Desde que se popularizaron los periódicos, en la Unión Americana hubo una lucha por ganar lectores y, en su caso, quitárselos a la competencia. En ese torneo se usaron muchas armas. La que tuvo más impacto fue el amarillismo. Durante décadas los diarios se acusaron mutuamente de falsarios y utilizaron el sensacionalismo y titulares escandalosos para llamar la atención de la gente. Cuando se les acabaron los calificativos (“terrible”, “terrorífico”, “trágico”) aumentaron el tipo de letra o lo pintaron de colores.
No fueron pocos los que pedían que el gobierno supervisara lo que se editaba, para proteger a la población de las mentiras o de los contenidos inconvenientes. A la larga, fueron los propios lectores los que se inclinaron por favorecer a los medios que los respetaban. Prevaleció la prensa que se preocupó por sólo dar informaciones verdaderas y por separar claramente las noticias de las opiniones.
Algo similar sucedió con la televisión: hoy los noticiarios preferidos son los que narran los hechos sin exageración o parcialidad.
En las grandes ciudades subsisten los tabloides, pero únicamente los compran los aficionados a los chismes. En la televisión por cable abundan los conductores alarmistas, pero sólo los siguen los aferrados a ideologías extremas, los negacionistas y los conspiranoicos.
Algo similar va a pasar con la cacofonía del internet y las redes sociales. En la medida en que el lector está más educado, más difícil es que caiga en la trampa de los productos milagro o de los comunicadores abusivos.
De la misma forma en que los medios tienen que aprender a actuar con profesionalismo por convicción, y no porque una ley los obligue a ello, las audiencias tienen que enseñarse a consumir contenidos sin la intervención paternalista de defensores interesados, que supuestamente los van a salvar de los medios perversos.
AUDIENCIAS EDUCADAS
Cada medio tiene su propio lenguaje y tenemos que saber decodificarlo.
En los periódicos es muy claro que el editorial institucional refleja el punto de vista de los editores, mientras que las columnas habituales son escritas por colaboradores que hablan por sí mismos y tienen latitud para expresar opiniones contrarias o coincidentes. Cuando se etiqueta un artículo como “Op Ed”, se trata de un texto de alguien ajeno al diario que responde a un editorial o columna previamente publicada.
En la televisión, si aparece la leyenda “Noticia en proceso” (“Breaking news”) se entiende que el que la transmite puede equivocarse en los datos (número de heridos) porque no ha habido tiempo de verificarlos.
El lector tiene que hacer una debida diligencia de los contenidos que se le presentan. Tan malo es ser crédulo en todo como no creer nada. Se vale ser escéptico, porque hasta el mejor comunicador comete errores, pero hay que valorar a quienes se esfuerzan por darnos informaciones con objetividad e imparcialidad y a los que emiten opiniones fundadas en la realidad y formuladas con lógica.
Para poder ejercer un juicio crítico no se debe depender de una sola fuente de noticias o comentarios. No ver siempre desde la misma ventana. Se tiene que observar la realidad desde varios puntos de vista y contrastarlos. Cuanto más importante consideremos a un tópico, más esencial es seguirlo por distintos enfoques. Nuestras preguntas tienen más de una respuesta.
Hay que romper la burbuja de la pereza intelectual, salir de nuestra zona de confort, abrir la mente, explorar temas novedosos, descubrir nuevas ideas. Buscar a quienes nos ofrecen perspectivas diferentes, a quienes retan nuestras propias suposiciones más que a los que simplemente las refuerzan.
Si sólo buscamos las opiniones con las que probablemente estaremos de acuerdo, nos metemos en una aburrida cámara de eco. Esto es especialmente importante en las redes sociales. Los resultados de nuestras búsquedas son seleccionados por un algoritmo con base en nuestra huella digital, es decir, a partir de nuestras visitas anteriores.
En la medida en que aumentemos nuestra capacidad de discernimiento nos informaremos mejor. Sabremos distinguir lo que es propaganda o información tendenciosa o descuidada de lo que es periodismo bien hecho, responsable. Tendremos un concepto correcto de lo que es relevante y un entendimiento profundo de las causas y consecuencias de los acontecimientos. Podremos ser buenos ciudadanos.
La solución no es censurar los contenidos malos, sino acostumbrar a las audiencias a seleccionar lo que leen o escuchan de acuerdo con criterios de calidad periodística.