Joe Biden y Donald Trump no parecen tener problema para conseguir ser nominados por sus partidos como candidatos a la Presidencia el año próximo. Ambos superan a sus respectivos rivales por más de 30 puntos. Lo extraño es que tienen niveles de aprobación bajísimos, cercanos a personajes como Vladímir Putin.
Biden es un presidente débil, que a veces es moderado y a veces progresista. Él y su hijo están acusados de recibir dinero de empresas y gobiernos extranjeros. No responde a las preguntas de la prensa para no equivocarse. Cada vez se ve más desorientado y cansado.
Trump no muestra ningún arrepentimiento por sus conductas antidemocráticas; sigue con sus mentiras y teorías conspirativas. Tras toda una vida de burlarse de la ley, enfrenta múltiples procesos judiciales.
Esa falta de opciones más apreciadas es resultado del partidismo tóxico que ha envenenado la política estadounidense. Son ya dos décadas de polarización estéril.
Siete de cada 10 estadounidenses piensan que el país va por el camino equivocado. El 50 por ciento culpa de ello al otro 50 por ciento. Decepcionados de los partidos, la mitad ya se declara independiente. Irán a la elección sabiendo que, gane quien gane, las cosas difícilmente mejorarán.
Todos añoran las breves épocas en que la Casa Blanca ha estado habitada por verdaderos estadistas. De los 46 presidentes que han tenido sólo reconocen como estadistas a cinco:
Thomas Jefferson, el redactor de la Declaración de Independencia, que defendió la libertad religiosa y creó instituciones “para comenzar un mundo nuevo”, fundado en la libertad.
Andrew Jackson, el primer presidente de origen humilde y el primero que tomó posesión en las escaleras del Capitolio, rodeado por el pueblo. Escogió a su gabinete por idoneidad, incluyendo a opositores.
Abraham Lincoln, que acabó con la secesión y la esclavitud, haciendo evidente que sólo habría paz con un gobierno democrático (de, por y para el pueblo).
Franklin Delano Roosevelt, quien superó la crisis económica con el New Deal y condujo a la nación a la victoria en la Segunda Guerra Mundial, extendiendo los ideales americanos al mundo (discurso de “las cuatro libertades”).
Ronald Reagan, que sacó al país de la estanflación y frenó el expansionismo soviético.
¿Quién es estadista?
Como se sabe desde que Plutarco escribió Vidas paralelas, dándonos retratos detallados de Alejandro y Julio César, los estadistas tienen caracteres únicos, pero son creaturas de su tiempo. Destacan por reaccionar sabia y decididamente ante la contingencia inesperada o los retos inusitados.
Lo que los hace diferentes es que no se acomodan a la situación o rehúyen los desafíos. Los enfrentan con inteligencia y perseverancia, aun si eso les produce costos políticos o personales. Es Charles de Gaulle organizando el rescate militar de su patria o Konrad Adenauer reconstruyendo Alemania.
Eso supone grandeza de alma, valores morales e integridad. Es Václav Havel haciendo lo correcto, como disidente o gobernante. Por eso no se le reconoce esa calidad a Richard Nixon, por más que Henry Kissinger incluya a su exjefe en su último libro (Líderes).
Son hombres o mujeres de pensamiento y acción, como describía Cicerón. Pragmáticos, defienden una filosofía clara. Es Lincoln debatiendo con Stephen Douglas.
Son los que tienen visión de Estado, los que (según James Freeman Clarke) no piensan en la siguiente elección sino en la siguiente generación.
No son los demagogos, los que hablan bonito, los que halagan al pueblo. Ya Aristóteles (Ética nicomáquea) rechazaba a los sofistas que manipulaban las emociones de la chusma. Sí son los que dicen la verdad sin adornos. Es Winston Churchill aceptando su fracaso en Gallipoli y ofreciendo sólo “sangre, sudor y lágrimas”.
No son los centristas que quieren quedar bien con todos o los radicales que manipulan la historia, llegan arrasando y venden utopías. Son, en cambio, los que conocen sus limitaciones y lo que es posible en las circunstancias presentes. Son los que, con imaginación y haciendo humilde deferencia a la realidad, ofrecen respuestas tangibles y van avanzando hasta donde se puede.
No son los que se preocupan por engrandecerse y cultivar su popularidad, los que se rodean de incondicionales que los halagan. Son los que llaman a los que saben, los que escuchan, los que unen. Son los que construyen y transforman instituciones. Es Lee Kuan Yew, convirtiendo un país rural (Singapur) en una potencia económica.
Los americanos y todos los demás estamos cansados de la mediocridad. Anhelamos que nos dirijan auténticos estadistas.