La ineptitud también mata
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La ineptitud también mata

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La ineptitud también mata

29/05/2020
Actualización 29/05/2020 - 15:14

Lo podremos ver en un microscopio o tal vez con un familiar o amigo enfermo o más allá, en la muerte, esa que se multiplica en los nosocomios públicos.

En dónde está el culpable de tanta muerte, sobre todo cuando comparamos el índice de mortalidad con otros países.

Cierto, el Covid-19 es el mayor enemigo que ha enfrentado la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial, pero también es una realidad que los ineptos gobernantes inciden en que el mal provoque más daño.

Mientras que el presidente López Obrador dice que la bestia está domada y que los hospitales ya no presentan niveles de saturación; en contraparte, las cifras oficiales de la Secretaría de Salud y la misma realidad, apuntan lo contrario.

Estamos apenas entrando al pico de contagios y la señal que se manda desde Palacio Nacional, con el reinicio de las giras de su huésped principal, es criminal: ante los picos de la pandemia “salgan a hacer sus actividades normales”.

Sólo las personas que se han enfrentado a la tragedia que significa perder familiares o amistades producto del contagio del coronavirus saben de qué estoy hablando.

La pandemia no respeta edad ni nivel socioeconómico y por el contrario, se vuelve letal con las personas que tienen enfermedades como la diabetes, la obesidad o hipertensión; es decir, gran parte de los mexicanos. Ante este escenario dantesco se les manda la señal de que el peligro ya está pasando y por lo tanto, el retorno a la nueva normalidad.

En las dos entidades más relevantes del país, el Estado de México y la Ciudad de México, sus gobernantes anuncian que no regresarán a la nueva normalidad a partir del lunes, debido a que esperan un incremento de casos. La jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, reiteró que no hay condiciones para cambiar el escenario, pues no hay una baja en la ocupación hospitalaria; además, advirtió que la reducción de hospitalizados aún no es tendencia.

El viacrucis que padece un sospechoso de contagio en torno a solicitar el apoyo de los servicios de salud y la infraestructura que ha dispuesto el gobierno de la capital del país para su atención, es peor que el padecido por Jesucristo.

Al carecer de pruebas confiables en la detección del virus, el sospechoso de contagio vive días de angustia en su hogar mientras llega el apoyo y luego, el resultado del estudio de laboratorio, que en el mayor de los casos, sólo señala que es indeterminado.

Mientras, pueden pasar dos cosas: una, mantenerse en casa para pasar el periodo de curación o ir de inmediato a un hospital público en caso de gravedad y allí es donde deben prepararse los familiares para acudir a varios nosocomios para la atención, esto incluye algunos hospitales privados, como el Ángeles del Pedregal, que ya no tienen cupo para pacientes enfermos de Covid-19.

Finalmente, cuando encuentran un espacio de atención, el enfermo es ingresado y en la mayoría de los casos será la última vez que vea a sus familiares.

El gobierno de López Obrador se empeña en no hacer pruebas masivas para detectar casos de contagio, esto provoca que los cientos de enfermos asintomáticos produzcan más casos que se multiplican exponencialmente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.