El concepto de soberanía, como atributo central del Estado, se consagra en el tratado de Westfalia (1648). Agotadas por la Guerra de Treinta Años en Alemania y la Guerra de Ochenta Años entre España y los Países Bajos, las potencias europeas aceptan crear un nuevo orden internacional para poder vivir en paz.
Establecen la integridad territorial como base de las soberanías nacionales y, en consecuencia, reprueban la injerencia de otros Estados en los asuntos internos. Disponen la igualdad entre los Estados, independientemente del tamaño de su superficie, su población o su fuerza militar. Nace así el derecho internacional.
En el Congreso de Viena (1815) se perfecciona el sistema de tratados, que permite a los Estados relacionarse positivamente.
Desde entonces se reconoce a los Estados-nación el privilegio de sostener y ejercer legítimamente autoridad completa y final sobre una jurisdicción territorial (incluyendo aguas y espacio aéreo adyacentes) y sobre la población ahí asentada.
Obviamente, una cosa es la teoría (el derecho de los Estados a autodeterminarse) y otra la práctica (la capacidad que tengan para hacerlo). Sin embargo, la noción de soberanía ha sido un freno para evitar el abuso de los poderosos.
Convencidos de que el aislamiento limita las posibilidades de desarrollo, los países fueron intensificando sus intercambios económicos y se hicieron interdependientes. Los tratados bilaterales resultaron insuficientes para regular el tráfico transfronterizo de mercancías y servicios. Se crearon organismos internacionales para establecer convenciones generales. Se cedió algo de soberanía, pero se alinearon intereses comunes.
En las últimas décadas estos arreglos dejaron de ser funcionales porque las empresas se han desnacionalizado. Han migrado a jurisdicciones en las que tienen menos carga impositiva y regulatoria, así como mejor acceso a insumos y a mano de obra barata. Cada etapa del proceso productivo la concretan donde más ventajas tienen. Las cadenas de suministro y distribución se volvieron globales y se ampliaron significativamente los mercados. Se pierde soberanía no frente a otros Estados, sino ante corporaciones.
El crecimiento de la inversión y el comercio ha impulsado la economía mundial, pero no ha resultado equitativamente provechoso. Los poderosos del norte influyen decisivamente en las economías del sur y éstas apenas pueden quejarse en los foros internacionales. Vuelve el nacionalismo económico cuando hay aún menos posibilidades de autarquía.
ELLOS SOLITOS
En ese marco hay que entender la actual relación de México con Estados Unidos. Durante dos siglos, la Unión Americana ha privilegiado su mercado interno y ha protegido su agricultura y su industria. Lo ha podido lograr por la riqueza natural que detenta y porque sus competidores decayeron (como el Imperio británico) o quedaron destruidos por las guerras (como Japón o Alemania).
Eso cambió en los 70 del siglo pasado. Japón y Alemania primero, y luego China, resurgieron como potencias económicas y empezaron a superar a los americanos en innovación, calidad y precio.
Para no perder mercados las empresas estadounidenses trasladaron la manufactura a otros países, provocando desempleo y la decadencia de cientos de comunidades.
La reacción nacionalista llevó a la Casa Blanca a Donald Trump. Para “hacer a América grande de nuevo” redujo impuestos para promover el regreso de la producción a su territorio, se esforzó para no depender del petróleo extranjero, impuso sanciones económicas a China y echó para atrás o revisó los tratados comerciales.
En términos generales Joe Biden ha seguido las mismas líneas, pero le ha añadido una política industrial. Pretende renovar la infraestructura, combatir el cambio climático y volver a poner a su nación en la vanguardia tecnológica.
En la cumbre que estos días, Biden está invitando a Canadá y a México a incorporarse a ese proyecto. Es indudable que nos conviene participar, pero esta mayor integración, que resultará en menor soberanía en muchos aspectos, requiere garantías de que los beneficios se concreten y seguros que cubran los posibles riesgos.
La mayor interdependencia puede ser mutuamente benéfica si hay reglas y confianza en que se respeten. Esto es especialmente relevante en materia de energía y alimentos.
Exige, además, que diversifiquemos nuestras relaciones económicas. Canadá ha logrado intensificar su comercio tanto con Europa como con Asia-Pacífico. No podemos ignorar mercados que van a seguir en expansión.
El concepto de soberanía se transforma, pero no debe perderse. Concierne, sobre todo, a la visión de Estado: actuar pensando en el largo plazo y no en las próximas elecciones.