Como respuesta a la invasión a Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea han impuesto sanciones económicas a Rusia. Se ha prohibido que empresas occidentales exporten tecnología o realicen transacciones con el Banco Central ruso, cuyos activos en el extranjero fueron congelados. Algunos de sus bancos han sido eliminados de la plataforma internacional de comunicaciones financieras SWIFT. Se cerró el crédito a sus empresas y se prohibió a sus aerolíneas volar sobre casi toda Europa. Alemania retiró la certificación del gasoducto Nord-Stream 2. Además, se congelaron los activos que tiene la élite rusa en el extranjero y se le restringieron visas para viajar.
En teoría, todas esas medidas llevarán a la economía rusa a una recesión, que limitará significativamente su gasto militar y que, al afectar el nivel de vida de su población, presionará al gobierno a terminar con su aventura expansionista.
En la realidad, las cosas son más complicadas. El gobierno de Vladimir Putin sabía que todo eso iba a pasar y, aun así, decidió proceder con sus ambiciones geopolíticas. Ha tenido mucho tiempo para preparar su control de daños y, a su vez, puede ejercer costosas represalias que afectarían a la de por sí deteriorada economía mundial.
Cuenta con reservas de oro físico (por 132 mil millones de dólares) y es capaz de seguir haciendo transacciones financieras porque dispone de su propia red de comunicaciones interbancarias o, si fuera necesario, puede triangularlas a través de China o de otras naciones. Expulsarlos del SWIFT no los saca del mercado de capitales; sólo les dificulta el trabajo.
La inversión y el comercio entre Rusia y Occidente están tan integrados que es difícil aislar las consecuencias de cualquier acción. Casi en todos los casos, saldrán más perjudicadas las sustanciales inversiones occidentales en Rusia, que las menores de ellos en otros países. Dejar de venderles o limitar las importaciones de aquel país puede ser contraproducente.
Por ejemplo, toda la industria aeroespacial depende del titanio ruso (Boeing, 35 por ciento; Airbus, 65 por ciento; Embraer, 100 por ciento) para construir sus naves. Además, aunque no le vendan muchas a esa nación, su debilidad es tan grande que perder ese mercado los pondría en serios aprietos. Ya de por sí los han afectado las restricciones al comercio con China. Así lo ha manifestado Raytheon Technologies: “Si les dejamos de vender los motores Pratt & Whitney, ellos no podrán producir su jet comercial Irkut MC-21, pero nosotros no podremos alcanzar nuestro punto de equilibrio”. Limitar vuelos de unos u otros los afecta a todos.
Ni Estados Unidos ni la Unión Europea se han metido con las petroleras y gaseras rusas porque, con las presiones inflacionarias que tienen, cualquier alza de precios sería desastrosa. En contraste, Rusia podría suspenderles el suministro en cualquier momento, causándoles daños significativos. Europa depende en un 26 por ciento del crudo y en un 38 por ciento del gas ruso. Alemania anuló la certificación del gasoducto recién terminado Nord-Stream 2, pero siguen recibiendo gas por el Nord-Stream 1.
La amenaza de congelar las cuentas que tienen políticos o empresarios rusos en Mónaco, Londres o París, provocó que muchos repatriaran a tiempo sus caudales y, por otra parte, acabará perjudicando a otros, que se habían alejado de su lugar de origen por diferencias con el actual gobierno.
¡Uy, qué miedo!
Las (“severas”, “draconianas”, “catastróficas”) medidas económicas punitivas, si no se acompañan de una creíble advertencia de intervención militar, han mostrado su inutilidad desde hace mucho tiempo.
En 1979, los ayatolas tuvieron secuestrados durante meses a los diplomáticos de la embajada estadounidense en Teherán. Les impusieron un bloqueo financiero total y, sin embargo, siguieron vendiendo petróleo como si nada. Desde 2012, Irán está fuera del SWIFT y no parece preocuparles mucho. Tampoco surtieron efecto las sanciones para evitar que Turquía comprara a Rusia misiles interceptores S-400.
No lograron que el Kremlin cambiara luego de que envenenó al exoficial de inteligencia Sergei Skripal y a su hija (2004). Ni cuando torturó y asesinó al abogado Sergei Magnitski, denunciante de la corrupción en las altas esferas ((2009). Tampoco cuando derribó un avión de Malaysian sobre Ucrania. Y desde luego, no evitaron que anexara a Crimea en 2014.
Los americanos y los europeos podrán hacer mucho alarde de las sanciones aplicadas, pero lo cierto es que no han querido ejercer una presión militar efectiva para evitar que Putin se salga con la suya.