Gran parte de la opinión pública de Estados Unidos siente que, por fin, su país está saliendo del estancamiento que ha puesto en duda su liderazgo en la economía global. Esto es efecto directo de la forma en que la administración de Joe Biden ha vendido sus iniciativas de política industrial.
Esos programas (orientados a mejorar la infraestructura, a fomentar las energías limpias y a acelerar la producción de materiales estratégicos y semiconductores) han elevado la inversión pública en sectores que mostraban notable retraso respecto a sus competidores asiáticos y europeos.
Sin embargo, no se están considerando otras áreas importantes, las metas propuestas son de muy corto plazo y el capital que se inyectará es insuficiente para conseguir un avance significativo.
Veamos por ejemplo el sector eléctrico. Los americanos se emocionan al ver surgir nuevas torres con turbinas eólicas y gigantescas instalaciones para captar energía solar. O cuando miran cada vez más vehículos eléctricos en calles y caminos.
La idea de “electrificar todo” suena fabulosa. Reemplazar los combustibles fósiles en la agricultura, la industria, la calefacción y el transporte evita el cambio climático y la contaminación del aire.
Hasta ahora es muy poco lo conseguido.
En la última década, el gas natural ha relevado al carbón en la generación eléctrica (reduciendo a la mitad las emisiones nocivas), pero al construirse más plantas eléctricas para emparejarse con el consumo aumentado, el balance vuelve a ser negativo.
Ha crecido la generación eólica y solar. Esta última es ya la forma más barata de producir electricidad (cuesta un medio que el gas natural y un tercio que el carbón). Sólo que, a la tasa actual de crecimiento, estas energías tardarán décadas para ser las principales fuentes de electricidad.
Retos complicados
Por su propia naturaleza, las energías solar y eólica son caprichosas. En el verano, cuando es más alto el consumo, la primera aumenta y la segunda disminuye. Su producción es intermitente (por los días nubosos o sin viento) y por ello requiere respaldo.
La solución es encontrar alguna forma barata de almacenar energía a gran escala. Los intentos que se han hecho hasta ahora no son prometedores.
Por otra parte, las localidades soleadas y ventosas (las montañas, los desiertos y altamar) generalmente están lejos de las ciudades. Se requieren líneas de transmisión en largas distancias. Además del costo, se deben cumplir muchas regulaciones y se tienen que adquirir los derechos de paso. Eso lleva tiempo y requiere una negociación en diferentes jurisdicciones, que los políticos raramente están dispuestos a emprender.
De hecho, toda la red actual tiene que ser sustituida por una que permita llevar mayor voltaje hasta las casas (de forma que puedan tener aparatos de carga rápida para los automóviles eléctricos). El costo es estratosférico y las compañías que dan el servicio no cuentan con el capital excedente ni con los incentivos para afrontarlo.
Además, todo esto representa una revolución en la extracción y procesamiento de los recursos minerales. Ya es patente el declive de las comunidades donde había grandes yacimientos carboníferos y lo mismo sucederá en las zonas petrolíferas.
Estamos enterados de que las baterías de los autos eléctricos requieren grandes cantidades de litio, pero pocos saben que ese tipo de vehículos incluye cinco veces más minerales que uno de combustión interna (principalmente: níquel, cobre, manganeso, grafito, cobalto).
Las líneas de transmisión necesitan miles de toneladas de cobre y los paneles solares y las turbinas eólicas dependen de la disponibilidad de grandes cantidades de cobre y zinc, además de silicio, manganeso, cromo y níquel.
La extracción y refinación de esos minerales requiere, a su vez, mucha electricidad. Conlleva contaminación de tierras, aguas y aire, por lo que los habitantes de comunidades cercanas se oponen a su expansión.
Algunos no están disponibles en las cantidades necesarias en el territorio de Estados Unidos. Hay que importarlos de lugares lejanos a costos altos.
Los retos son enormes.
Técnicamente es difícil pronosticar los niveles de consumo y las posibilidades de generación de los diferentes tipos de energía. Va a haber muchos desarrollos tecnológicos frustrados y otros que supondrán mucha cooperación internacional.
Económicamente, hay que hacer cuantiosas inversiones multianuales con rendimientos inciertos. Las compañías petroleras ya se han diversificado para sobrevivir. Nuevas empresas innovadoras tienen que surgir.
Políticamente, hay que renovar el marco regulatorio y armar coaliciones para que la inversión pública sea creciente, sostenible y útil.