Energía complicada
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Energía complicada

12/12/2018
Actualización 12/12/2018 - 14:33

En 1973 Estados Unidos ya no alcanzaba a obtener internamente todo el petróleo que requería; los extensos yacimientos de California, Texas, Oklahoma y Louisiana se estaban agotando. Mientras tanto los países árabes incrementaban sus reservas y colocaban cada vez más pedidos en Japón y Europa. Sorpresivamente la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) suspendió sus entregas a las naciones que apoyaron a Israel en la Guerra del Yom Kippur. Las economías de Estados Unidos, Canadá, Holanda, Reino Unido y Japón se tambalearon y el costo de la gasolina se cuadruplicó. El presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, declaró como prioridad la autosuficiencia en hidrocarburos.

Un segundo shock petrolero sobrevino en 1979, con la Revolución iraní, y en 1980, con la Guerra Irán-Irak. La reducción de la producción determinó un nuevo encarecimiento. El presidente Jimmy Carter tuvo que admitir el racionamiento de la gasolina (autos con placas impares sólo podían comprar en días impares), lo que hizo imposible su reelección.

Ya para entonces no querían estar atados al aceite del Golfo Pérsico: la URSS perforaba en Siberia, Nigeria en el delta del río Níger, los ingleses y los noruegos en el Mar del Norte, Estados Unidos en Alaska, Venezuela en el Lago Maracaibo y nosotros en el Golfo de México. Se impulsó también la energía nuclear: Francia y Japón generan así, hasta la fecha, la mayor parte de su electricidad.

Aunque el mandatario Ronald Reagan y los siguientes presidentes de Estados Unidos siguieron buscando la autarquía, la volatilidad de los precios continuó y entorpeció las inversiones necesarias para alcanzar esa meta. En paralelo, el movimiento ecologista fue empoderándose y logró cerrar plantas eléctricas altamente contaminantes. Eso fue también lo que dio un frenón a la industria nuclear y, sobre todo a la carbonífera, que de por sí ya no podía ofrecer rendimientos competitivos.

En la administración de Barack Obama se tomaron decisiones cruciales: se subsidió la producción de gas natural para convertirlo en la principal fuente de energía; se retiró la prohibición de exportar crudo, lo que posibilita mantener la producción cuando la demanda interna se reduce. El Congreso abrió a la exploración el Refugio de Vida Silvestre del Ártico. Pasaron de entregar cuatro a nueve millones de barriles diarios y las importaciones se redujeron de catorce a diez mbd.

Animado por esos logros, el presidente Donald Trump (cuya campaña recibió grandes donativos de la industria petrolera) prometió no sólo asegurar el suministro doméstico, sino alcanzar el dominio energético mundial. Para conseguirlo abandonó el Acuerdo de París sobre Cambio Climático y rescindió o congeló más de trescientas regulaciones sobre seguridad laboral, salud pública, cuidado del medio ambiente, tierras federales y soberanía tribal. Rápidamente se multiplicaron los pozos, se extendieron los ductos y se modernizaron las refinerías.

Al autorizar las técnicas de minería y combustión 'limpia' del carbón, que se usan en muchas partes pero estaban vedadas en la Unión Americana, las regiones carboníferas de los Apalaches y de Wyoming resurgieron. Lentamente el sector nuclear toma un segundo aire.

Termina el año con Estados Unidos convertido en el primer productor mundial de crudo (once millones mbd), arriba de Arabia Saudita y de Rusia. Al paso que van, en 2025 la mitad de la producción mundial de petróleo y gas natural provendrá de nuestro vecino del norte. Esto tiene importantes consecuencias geopolíticas para ellos (abasto asegurado), para México (costo de importaciones) y para el resto del planeta. Claramente se expresa en la Estrategia de Seguridad Nacional 2017: el “dominio energético” les permitirá ayudar a sus aliados y socios a ser más resilientes contra el uso extorsivo del combustible. Concretamente, pretenden evitar que los rusos condicionen las ventas en Europa Oriental y en India.

Sin embargo, las cosas no les van a resultar tan fáciles como parecen: sus consumidores se quejan de que la factura de la gasolina y la electricidad sube y baja; están demasiado supeditados a los combustibles fósiles. Han provocado una sobreoferta y el consumo no se recuperará mientras dure el débil crecimiento de los países avanzados y emergentes. No hay mucho interés en construir más plantas de generación que usen carbón. Se han subastado extensas áreas de la plataforma oceánica continental de Alaska y del Golfo de México, pero por más incentivos que les ofrecen, las empresas no ven rentable por ahora extraer petróleo o gas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.