Repensar

Cre-di-bi-li-dad

Afortunadamente eso cambió a fines de los 60, cuando se empezó a hacer un periodismo riguroso y preciso, imparcial y de servicio público, comenta Alejandro Gil Recasens.

Después de su independencia y durante un siglo, la prensa en la Unión Americana fue partidista. Aunque había quienes trataban de ser objetivos, los periódicos se fundaban y servían para atacar a los oponentes. Como muy pocos sabían leer y podían comprarlos, eran, además, elitistas.

Para fines del siglo 19 las cosas empezaron a cambiar porque aumentó la población alfabetizada y se abarataron el papel y los sistemas de impresión. Con la prensa rotativa y el fotograbado se posibilitaba hacer grandes tirajes y con la fotografía se aumentaba el atractivo. Además, la inserción de publicidad permitió que se pudiera adquirirlos por un penny ($0.01).

Pero lo decisivo fue que la gente quería otra cosa. La industrialización desató la urbanización y la migración. Las ciudades se llenaron de pobres. Los que tenían un empleo trabajaban seis días a la semana, en jornadas extenuantes y condiciones peligrosas. Recibían salarios ridículos y eran despedidos sin justificación. En contraste, los ricos presumían de sus viajes a Europa y de sus grandes mansiones, llenas de sirvientes. Los monopolios manipulaban los precios y los bancos se quedaban con las tierras de los pequeños agricultores arruinados.

Surgió entonces la revista McClure, que publicó grandes reportajes denunciando la corrupción de los líderes sindicales y las prácticas rapaces de los monopolios del ferrocarril y del petróleo. Lo singular fue que esos artículos se construyeron con información verificable. Sin inclinarse hacia ninguna de las partes, le dejaban las conclusiones al lector. Estaban, además, escritos con una narrativa fina y cautivante, que captaba a miles de lectores.

Fue tanta la influencia de la revista en la opinión pública que el gobierno federal acabó rompiendo el monopolio de la Standard Oil, del poderosísimo John D. Rockefeller.

Surgieron cientos de imitadores y como el diarismo se volvió un negocio rentable, se conoce a esa época como la edad de oro del periodismo estadounidense.

Lamentablemente, la intensa competencia los hizo caer en el sensacionalismo: titulares grandotes y alarmistas, fotografías trucadas, caricaturas vulgares. Lo peor fue que reporteros inescrupulosos, sin fuentes confiables y datos ciertos, o a partir de rumores, fabricaban noticias. O de plano, aceptaban sobornos de las nuevas oficinas de relaciones públicas, para hablar bien de unos y denostar a otros.

Fueron célebres las batallas entre los magnates de las cadenas de periódicos. Lo que ayer afirmaba sin base el New York Journal de William Randolph Hearst (que inspiró a Orson Welles para filmar “El ciudadano Kane”), hoy lo descalificaba el New York World de Joseph Pulitzer y los lectores no sabían a cuál creerle.

Al final de su vida, Pulitzer se arrepintió y dejó un legado para que la Universidad Columbia creara una escuela profesional de periodismo y otorgara premios a los reporteros que supieran ser perros guardianes (watch dogs) del interés público.

En “The power of the press”, película muda de Frank Capra, protagonizada por Douglas Fairbanks Jr., un reportero novato muy ambicioso ve a la hija de un político salir de la casa de un fiscal de distrito asesinado. Al día siguiente publica una nota con el encabezado “Hija de candidato involucrada en homicidio”. Pronto se da cuenta de que su especulación estaba errada y se retracta. Trabaja para restaurar la reputación de la mujer y (final feliz hollywoodense) encuentra al culpable.

Para los años 20 del siglo pasado, los periódicos habían perdido su credibilidad. El editor Walter Lippmann (exactamente hace un siglo) publicó su libro Opinión pública, un clásico en el que hace dura crítica al periodismo irresponsable, que renuncia a su papel de “cuarto poder”, de freno y contrapeso al gobierno.

En las dos guerras mundiales, los reporteros que fueron al frente se convirtieron en propagandistas de las posiciones de la milicia y aceptaron “patrióticamente” la censura de lo que no les convenía. Lo malo fue que se les quedó la costumbre y se hizo normal la práctica de un periodismo estenográfico, que sólo recogía lo que declaraban los funcionarios y renunciaba al escrutinio de su desempeño.

Afortunadamente eso cambió a fines de los 60, cuando se empezó a hacer un periodismo riguroso y preciso, imparcial y de servicio público. El término “levantamierda” (muckraker) con el que el presidente Theodore Roosevelt calificaba a los periodistas, es hoy un distintivo de los reporteros que no temen a los insultos, insidias y amenazas de los poderosos.

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