Repensar

No quiero trono ni reina

La libertad depende, finalmente, del cuidado que los ciudadanos pongan para elegir y vigilar a sus gobernantes, dice Alejandro Gil Recasens.

Cuando se habla de los “padres fundadores” de la Unión Americana, muchos los imaginan ancianos y muy unidos. En realidad, Benjamin Franklin tenía 70 años; los demás no llegaban a los 40. Y costó mucho que hicieran acuerdos, porque tenían ideas encontradas y caracteres difíciles.

Estaban muy influidos por los filósofos europeos que desde el siglo anterior debatían sobre la mejor forma de gobernar a una nación. Habían leído a Thomas Hobbes (El leviatán), quien exaltaba el orden que sólo podían imponer monarcas poderosos; a John Locke (Dos tratados sobre gobierno), quien advertía que el poder del rey debía ser limitado por el parlamento para salvaguardar los derechos individuales; a Charles Montesquieu (El espíritu de las leyes), quien postulaba que sólo la separación y el equilibrio de poderes podía evitar el despotismo; y a Jean Jacques Rousseau (El contrato social), quien señalaba que la soberanía debería estar en el pueblo y no en el rey.

Tenían un gran interés por las repúblicas antiguas (Atenas, Esparta, Tebas, Roma) y les fascinaba leer a Cicerón, Virgilio, Salustio, Tácito y Catón. Habían estudiado a detalle a las repúblicas europeas (los cantones suizos, las provincias holandesas y las ciudades-Estado italianas) y les intrigaba mucho el desastroso experimento de republicanismo en Inglaterra el siglo anterior.

No querían un sistema como el de las monarquías europeas, que se enfrascaban en guerras absurdas, mientras las poblaciones quedaban sumidas en la pobreza y se rebelaban. Habían defraudado su promesa de orden y paz. Pero no estaba claro que una república fuera mejor idea.

Aunque la revolución estalló por los impuestos abusivos que impusieron los parlamentarios británicos y por la corrupción, el nepotismo y el estilo de vida de lujos y excesos de Jorge III, querían ensayar una monarquía constitucional con rasgos republicanos, como la inglesa.

Habían observado que, como consecuencia de sus enfrentamientos con el parlamento, Carlos I terminó decapitado y Jaime II destituido. Por eso pensaban que una Casa de Representantes, calca de la Casa de los Comunes, debía ser completamente independiente del presidente y sentían necesario ponerle frenos y contrapesos tanto al Ejecutivo como al Legislativo.

Al final, la convención de Filadelfia estableció como principios fundantes: la libertad, los derechos individuales y la igualdad ante la ley. Rechazó el poder heredado y la aristocracia y declaró a la soberanía popular como fuente de toda autoridad. De ahí, las primeras palabras de la Constitución: “We, the people…”

Sin embargo, en ese tiempo llamar a alguien “demócrata” era un insulto. Todos temían la tiranía de las mayorías. Por ello se dio primacía al colegio electoral sobre el voto popular, no había elección directa de los senadores, no se aceptó la democracia directa hasta inicios del siglo pasado y el derecho al voto sólo se concedió a los propietarios varones. El sufragio se universalizó realmente hasta hace medio siglo.

FRÁGIL REPÚBLICA

Inicialmente, Benjamin Franklin, John Adams y Alexander Hamilton proponían el establecimiento de una monarquía. Ante el fracaso de la primera constitución (Los artículos de la Confederación de 1781), Nathaniel Gorham, presidente del Congreso Constituyente, a nombre del gobierno ofreció la corona de la nueva nación al príncipe Enrique. El hermano menor del rey de Prusia, Federico el Grande, quien gozaba de gran prestigio como comandante, buen administrador y amante de las artes, no aceptó.

George Washington tampoco admitió el título de rey, pero Adams siempre se dirigió a él como “su majestad” y Hamilton luchó porque su presidencia fuera vitalicia. Con buen sentido, Washington sólo admitió ser reelegido una vez, pero montado en su gran popularidad, intentó influir en los gobiernos posteriores, por lo cual acabó enemistado con Adams y Jefferson.

Ellos criticaban la idolatría que permitía el hombre que había encabezado la lucha militar y la convención constitucional. Por todos lados aparecían calles con su nombre y hasta la capital fue llamada así. En el domo de la rotonda del Capitolio quedó la pintura La apoteosis de Washington (de Constantino Brumidi), donde aparece el prócer rodeado de dioses romanos. En el Museo Smithsoniano, ahí cerca, hay una escultura de él como Zeus.

Después de firmar la Constitución, le preguntaron a Franklin si habían creado una monarquía o una república. “Una república –respondió– si la pueden conservar”. La libertad depende, finalmente, del cuidado que los ciudadanos pongan para elegir y vigilar a sus gobernantes.

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