Cuando Richard Nixon se convierte en presidente, la Guerra Fría estaba en su apogeo. La Unión Soviética tenía una política expansionista en diversas partes del mundo. Los americanos estaban empantanados en Vietnam y parecía que fatalmente acabarían enfrentados con China.
Las protestas pacifistas crecían en toda la nación. Miles de muchachos se resistían a ser reclutados en la milicia y la población no entendía por qué tenía que mandar a sus hijos a morir en un país tan lejano.
Lyndon Johnson, que había intensificado inútilmente la guerra, no pudo reelegirse y muchos suponían que Nixon, un acérrimo anticomunista, le daría carta libre a los halcones que no veían más que soluciones bélicas.
Por eso sorprendió que seleccionara a Henry Kissinger (que este sábado cumple 100 años) como su asesor de seguridad nacional. Era un académico brillante que poco a poco se fue acercando a las áreas de planeación política del gobierno.
A pesar de que había sido el principal impulsor de la candidatura a la Presidencia de Nelson Rockefeller, su competidor, Nixon intuyó que se requería una política exterior menos ideologizada, como la que ese profesor de Harvard proponía en varios libros.
Bajo premisas diferentes a las que prevalecían en Washington, Kissinger llamaba al realismo. Más que ilusiones hegemónicas, se debían buscar equilibrios de poder; más que soluciones ideales, había que enfocarse a lo posible. Las intervenciones militares eran aventuras inciertas con costos inesperados.
Otra perspectiva
Desde el principio, Kissinger convenció a su jefe de que había que saltarse a la burocracia diplomática, que tenía demasiados intereses creados como para permitir aproximaciones diferentes. Tan le funcionó, que Nixon acabó nombrándolo simultáneamente secretario de Estado.
Kissinger llevó la relación con Moscú bajo dos conceptos: détente y linkage.
El primero significa relajamiento de tensiones. La carrera armamentista entre Estados Unidos y la URSS era demencial: cada vez tenían más armas nucleares y cada vez se sentían menos seguros; iban derechito a una destrucción mutua asegurada. Además, los soviéticos estaban a punto de superar a los americanos en número y potencia de misiles.
En reuniones informales con la nomenklatura, el enviado de Nixon descubrió que en el Kremlin estaban igual de aterrados y también querían salir de esa locura. El esfuerzo militar tenía a su economía sobrecalentada y dejaba pocos recursos para atender problemas sociales y regionales que se estaban volviendo explosivos.
El doctor Kissinger emprendió un esfuerzo sistemático de distensión. Convenció a sus contrapartes de que Estados Unidos no actuaría unilateralmente. Las posiciones de cada uno se fueron clarificando y se empezaron a hacer pequeños compromisos. Se avanzaba, pero con lentitud.
Entró entonces en escena el linkage: hacer concesiones en temas que le interesaban a los soviéticos. El comercio con Europa y Estados Unidos estaba restringido por el desacuerdo sobre el estatus de los berlineses. Kissinger convenció a los aliados y a los congresistas en casa de que se reconociera a Berlín como parte de Alemania Federal.
Después de casi tres años de negociaciones se firmó el Tratado de Limitación de Armas Estratégicas (Salt I) y el mundo pudo respirar tranquilamente.
Al mismo tiempo, también mediante reuniones secretas, Kissinger buscaba la normalización de las relaciones con China, deterioradas desde 23 años atrás, por la guerra de Corea.
Con la metodología que había probado ser eficaz, fue reduciendo la sospecha mutua y descubrió que Pekín temía cada vez más a Moscú. Había tensión en la frontera con Siberia y, después de la invasión de Checoslovaquia, creían capaz de todo a Brezhnev.
Estados Unidos aceptó que Taiwán es parte de China a cambio de que ellos redujeran su apoyo a Vietnam del Norte y juntos evitaran el expansionismo soviético en Asia.
Eso abrió la oportunidad para pactar la terminación de la guerra en Vietnam. Ni los del norte ni los del sur aceptaban algo que no fuera una victoria militar. Sin embargo, haciéndoles ver sus opciones con realismo. Kissinger logró que firmaran los acuerdos de París.
Yendo y viniendo entre Cairo y Tel Aviv, consiguió también que se firmaran los acuerdos de Sinaí, que pusieron fin a la guerra de Yom Kippur y evitaron que creciera la influencia soviética en el Medio Oriente.
Kissinger ha escrito detalladas memorias de esos acontecimientos. Reconoce no haber previsto todas las consecuencias de lo que hizo e, incluso, haberse equivocado en muchas cosas. Lo importante es que trató de darle otra racionalidad al enfrentamiento entre potencias.