Repensar

‘Offshore’ (secreto)

Lo que entonces denominaban comercio intraindustrial o producción compartida, y ahora se conoce como offshore, estaba limitado.

En 1978 un amable colega, investigador de la Universidad de California en Berkeley, me envió fotocopia de un artículo de Joseph Grunwald, titulado Comercio intraindustrial norte-sur. Al poco tiempo yo le correspondí con el artículo El ascenso de la producción compartida de Peter S. Drucker (aparecido en el Wall Street Journal). A ambos nos interesaba el tema de las empresas trasnacionales y nos intercambiábamos materiales.

En 1981 me telefoneó para decirme que me enviaría algo muy interesante, pero me pedía que no lo compartiera con nadie. A los pocos días recibí un paquete que contenía un microfilm. Era un documento llamado A new look at offshore assembly: the internationalitation of the industry. Había sido elaborado por el Departamento de Estado y tenía en la portada, con letras rojas, la palabra Classified. Aunque no se me hizo muy confidencial, lo guardé bajo llave.

Recientemente lo volví a leer y me parece un texto visionario, útil para entender lo que está pasando.

Los autores cuentan cómo las inversiones americanas permitieron la reconstrucción de Europa y de Japón y cómo ellos aprovecharon la tecnología que les transfirieron para convertirse en sus competidores. Al fabricar los mismos productos con calidad similar, la única forma de sobresalir era reduciendo costos. Los alemanes lo habían conseguido llevando la producción a los países de Europa del este y del norte de África, en tanto que los japoneses habían trasladado sus plantas a Corea del Sur, Taiwán y otras naciones del sudeste de Asia.

Los europeos tenían dificultad para hacerlo porque mucha de la industria pesada era estatal y tenían sindicatos muy fuertes, que se oponían a la exportación de empleos. Además, por su régimen arancelario, comerciaban preferentemente dentro de la Comunidad Europea.

En cambio, el gobierno nipón fomentaba métodos fabriles de alta productividad y respaldaba fuertemente las exportaciones. Había establecido zonas libres, beneficios fiscales y facilidades aduaneras. Construía puertos y grandes barcos de contenedores. Estaba inundando a Estados Unidos de televisores y automóviles de mejor factura y más baratos que los locales.

¿Qué hacer?

Para enfrentar la situación, no podían ampararse en el proteccionismo. En un mundo crecientemente interdependiente, requerían exportar para poder financiar sus necesidades de importaciones. Como resultado de negociaciones multilaterales (rondas Kennedy y Tokio, en el marco del GATT) los niveles de tarifas se habían reducido y los costos del transporte y las comunicaciones estaban declinando.

Con la economía estancada, su stock de capital haciéndose obsoleto y los precios del petróleo altísimos, tampoco disponían de recursos para automatizar o para invertir fuertemente en tecnología, generar incrementos en la productividad y poder así mantener altos los salarios de los trabajadores y los rendimientos de los accionistas.

Lo que quedaba era imitar a sus rivales: relocalizar la manufactura en regiones con abundante mano de obra barata. Un arreglo que permitiera complementar los factores productivos, en la que cada parte se encarga de la etapa del proceso que le da más valor agregado, a todos convenía.

Los países en desarrollo dejarían de ser monoexportadores de bienes primarios, obtendrían empleos, tecnología para promover su industrialización, oportunidades para pequeños negocios y una balanza de pagos más equilibrada, que les permitiría comprar bienes de capital. Se reconocía que también habría impactos sociales y se crearía cierta dependencia de sus mercados de exportación. Se admitía, igualmente, que en Estados Unidos habría desplazamiento de trabajadores y fricción con los sindicatos. Se proponía un programa de reentrenamiento y reubicación (que a la fecha no se ha impulsado con decisión).

Lo que entonces denominaban comercio intraindustrial o producción compartida, y ahora se conoce como offshore, estaba limitado, en principio, a mercancías que se producen con maquinaria poco sofisticada, en operaciones secuenciales, simples y rutinarias, que pueden separarse físicamente en tiempo y espacio sin afectar su calidad. Además, deben ser de reducido peso y volumen, para poder transportarse a bajo costo.

Indicaba que, en lo inmediato, se podía transferir a países latinoamericanos la producción de bienes sencillos, como ropa, calzado, juguetes y artículos simples de cerámica y metal. Más adelante, televisiones, calculadoras, relojes, semiconductores, automóviles y autopartes.

No dejaba de alertar sobre el atraso educativo respecto a Japón (que se acentuó), el peligro de regalar su tecnología y acabar siendo consumidor neto (que favoreció a China) y el error de no diversificar sus cadenas de suministro en consideración de las veleidades geopolíticas (que los tiene locos).

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