Desde San Lázaro

¿Cuál soberanía energética?

La insistencia en fortalecer a Pemex sin atender de fondo sus problemas financieros, técnicos y de gobernanza puede terminar agravando la situación en lugar de resolverla.

La situación de Petróleos Mexicanos atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. Lejos de consolidarse como el pilar de la soberanía energética prometida en el discurso político de los últimos años, la empresa productiva del Estado muestra signos claros de fragilidad tanto en su plan de negocios como en su operación cotidiana.

La combinación de caída en la producción, deterioro financiero, proyectos de baja rentabilidad y presiones externas como el alza internacional del petróleo dibuja un escenario que exige el replanteamiento integral para captar inversiones del sector privado.

Este sector observa receloso el frágil Estado de derecho, la inseguridad y los cambios constantes por parte del gobierno de sus políticas públicas en torno a Pemex.

El desplome sostenido en la producción de crudo (1.6 millones de barriles diarios y cayendo) es, quizás, el indicador más preocupante. A pesar de los esfuerzos por reactivar campos y desarrollar nuevos yacimientos, Pemex no ha logrado revertir la tendencia descendente que arrastra desde hace más de una década.

Esta caída no solo reduce los ingresos de la empresa, sino que también limita su capacidad para abastecer sus propias refinerías y cumplir con el objetivo de autosuficiencia energética.

En este contexto, el aumento en los precios internacionales del petróleo ha tenido un efecto paradójico. Si bien eleva los ingresos potenciales por exportación, también encarece los combustibles en el mercado interno. El resultado es visible en los bolsillos de los consumidores: la gasolina premium ronda ya los 28 pesos por litro.

Este incremento ha sido contenido parcialmente mediante el uso del estímulo fiscal al IEPS, mecanismo que, en los hechos, implica una significativa renuncia recaudatoria para el gobierno federal.

Sin embargo, el problema no es solo de precios, sino de capacidad operativa. La refinería de Dos Bocas, uno de los proyectos emblemáticos de la política energética reciente, no ha logrado alcanzar ni siquiera la mitad de su capacidad proyectada en la producción de gasolinas. Este rezago cuestiona la viabilidad técnica y financiera de una obra que se presentó como la solución para reducir la dependencia de importaciones.

A ello se suma el desempeño de Deer Park, la refinería ubicada en Texas y adquirida en su totalidad por Pemex. Lejos de convertirse en un activo estratégico rentable, ha acumulado pérdidas durante los últimos dos años, lo que añade presión a las ya comprometidas finanzas de la empresa.

Este contraste entre expectativas y resultados evidencia problemas de gestión y planeación que no pueden ser ignorados.

La precariedad financiera de Pemex es el resultado de múltiples factores. La corrupción histórica ha dejado cicatrices profundas en su estructura operativa, mientras que el elevado nivel de endeudamiento la posiciona como la petrolera más endeudada del mundo.

Este lastre financiero limita su margen de maniobra y la obliga a depender de apoyos constantes del gobierno federal, lo que, a su vez, presiona las finanzas públicas.

En este escenario, las promesas de alcanzar la soberanía energética parecen cada vez más distantes. La idea de que México podría dejar de depender de importaciones de combustibles se enfrenta a una realidad marcada por la insuficiencia productiva y la ineficiencia en el sistema de refinación. Más aún, compromisos como el de reducir el precio de la gasolina a diez pesos por litro (promesa de AMLO) lucen hoy completamente fuera de alcance.

Como si lo anterior no fuera suficiente, los riesgos operativos también han comenzado a manifestarse con mayor frecuencia. La reciente fuga de combustibles en Dos Bocas, que derivó en la muerte de cinco personas, no solo evidencia fallas en los protocolos de seguridad, sino que también ha tenido consecuencias ambientales graves.

La contaminación del Río Seco y el peligro que representa para las comunidades y escuelas cercanas a la refinería subrayan la urgencia de revisar los estándares de operación y supervisión.

Estos hechos no pueden analizarse de manera aislada. Forman parte de un patrón que refleja la vulnerabilidad de una empresa que, pese a su importancia estratégica, enfrenta limitaciones estructurales profundas.

La insistencia en fortalecer a Pemex sin atender de fondo sus problemas financieros, técnicos y de gobernanza puede terminar agravando la situación en lugar de resolverla.

El debate debería centrarse en la viabilidad de seguir apostando por un modelo que ha mostrado claros signos de agotamiento. La discusión no es ideológica, sino pragmática: ¿cómo garantizar la seguridad energética del país sin comprometer la estabilidad fiscal ni el bienestar de la población?

El reto es enorme. Implica reconocer errores, replantear estrategias y abrir la puerta a soluciones que vayan más allá de los discursos. Pemex necesita una transformación profunda que incluya disciplina financiera, transparencia, modernización tecnológica y, sobre todo, una visión realista de su papel en el futuro energético de México.

De lo contrario, la brecha entre las promesas y la realidad seguirá ampliándose, con costos cada vez más altos para el país.

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