Repensar

¿Sobre ruedas?

Nuevas regulaciones (de seguridad, eficiencia energética y control de emisiones contaminantes) en la Unión Americana obligaron a reconvertir las plantas para producir autos más ligeros y pequeños, dice Alejandro Gil Recasens.

Desde el principio, la industria automotriz canadiense creció como satélite de la estadounidense. Bajo los auspicios de una sólida política proteccionista, surgieron muchas firmas locales, pero no prosperaron porque su reducido mercado no permitía financiar los altos costos de la manufactura masiva. Acabaron aliándose con Ford, GM y Chrysler para levantar pequeñas factorías en Windsor, del lado canadiense del río Detroit.

No hubieran crecido mucho de no ser por las exigencias de la Primera Guerra Mundial. Entre 1914 y 1918 pasaron de fabricar 18 mil a 80 mil vehículos, convirtiendo a su país en el segundo productor mundial. Además, como miembro de la Mancomunidad Británica, Canadá gozaba de un trato preferencial, por lo que exportaba casi la mitad de lo que salía de sus líneas de ensamble.

Esa era dorada se acabó con la Gran Depresión: en cuatro años su producción bajó de 263 mil a 61 mil unidades y sus exportaciones cayeron de 102 mil a 13 mil. Desesperado, el gobierno subió más los aranceles y prohibió la importación de vehículos usados. El consecuente encarecimiento se volvió un tema político.

Para acotar el diferencial de precios con Estados Unidos (que llegó a ser de 35%), en 1936 se firmó un acuerdo comercial. Ahí se establecía que el contenido canadiense fuera de cuando menos 60% del valor del vehículo. Eso aumentó significativamente la inversión en el sector de autopartes.

Entre 1939 y 1945 hubo una nueva expansión por la Segunda Guerra Mundial. Toda la producción civil cesó. Los británicos no hubieran podido reemplazar todo el equipo perdido en Dunkerque sin la contribución canadiense.

Salieron del conflicto bélico con gran capacidad productiva y una fuerza laboral muy calificada, pero se quedaron sin exportaciones porque los europeos no tenían divisas para comprar y establecieron fuertes barreras comerciales para desarrollar su propia industria.

Para colmo, mientras que Canadá experimentaba bajo crecimiento, desempleo y déficit en la cuenta corriente, Detroit se beneficiaba del baby boom y de la paz laboral de la posguerra. Además, Gran Bretaña les exportaba duty free y ofrecía mejores precios, por los salarios abatidos de allá.

EL PACTO

Poco a poco se fueron convenciendo de que sus problemas no se solucionarían con aranceles generalizados. Las tarifas eran contraproducentes: encarecían sus coches. Únicamente accediendo a nuevos mercados podrían obtener economías de escala, vender más y especializarse

Desde tiempo atrás Ford les había hecho ver las ventajas de integrarse con el mercado estadounidense y los sindicatos de los dos lados (UAW y UNIFOR) estaban dispuestos a liberalizar el comercio a cambio de mantener los niveles de empleo.

En 1965 se concretó el Auto Pact, en el que Estados Unidos aceptó salvaguardas transitorias para que las autopartes canadienses pudieran competir con las americanas. Rápidamente aumentaron la inversión, la producción, el empleo, la productividad y los sueldos. Nuevas plantas se abrieron en Ontario y en Quebec. En 10 años el valor del comercio del sector entre ambas naciones se multiplicó por ocho.

Nuevas regulaciones (de seguridad, eficiencia energética y control de emisiones contaminantes) en la Unión Americana obligaron a reconvertir las plantas para producir autos más ligeros y pequeños.

Para no quedarse atrás, Ottawa tuvo que ofrecer subsidios directos. Ford recibió 78 millones de dólares para poner una factoría de motores que originalmente iba a construir en Ohio. Los americanos se pusieron furiosos, pero el pacto sobrevivió. Desde entonces, el gobierno ha tenido que dar apoyos a las tres grandes para que permanezcan en Canadá. A cambio, las exportaciones se incrementaron consistentemente.

En los 80 el flujo de automóviles asiáticos baratos era incontenible. Al igual que su vecino del sur, Canadá amenazó a Japón con restringir sus importaciones y al mismo tiempo concedió importantes incentivos fiscales a Toyota y Honda para instalarse en su territorio.

El TLCAN permitió estandarizar muchos procesos productivos y mejoró la competitividad de la región, pero quitó la obligación de tener contenido canadiense. Adicionalmente, las mejores condiciones laborales en México y en el sur de Estados Unidos provocaron que ya no se abrieran plantas allá y que la producción cayera de 3 millones en 1999, a menos de dos en la actualidad. De ocupar el cuarto lugar mundial pasó al séptimo.

En las pasadas dos décadas han perdido participación dentro de los mercados norteamericano y mundial. Temen desaparecer, como pasó en Australia.

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