Desde San Lázaro

Diputados y senadores, los peor calificados

Entre los ciudadanos continúa el deterioro de la imagen de los legisladores, hasta llegar a ser los servidores públicos peor calificados, incluso más que los policías o los políticos.

Con la escaramuza ocurrida en el Senado con motivo de la discusión en torno a la permanencia del Ejército en tareas de seguridad pública hasta 2028, unos, el bloque oficialista, se ufana de la pírrica victoria conseguida; otros, se relamen las heridas para continuar en la brega, aunque lo cierto es que para el grueso de la población, lo que queda es desconfianza y decepción, al tiempo de ratificar la percepción de que los legisladores buscan, además de seguir “mamando” del presupuesto, llevar agua a su molino y mantenerse en su lucha frenética por el “hueso” y por el poder.

¿O acaso creen Ricardo Monreal y sus huestes que su gesta al plegarse a los designios del principal huésped de Palacio Nacional tiene mérito alguno?, ¿o que la tiene el haber sentado las bases para fortalecer la militarización del país en detrimento del régimen democrático que nos gobierna?

El festejo es una afrenta para todos.

Los datos duros son contundentes: la violencia y la inseguridad pública con las Fuerzas Armadas en las calles van en aumento, a tal nivel que cada vez existen más regiones del territorio nacional que están en manos de los criminales, quienes obligan a los residentes a emigrar a otras zonas.

Para estos desplazados, el Estado fracasó en protegerlos y por ello, solo atisban a huir del lugar (en donde nacieron, crecieron, formaron una familia y un patrimonio) para buscar nuevos horizontes.

En lugar de buscar capacitar y profesionalizar a los cuerpos policiacos de los municipios y de las entidades federativas y asignar más presupuesto, entre otros apoyos, los senadores y diputados se fueron por la fácil, determinar con ajustar el marco normativo para mantener al Ejército en las calles, mientras que la población sigue padeciendo los embates del hampa.

Los legisladores que votaron a favor de la militarización traicionaron a la memoria de aquellos próceres que dieron su vida para terminar con las dictaduras, verbigracia, como la de Porfirio Díaz, quien apoyado por el Ejército se mantuvo en el poder por más de tres décadas.

En tanto los senadores aprobaban la permanencia del Ejército en las calles hasta 2028, salen a la luz las atrocidades que hacen los militares, léase el caso de Ayotzinapa, y el poder metaconstitucional que les otorga el presidente, al incorporarlos, entre otras tareas, a la vida de los negocios con una línea área comercial.

Solo un ignorante de la historia, o un zalamero de la peor ralea, puede pasar por alto el inmenso costo que conlleva dotar a los militares de tanto poder, mismo que aun bajo otra administración será muy difícil quitárselos por la buena.

Así que, mientras los senadores de Morena, PT, PVEM, PES, PRD y la mayoría del PRI festejaban darle más poder al Ejército, en la percepción pública continúa su deterioro hasta llegar a ser los servidores públicos peor calificados, incluso más que los policías o los mismos políticos.

De pena ajena ver cómo en tribuna y luego con su voto, los senadores del PRI y PRD que votaron a favor de la militarización, cambiaron de opinión como una suripanta de calzones.

En la víspera de la votación, varios de ellos se volcaron en adjetivos contra la permanencia del Ejército en las calles en tareas de seguridad más allá de 2024, pero cuando les llegaron al precio o les extendieron la carta blanca, esa que los cubre con el manto de la impunidad, se fueron recio contra los que fueron aliados y amigos.

Como escribimos en otra columna, la traición es el peor de los pecados y por eso se ubican en el último de los infiernos de Dante Alighieri, ya que para cometer la felonía, primero tienen que ganarse la confianza de sus víctimas.

Así que para los senadores del PRI como Carlos Aceves, Manuel Añorve, Eruviel Ávila, Sylvana Beltrones, Ángel García, Verónica Martínez, Nuvia Mayorga, Carlos Ramírez Marín y Mario Zamora, su deslealtad y perfidia han quedado registradas.

De igual manera, el pillo que resultó ser, porque así lo documentan los expedientes que obran en la Fiscalía de la CDMX, Miguel Ángel Mancera (PRD), quien no tuvo empacho en sumarse a sus verdugos, ya que prefirió “borrar los delitos” en que incurrió cuando ocupó la jefatura del Gobierno capitalino.

Llama la atención cómo Ricardo Monreal, pastor de los senadores morenistas, se dobló para mantener apaciguado a AMLO, mientras que esboza cuál camino seguir en el futuro, porque así se baje los pantalones o se tire de alfombra, no tiene cabida en Morena y menos de hacer realidad su sueño guajiro de ser el sucesor del tabasqueño.

La desconfianza de la ciudadanía en sus representantes populares es un escollo para el ejercicio de la gobernanza, así que luego no se quejen cuando el pueblo bueno y sabio les dé la espalda.

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