Repensar

Y el vicepresidente es...

El carácter prudente de Mike Pence evitó un distanciamiento con Donald Trump, lo que no sucedió con la mayoría de los miembros de la oficina de la Casa Blanca y del gabinete.

En 2016, Donald Trump buscaba el apoyo de los grupos evangélicos. Muchos en esa comunidad tenían dudas sobre el personaje: tres veces divorciado y con un montón de historias de relaciones extra matrimoniales; famoso por hacer negocios raros con socios dudosos y por no hacer bien sus reportes fiscales.

La forma como Trump superó esas reticencias fue nombrar como su compañero de fórmula a Mike Pence, que era todo lo contrario a él: un cristiano sincero y buen padre de familia, que había hecho carrera en el servicio público sin taches ni escándalos.

Pence cumplió correctamente el papel que tienen allá los vicepresidentes: negociar la aprobación de las iniciativas presidenciales en el Senado y desempatar las votaciones cerradas. Aunque no estaba a gusto con el estilo rudo y vulgar de Trump, respaldó sus políticas e hizo lo que pudo para que sus desplantes no se convirtieran en crisis.

Su carácter mesurado y prudente evitó un distanciamiento con el presidente, lo que no sucedió con la mayoría de los miembros de la oficina de la Casa Blanca y del gabinete, a quienes Trump no permitía que lo contradijeran y a los que acabó llamando “colección de tontos”.

El rompimiento vino cuando Trump perdió la elección de 2020 y no quiso reconocerlo, denunciando fraudes que nunca pudo probar. Pence le aconsejó reconocer su derrota y le pidió que dejara de seguir diciendo que le robaron la elección. Mito que la mayoría de sus seguidores siguen creyendo.

Con base en esas sospechas, el 6 de enero de 2021, Trump convocó a sus simpatizantes a un mitin y al finalizar su discurso los incitó a ir al Capitolio para impedir que el Senado votara para certificar el triunfo de Joe Biden.

Previamente le había exigido a Pence que impidiera ese acto. Como se negó, unos manifestantes llevaban una soga para ahorcarlo. Con esos antecedentes, resulta extraño que dos docenas de republicanos se anoten como voluntarios a la misión suicida de ser copilotos de Trump.

Lo más increíble es que, salvo en un par de casos, todos se opusieron a él en la campaña de 2016. Es más, lo compararon con Hitler y lo acusaron de hacer negocios con la mafia. Varios se declararon como never Trump. A su vez, él les puso apodos burlones y los despreció.

Aunque algunos, genuinamente, le pudieron haber descubierto a Trump cualidades extraordinarias entre esa campaña y la actual, lo que ahora están haciendo es mostrarle servilismo para ser seleccionados.

Y es que ven una doble oportunidad. Por su edad, Trump podría morir o quedar inhabilitado a mitad de su mandato. Adicionalmente, como el ya no podrá reelegirse, el vicepresidente tendrá una gran ventaja en la lucha por la nominación en 2028.

Como si fuera un capítulo más de su serie de televisión (The Apprentice), Trump, abusivo como siempre, los humilla, les pone pruebas y los hace competir entre ellos. Les exige lealtad absoluta y él no les ofrece ninguna.

Los presiona para que le consigan fuertes donaciones para su campaña, para que vayan a atacar a Biden en los canales de televisión que le son adictos y para que asistan a respaldarlo en los juicios que se le siguen.

A los que más han buscado agradarle, los invita a desayunar o a jugar golf en su mansión de Mar-a-Lago y luego hace comentarios positivos que no lo comprometen: “es un buen hombre”, “es un tipo increíble”, “me encanta su peinado”...

Ventajas

Normalmente se busca que el compañero de fórmula aporte algo concreto a la campaña: los votos de una región, de una corriente política o de un segmento social específico.

En esta ocasión, Trump tiene seguros a los evangélicos, porque les cumplió al nominar jueces conservadores en la Suprema Corte.

Tiene también más simpatías entre los hispanos y los afroamericanos. Le convendría por ello escoger a Mario Rubio o a alguno de los tres aspirantes de color: Tim Scott, Byron Ronalds o Ben Carson. Sin embargo, ninguno de los tres se ha caracterizado por obtener alta votación entre la población negra.

El voto femenino le hizo falta en 2016 y 2020, y ahora más, por el efecto que tuvo la decisión de la Suprema Corte sobre el aborto y por toda la historia de su misoginia que salió a la luz en sus juicios recientes. En poco le ayudarían con este sector las aspirantes conservadoras Kristi Noem o Elise Stefanik. Le hubiera servido algo Nikki Haley, pero ella creyó que podía arrebatarle la candidatura presidencial y acabaron peleados.

Ella también hubiera podido captar votos entre los jóvenes, inconformes por tener que elegir entre dos ancianos.

Trump necesita ganar más votos en los suburbios. Perdió en 2020 por descuidar ese sector. Ahí pueden serle útiles Marco Rubio, Glenn Yougkin, Doug Burgum y Tom Cotton, pero no se puede esperar que le atraigan gran cantidad de votantes.

Quizá J.D. Vance le pudiera restar votos a Robert G. Kennedy Jr., el candidato independiente que atrae a los enojados con la situación.

En los estados columpio, decisivos para la elección, le podrían aportar algo J.D. Vance, Marco Rubio, Tim Scott o Glenn Youngkin, pero ninguno nació en esos territorios.

En suma, Trump no necesita de ellos porque, escoja a quien escoja, no le aportará mucho en noviembre.

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