia que las redes sociales prefieren ignorar

El fenómeno tradwife reabre el debate sobre autonomía femenina, feminismo y el riesgo de idealizar los roles tradicionales de género.

Aunque la tendencia de la “tradwife” (esposa tradicional) ha explotado en redes sociales durante los últimos meses, este término, que surgió entre 2018 y 2002 en foros de internet, se ha convertido en un fenómeno mundial y en un importante debate cultural. La idea nace de una combinación de la nostalgia por la vida de los años cincuenta en Estados Unidos, las ideas políticas de la ultraderecha y una reacción al desencanto de la cultura del trabajo actual (hustle culture). También representa una respuesta al movimiento de la girlboss: la mujer empoderada y trabajadora que para muchas, hoy parece un ideal inalcanzable sin llegar al agotamiento extremo (burnout).

Hoy vemos a mujeres de poco más de veinte años glorificando las tareas del hogar en redes sociales, con un estilo perfectamente cuidado (aesthetic), predicando cómo la sumisión a sus esposos y una vida tradicional son el camino hacia la felicidad. Sin embargo, estas mujeres, que además son influencers, contradicen lo que significa ser una tradwife por tres razones: 1) están activas en redes sociales; 2) generan ingresos propios; y 3) tienen autonomía y capacidad de decisión. Están vendiendo una idea que las está haciendo millonarias con una narrativa muy peligrosa, pues conduciría a muchas mujeres a perder su autonomía, quedar en una situación de grave vulnerabilidad financiera y ser más susceptibles a sufrir distintos tipos de abuso.

Generaciones de mujeres lucharon para que hoy tengamos el derecho a elegir y las que decidan dedicarse al hogar están en todo su derecho, pero dentro de un marco legal que les permita contar con alternativas en caso de sufrir algún tipo de abuso o vulnerabilidad, o simplemente si deciden que ya no quieren vivir en esa realidad.

Un grupo de mujeres en Estados Unidos ha empezado a alzar la voz con la idea de que únicamente debería de haber un voto por familia y no por individuo, y que el voto lo debería de ejercer el hombre de la casa. Evidentemente, pareciera que no vieron El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale), una historia que funciona como una advertencia de un Estados Unidos inquietantemente cercano a una realidad en donde los hombres controlan a la sociedad y el único valor de las mujeres consiste en procrear y ocuparse de la casa.

Claramente hay una desconexión generacional entre las jóvenes que promueven estas ideas y las mujeres mayores que han vivido la experiencia de un divorcio. Actualmente, los adultos mayores de 50 años representan el 36% de todos los divorcios y más del 60% de ellos son iniciados por mujeres. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿Dónde están las abuelas tradwifes?

Si estas ideas de un pasado nostálgico idealizado realmente hubieran hecho tan felices a las mujeres ¿por qué ahora tantas integrantes de esa generación han decidido tomar la decisión de pasar su vejez sin pareja? La respuesta es simple, porque pueden hacerlo. Porque, en muchos casos, prefieren asumir el riesgo económico y patrimonial que implica un divorcio y su seguridad financiera que seguir en un matrimonio.

Si las tradwifes realmente quieren dedicar su vida a sus esposos, adelante: que lo hagan por voluntad propia, porque hoy tienen la libertad de elegir ese camino. Lo preocupante es convertir una decisión personal, en una ideología que pretenda deshacer décadas de lucha por una sociedad más equitativa, lo cual es una completa aberración.

La verdadera conquista del feminismo nunca fue obligar a todas las mujeres a seguir un mismo modelo de vida, sino garantizar que cada una pudiera decidir el suyo con libertad, autonomía y protección. La pregunta no es si alguien desea ser una tradwife; la pregunta es si esa elección nace de una convicción personal o de una narrativa idealizada que romantiza un pasado del que muchas mujeres, precisamente, dedicaron su vida a escapar. Porque antes de idealizar los años cincuenta, quizá valga la pena escuchar a quienes realmente los vivieron. Ellas, las abuelas, probablemente tengan mucho más que decir que cualquier influencer de TikTok.

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