Repensar

Impulso bélico

El impulso que la investigación estadounidense recibió en esa etapa fue determinante para poner al país al frente del desarrollo tecnológico en las siguientes décadas, dice Alejandro Gil Recasens.

Tras la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos desactivó gran parte de sus Fuerzas Armadas y no se preocupó por actualizar sus pertrechos. En 1940, cuando se hizo evidente que tendría que entrar al conflicto bélico que desde el año anterior había empezado en Europa, un grupo de científicos se reunió con el presidente Franklin Roosevelt para advertirle que el país mostraba un retraso tecnológico y era vulnerable frente al moderno arsenal de los alemanes. Era una preocupación que los militares ya le habían transmitido.

En esa época, la industria patrocinaba algunos estudios, pero el grueso de la investigación académica de frontera se sostenía con los donativos de las fundaciones (Rockefeller y Carnegie, destacadamente). No se veía bien que el gobierno se quisiera entrometer, más allá del mejoramiento de las técnicas agrícolas.

Con trabajos, Roosevelt logró convencer al Congreso para crear la Oficina de Investigación Científica y Desarrollo (OSRD, por sus siglas en inglés). Al frente puso a Vannevar Bush, exdirector de la escuela de ingeniería del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Con mucho sentido común, Bush fue resolviendo, uno a uno, los problemas que se le presentaron:

¿Qué apoyar? Cuando el Pentágono pedía soluciones específicas (fotografía aérea de alta resolución, lentes de visión nocturna) se definía si era un problema de investigación (no se sabe mucho del tema) o de producción; si había que hacer varias investigaciones en paralelo (por la alta incertidumbre) o se podía resolver con una sola; si había que concentrar todo en un solo equipo (por la complejidad) o se podía dividir el trabajo en muchos. Sin burocracia, minimizando los costos de transacción, comités ad hoc fijaban prioridades, revisaban las propuestas y planes de acción, anticipaban costos y duración, aprobaban o cancelaban.

¿A quién apoyar? Las empresas y las universidades no querían que las desmantelaran como en la contienda anterior. Por ello se trabajó con su planta de personal y en sus instalaciones habituales. Se seleccionó a los que tuvieran la capacidad de dar resultados sobresalientes en los proyectos de mayor viabilidad. Esto concentró mucho la actividad en los lugares donde ya había aglomeración de científicos (Massachusetts, Nueva York, Illinois, California). La producción sí se distribuyó en todo el territorio.

¿Cómo involucrarlos? Habiendo 10 millones en filas, todos tenían algún pariente en el frente y estaban motivados por el patriotismo. Los líderes de proyecto fueron casi todos voluntarios. Sin embargo, no se podía pedir a las empresas o a los centros de investigación, que iban a ceder su know how y a poner en segundo plano sus actividades ordinarias, que lo hicieran gratuitamente y que además compartieran licencias con sus competidores. Por eso, se hicieron contratos flexibles, que incluían márgenes amplios para costos indirectos y dejaban a salvo los derechos de propiedad intelectual de los participantes. Sólo para propósitos de seguridad nacional, el gobierno podía hacer uso de los inventos sin pagar regalías.

¿Cómo coordinarlos? Cuidando la seguridad, continuamente se circulaban reportes de avance para que todos estuvieran al tanto y actuaran en sintonía. Se designaron enlaces con los aliados, con las agencias gubernamentales y con la industria militar. No había excesiva supervisión ni se exigían entregables; era fácil modificar los contratos de ser necesario o extenderlos si había progreso.

¿Cómo hacerlo muy rápido? Se planeaba muy meticulosamente para que no hubiera retrasos. En lo que se investigaba se empezaba a desarrollar la ingeniería. Al mismo tiempo se hacían prototipos y se preparaba la manufactura masiva. Empezando la producción ya se entrenaba a los que instalarían y darían mantenimiento. Los científicos tenían en mente todo el tiempo al usuario final e incluso iban al campo de batalla a recabar información de primera mano. Para las pruebas médicas se uso a miles de prisioneros, algo que ahora no se consideraría correcto.

BALANCE

Se firmaron 2 mil 200 contratos, por valor de cerca de 8 mil millones de dólares (actuales). El 62% de ese dinero se fue a instituciones de educación superior (MIT, CalTech, Harvard, Columbia, Berkeley, John Hopkins, George Washington, Chicago, Princeton y Pennsylvania). Apenas 13% se destinó a empresas (Western Electric, General Electric, RCA, Dupont, Monsanto, Eastman Kodak, Zenith Radio, Westinghouse, Remington Rand y Sylvania Electric).

El impulso que la investigación estadounidense recibió en esa etapa, y la conciencia pública de que “la ciencia ganó la guerra”, fueron determinantes para poner al país al frente del desarrollo tecnológico en las siguientes décadas.

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