Desde San Lázaro

Manejo electoral de los programas sociales

Se trata del instrumento más eficaz de vinculación directa entre el gobierno y la ciudadanía, pero también —como ha sido señalado en múltiples ocasiones— de una poderosa herramienta de influencia electoral.

Los movimientos recientes en el gabinete de Claudia Sheinbaum y los ajustes paralelos en la estructura de Morena no son simples enroques administrativos.

Responden a una lógica de control político que pone en posiciones importantes a personas muy cercanas a la titular del Ejecutivo, especialmente en un área clave: la gestión del registro de beneficiarios de los programas sociales, que es fundamental para el proyecto de la llamada Cuarta Transformación.

En este nuevo diseño, dos figuras adquieren un peso específico. Estas son: Ariadna Montiel Reyes y Leticia Ramírez Amaya. Ambas quedan, en los hechos, sentadas en el control operativo y político de los programas asistenciales que hoy alcanzan a millones de mexicanos.

No es una posición menor. Se trata del instrumento más eficaz de vinculación directa entre el gobierno y la ciudadanía, pero también —como ha sido señalado en múltiples ocasiones— de una poderosa herramienta de influencia electoral.

La apuesta de la presidenta es clara: concentrar en manos de perfiles leales la administración de estos programas, garantizando no solo su continuidad, sino su alineación política.

En tiempos donde el oficialismo comienza a perfilar la ruta hacia los comicios intermedios de 2027, el control del padrón de beneficiarios adquiere una dimensión estratégica incuestionable.

Sin embargo, la decisión no está exenta de riesgos. Si bien Ariadna Montiel Reyes ha construido una trayectoria dentro del aparato gubernamental vinculada precisamente a la política social, su perfil ha estado más asociado a la operación que a la conducción política de alto nivel. En el caso de Leticia Ramírez Amaya, las dudas son aún mayores.

Su paso por la Secretaría de Educación Pública dejó más cuestionamientos que resultados. La gestión estuvo marcada por rezagos, conflictos administrativos y una falta de rumbo claro en uno de los sectores más sensibles del país. Colocarla ahora en una posición de influencia dentro de la estructura político-social del gobierno parece, cuando menos, una apuesta arriesgada.

El problema no es únicamente de perfiles, sino de enfoque. La presidenta parece privilegiar la lealtad sobre la experiencia partidista, en un momento en el que Morena enfrenta retos internos cada vez más complejos.

La consolidación del partido como maquinaria electoral requiere operadores con conocimiento del territorio, capacidad de negociación y manejo de estructuras. Ninguna de estas características define plenamente a las funcionarias ahora empoderadas.

En San Lázaro, donde estas decisiones se leen con lupa, el mensaje es inequívoco: la Presidencia busca cerrar filas y reducir los márgenes de autonomía dentro del propio movimiento.

En otras palabras, menos cacicazgos regionales y más control centralizado. Una estrategia que puede resultar eficaz en el corto plazo, pero que también puede generar tensiones internas si los cuadros desplazados o marginados deciden hacer valer su peso político.

No es un secreto que al interior de Morena existen distintas corrientes y liderazgos que han comenzado a disputar espacios de cara al futuro. La eventual salida de figuras relevantes o el reacomodo de posiciones clave alimenta estas tensiones.

En ese contexto, el fortalecimiento de un círculo cercano a la presidenta puede interpretarse como un intento de anticiparse a posibles fracturas.

Aunque el discurso oficial niega que se usen los registros de beneficiarios de los programas sociales para fines electorales, afirmando que son universales y no están relacionados con intereses políticos, la realidad demuestra que siempre ha habido dudas sobre su funcionamiento.

El control del padrón no es solo un asunto administrativo; es, en muchos sentidos, el corazón del poder territorial del oficialismo.

Por ello, los cambios actuales no pueden analizarse de manera aislada. Forman parte de una estrategia más amplia que busca consolidar una estructura política capaz de sostener al proyecto en el mediano plazo.

La pregunta es si esa estrategia será suficiente frente a los desafíos que enfrenta Morena: los narcogobernadores, el desgaste en el ejercicio del poder, conflictos internos y una oposición que, aunque fragmentada, comienza a encontrar puntos de articulación.

El riesgo para la presidenta radica en apostar por perfiles cuya principal fortaleza es la cercanía personal, pero cuya capacidad para operar en escenarios complejos no ha sido plenamente probada. La política, a diferencia de la administración, no admite curvas de aprendizaje prolongadas.

Los relevos en el gabinete y los nombramientos en Morena no solo reconfiguran el mapa del poder, sino que delinean el estilo de gobierno de Claudia Sheinbaum. Un estilo que privilegia el control, la disciplina interna y la centralización de decisiones.

Queda por verse si esa apuesta rendirá frutos o si, por el contrario, terminará evidenciando las limitaciones de un equipo que, más allá de la lealtad, deberá demostrar resultados en un entorno político cada vez más exigente.

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