En el siglo 19 las potencias europeas no dejaron de pelearse entre sí, pero salvo raras excepciones, no llevaron la belicosidad al ámbito económico. Respetaban los acuerdos comerciales, se inhibían de decomisar propiedad privada y no dejaban de cubrir los abonos de sus deudas. Todo ello, sabiendo que sus enemigos podrían usar esos pagos para comprar fusiles y cañones. La experiencia les había enseñado que afectar las finanzas y el comercio era contraproducente, alargaba los conflictos y la posterior recuperación.
No obstante, en los albores de la Primera Guerra Mundial, en el almirantazgo británico privó la idea de que, para enfrentar al Imperio alemán, había que explotar sus vulnerabilidades económicas. Sus finanzas se jugaban en gran medida en la City londinense y su industria dependía de los minerales (como el manganeso) provenientes de sus colonias. Pensaban que mediante un bloqueo marítimo sacarían a Alemania de la economía mundial y la dejarían sin recursos para combatir. Serían vencidos “sin derramar ni una sola gota de sangre”.
Como sabemos, no fue así. El bloqueo naval provocó una gran escasez de alimentos. Murieron de inanición un millón de personas en el centro de Europa y en el Imperio otomano. Eso sirvió de justificación para que el mariscal Hindenburg declarara la guerra submarina “indiscriminada”: en lugar de capturar a los cargueros enemigos, los hundían. Francia se quedó sin bencina. La guerra se extendió a teatros de operaciones lejanos, en el Mediterráneo y en el Pacífico. El hundimiento del transatlántico Lusitania precipitó la entrada de Estados Unidos a la guerra.
A pesar de ello, cuando se logró el armisticio y se empezó a formar la Liga de las Naciones, el “arma económica” se había legitimado. Sus defensores sostenían que, incluso, la sola amenaza de usarla era un disuasivo suficiente para frenar las agresiones. Por eso, en el artículo 16 del Tratado de Versalles se estableció la ruptura total de las relaciones económicas con los Estados que incumplieran sus cláusulas.
En un principio, el dispositivo jurídico pareció funcionar, al menos con países chicos. Advertidas del castigo, Yugoslavia no se fue contra Albania y Grecia desistió de su pugna con Bulgaria.
En cambio, no detuvo a las potencias grandes. Italia bombardeó Corfú e invadió Etiopia. Se prohibió comprarle o venderle y eso hizo que se acercara a Alemania y a Japón. Viendo esos resultados, Gran Bretaña y Francia ya no escalaron las medidas.
Las concesiones territoriales exageradas y las reparaciones de guerra desorbitadas impuestas a Alemania, pretendían dejarla sin posibilidad de financiar nuevas aventuras militares. En lugar de ello, crearon un gran resentimiento en su población. Para enfrentar futuras restricciones se volvieron autosuficientes. El temor a los bloqueos los llevó a invadir Polonia y a precipitar la Segunda Guerra Mundial.
Las sanciones económicas se han seguido usando para reprimir a Estados agresivos. Las más de las veces el desenlace ha sido frustrante. En Afganistán, no hace mucho, indujeron la hambruna y no impidieron el regreso de los talibanes. Tampoco han sido efectivas para detener la proliferación nuclear, los daños al medio ambiente o los abusos contra los derechos humanos.
EFECTOS ACOTADOS, RIESGOS ILIMITADOS
La coerción económica que Estados Unidos, la Unión Europea y otros países están ejerciendo sobre Rusia pudiera producir consecuencias contrarias a las que pretenden.
Por una parte, los flujos de capitales y mercancías son tan intrincados actualmente que cualquier disrupción afecta a todos. Ya lo vivimos con la alteración de las cadenas de suministro por la pandemia.
En 2018 se acordaron sanciones a Rusal, la firma dominante en la producción del aluminio ruso. Donald Trump las tuvo que levantar porque las más perjudicadas fueron las automotrices americanas y europeas. Y así hay muchos casos.
A pesar de que representa la cuarta parte de su economía, hasta ahora no le han dejado de comprar petróleo y gas a Rusia. Sigue recibiendo euros y dólares por ese concepto. Aun así, el barril Brent ya anda en 120 dólares; un galón de gasolina cuesta ocho dólares en California; el índice Dow Jones ha caído 500 puntos y los tanqueros y las aseguradoras ya están en crisis.
Lo más grave: en la medida en que el ostracismo financiero y comercial perjudique a la población rusa, hasta matarla de hambre, se convertirá en un riesgo existencial y en un argumento para intensificar las soluciones militares.