Desde San Lázaro

El Metro, una bomba de tiempo en manos de Sheinbaum

Lleva dos años y medio en el cargo, tiempo suficiente no solo para tener todos los diagnósticos y radiografías de los aspectos torales de la capital de México, sino para corregir lo malo.

Lleva dos años y medio en el cargo, tiempo suficiente no solo para tener todos los diagnósticos y radiografías de los aspectos torales de la capital de México, como el Metro, sino para corregir lo malo que le dejó su predecesor Miguel Ángel Mancera. Sin embargo, soslayó el grave problema que representa la carencia de mantenimiento a este sistema de transporte y peor aún, pese a las denuncias de usuarios y vecinos, no se hizo nada para corregir los daños que se dejaban ver a través de grietas, cortocircuitos, fallas de deslizamiento y desniveles.

La estación Olivo de la Línea Dorada y sus trabes de acceso, están señalados por representar un riesgo de colapso y aunque el gobierno reforzó su estructura después de los daños por el sismo de 2017, pues es evidente que no sirvieron de nada y que, con la llegada de Claudia Sheinbaum a la jefatura de gobierno, se recrudeció el problema, a tal grado que la señora que cobra como directora del Metro dijo que no entiende qué pasó “si hace un año” revisaron ese tramo de la Línea 12.

Las renuncias de Florencia Serranía Soto, directora general del Sistema de Transporte Colectivo (STC), es impostergable, además de la propia jefa de Gobierno, quien al final de cuentas es la responsable de asignar los recursos presupuestarios al mantenimiento del Metro.

El presupuesto del STC pasó de 18 mil millones de pesos (mdp) en 2018 a 15 mil mdp en 2020, de los cuales se ejercieron únicamente 11 mil mdp y en lo que va del año el subejercicio sigue en aumento.

No le invierten al mantenimiento, tienen un subejercicio criminal y además, por si fuera poco, han sido despedidos técnicos especializados que daban mantenimiento al Metro y que, por austeridad, han sido sustituidos por personal no especializado.

Oficialmente han ocurrido varios percances con víctimas humanas en el Metro, se conocen algunos como el choque entre trenes en la estación Tacubaya que dejó un muerto, luego el incendio de la subestación que afectó seis líneas y ahora la tragedia en Línea Dorada que al momento van 24 muertos.

Sin embargo, esto es solo lo que ha trascendido a la opinión pública, ya que los mismos usuarios han dado cuenta de innumerables percances, no solo en donde corren los convoyes, sino en las instalaciones y en zonas específicas como las escaleras eléctricas.

Desde San Lázaro, los grupos parlamentarios pidieron que se investigue de forma exhaustiva y con prontitud las causas del suceso, al tiempo de exigir al Gobierno de la Ciudad de México indemnizar a los afectados, proporcionarles toda la atención y asumir los gastos para su pronta recuperación.

La coordinadora de la bancada del PRD, la diputada federal, Verónica Juárez Piña, demandó que la investigación arroje resultados a la brevedad sobre las causas de este lamentable siniestro, así como el dar con los responsables que, por acción u omisión, generaron las condiciones para que haya ocurrido.

Consideró necesarias las participaciones de la Fiscalía General de la República, así como de expertos nacionales e internacionales, quienes adicionalmente deben realizar el diagnóstico de toda la obra, desde su construcción hasta su mantenimiento.

Por desgracia este no será el último percance mortal, ni el más grave, al contrario, solo basta con subirse al Metro y apreciar el deterioro, la saturación y los problemas cotidianos a los se enfrentan diariamente 5 millones de usuarios.

El Metro es una bomba de tiempo en manos de las actuales autoridades capitalinas, quienes se resisten a canalizar las partidas presupuestales extraordinarias para emprender un mantenimiento mayor no solo en la Línea Doce, la cual nunca debió de permitirse su funcionamiento, sino en todo el sistema.

No hay dinero para el Metro, ni tampoco, por ejemplo, hay presupuesto en los estados y no porque se carezcan de los recursos a nivel federal, sino que se gasta en obras y en programas sociales que tienen propósitos político-electorales, en lugar de beneficiar a la población.

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