Desde San Lázaro

De la soberanía energética a la ruta de extinción

Explosiones, fugas, paros inesperados y niveles bajos de uso muestran el pésimo estado de las instalaciones que necesitan inversiones significativas y una técnica que ha sido reemplazada por decisiones políticas.

La salida de Víctor Rodríguez Padilla de la dirección general de Petróleos Mexicanos confirma lo que desde hace meses era evidente. Su incompetencia impactó en los mercados, a proveedores, al interior del propio gobierno y, por supuesto, de la misma empresa.

La petrolera del Estado atraviesa una de las crisis más profundas de su historia y el relevo en la cúpula no garantiza, por sí mismo, una solución.

Rodríguez apenas permaneció un año y medio al frente de Pemex. Su gestión pasará a la historia como una de las más breves y accidentadas. Está marcada por la caída de la producción, el deterioro financiero, los accidentes operativos y un episodio que sintetizó la magnitud de la descomposición administrativa.

Este episodio fue el reconocimiento público de que sus propios subalternos no le informaron con veracidad sobre el derrame de petróleo ocurrido en el Golfo de México.

En cualquier empresa del mundo, admitir que el director general desconocía la verdadera dimensión de un desastre ambiental equivaldría a una confesión de incompetencia institucional. En Pemex, esa declaración confirmó que el control interno es precario, la comunicación está fracturada y la capacidad de reacción es insuficiente.

La presidenta ha decidido sustituirlo con Juan Carlos Carpio, un perfil eminentemente financiero, de formación tecnócrata y con cercanía política con la mandataria. Su principal activo es la confianza presidencial. Su principal debilidad, la falta de experiencia directa en la compleja operación petrolera.

Y no recibe una empresa en dificultades menores. Hereda una estructura al borde del colapso.

La producción de crudo ronda apenas 1.4 millones de barriles diarios, muy lejos de las metas oficiales y a considerable distancia de los niveles que alguna vez convirtieron a México en potencia energética. La deuda con proveedores supera los 375 mil millones de pesos, ahogando a miles de empresas contratistas y afectando cadenas productivas enteras.

A ello se suma el repunte del robo de combustibles. Durante 2025, los piquetes a ductos crecieron 43 por ciento, generando pérdidas estimadas en 60 mil millones de pesos. Es decir, el huachicol, que fue presentado como un problema prácticamente resuelto al inicio del sexenio pasado, sigue siendo una hemorragia financiera y operativa.

Las refinerías tampoco ofrecen mejores noticias.

Explosiones, fugas, paros inesperados y niveles bajos de uso muestran el pésimo estado de las instalaciones que necesitan inversiones significativas y una técnica que ha sido reemplazada por decisiones políticas.

La promesa de autosuficiencia en combustibles se ha topado con una realidad incuestionable: refinar más no ha significado refinar mejor ni con rentabilidad.

Dos Bocas se mueve entre los percances mortales y la baja productividad.

En paralelo, los derrames y contingencias ambientales incrementan los costos reputacionales y legales de la empresa. Cada incidente erosiona la credibilidad de la narrativa oficial y confirma que la infraestructura opera bajo una presión cada vez mayor.

Juan Carlos Carpio tendrá la oportunidad de intentar un rescate, pero también el riesgo de convertirse en el tercer integrante de una trilogía que podría ser recordada como la que le dio la puntilla a Pemex: Octavio Romero Oropeza, Víctor Rodríguez Padilla y ahora Carpio.

Romero heredó una empresa debilitada, pero apostó por una estrategia centrada en la soberanía energética como consigna política e hizo de la corrupción su modus vivendi. Rodríguez profundizó la crisis con una administración errática y falta de control.

Carpio deberá demostrar, en muy poco tiempo, si cuenta con la capacidad para corregir el rumbo o si será apenas otro administrador de la decadencia.

El problema de fondo es que Pemex ya no enfrenta únicamente una crisis coyuntural. Su modelo de negocio muestra signos estructurales de agotamiento.

La empresa arrastra una pesada carga fiscal y financiera, enfrenta yacimientos maduros, opera instalaciones envejecidas y compite en un mercado energético global cada vez más exigente. Mientras otras petroleras estatales se modernizan y diversifican, Pemex sigue subordinada a decisiones políticas de corto plazo.

Legisladores y analistas coinciden en que el cambio de director no resolverá por sí solo los problemas de endeudamiento, productividad y gobernanza. Se requiere una estrategia integral, con disciplina presupuestal, transparencia, inversión eficiente y decisiones técnicas libres de dogmas ideológicos.

La narrativa de la soberanía energética prometió rescatar a la petrolera y devolverle su papel protagónico. Lo que hoy se observa es una empresa con menor producción, mayores deudas, infraestructura deteriorada y creciente vulnerabilidad operativa.

Juan Carlos Carpio todavía puede cambiar el desenlace. Pero el reto es mayúsculo y está atrapado en ideas ideológicas de izquierda que piensan que la égida del Estado es la razón de ser de Pemex.

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