Como la diplomacia o la guerra, las sanciones son un instrumento de política exterior. Son útiles para presionar a un país cuando viola las normas del derecho internacional, pero también pueden ser un modo nada sutil de intervencionismo.
Hay una gran variedad de formas. Las más utilizadas son las políticas (suspender o romper relaciones diplomáticas, expulsar de un organismo internacional), las militares (embargar armamento) y, sobre todo, las económicas (restricciones al comercio o la inversión).
Han sido iniciativa de un país, de un grupo de países o de organismos internacionales. Se dirigen a toda la economía de una nación o hacia sectores, empresas o individuos específicos.
Se han orientado a un amplio rango de finalidades: resolver disputas territoriales, prevenir o terminar conflictos bélicos, combatir el terrorismo, restaurar o promover la democracia y los derechos humanos.
La coerción económica existe desde la antigüedad, pero se volvió muy común durante la Guerra Fría. Con el propósito explícito de frenar la expansión del comunismo, Estados Unidos unilateralmente impidió a China integrarse a la economía mundial e impuso restricciones comerciales a los países del este de Europa y a Cuba.
En 1977 el Congreso aprobó la Ley de Poderes Económicos de Emergencia, que le dio al presidente amplias facultades para penalizar a otras naciones.
Tras el colapso de la Unión Soviética, se moderó el impulso castigador de los americanos y tuvieron que coordinarse con Europa y con la ONU. Su objetivo principal fue la defensa de la democracia y los derechos humanos y se privilegiaron las medidas financieras.
Luego de los ataques del 19 de septiembre de 2001, la intención fue erradicar a los grupos terroristas y, dados los avances tecnológicos que permiten dar un seguimiento puntual de las transacciones financieras, las penas se enfocaron a individuos y corporaciones concretos.
También se amplió la jurisdicción hacia cualquier entidad que haga negocios en dólares o efectúe pagos a través del sistema financiero estadounidense. Con esto se volvió muy complicada la supervisión y se afectó a terceros inocentes.
En la última década, en la medida en que Estados Unidos ve cuestionado su predominio económico, ha recurrido cada vez más a estas soluciones, a pesar de sus rendimientos decrecientes.
NO FUNCIONAN
Si su efectividad se mide por su impacto en el aparato productivo del Estado al que se aplican, casi siempre el daño es mayúsculo. Se distorsionan el comercio y las finanzas, se frena el crecimiento y se empobrece a la población.
Desde luego, la nación castigada puede proteger a sus agentes económicos y redirigir sus flujos de comercio e inversión. En última instancia, ejercer represalias que eleven los costos del otro.
En cambio, si se evalúan de acuerdo con su objetivo declarado u oculto, rara vez son exitosos.
Cuando los griegos prohibieron el comercio con Megara y no les dieron acceso a los puertos atenienses, provocaron la guerra del Peloponeso. Gran Bretaña y Francia no apoyaron las limitaciones que la Liga de las Naciones fijó a Italia por invadir Abisinia. Las restricciones comerciales a Japón no lo disuadieron de conquistar el este de Asia ni de atacar Pearl Harbor.
Poco o nada han mejorado la democracia y los derechos humanos en Corea del Norte, Afganistán, Myanmar, Irán, Siria, Venezuela, Cuba o Nicaragua. Está por verse si los controles a las importaciones y exportaciones de China sirven para algo.
Las sanciones que en 2014 impuso Barack Obama a Rusia por anexarse la península de Crimea no surtieron efecto. Tampoco las que aplicó Donald Trump a compañías constructoras para evitar que se concluyeran los oleoductos Nord Stream 2 y TurkStream (y la venta de gas ruso a Europa).
Tras la invasión a Ucrania, Joe Biden decretó medidas punitivas sustanciales a Rusia y logró que las respaldaran la Unión Europea, Gran Bretaña, Suiza y otros países.
Ha pasado un año y la guerra se intensifica. El rublo sigue estando fuerte, China e India compran el petróleo ruso que antes iba a Europa. La escasez de combustibles disparó la inflación en Europa.
Las sanciones no sirvieron y, en cambio, tuvieron efectos complejos e indeseables: los países occidentales se apartan del multilateralismo; la Organización Mundial de Comercio se vuelve inoperante; China, India y Rusia se desacoplan del sistema financiero internacional dominado por el dólar. Salió peor el remedio que la enfermedad.