Repensar

Dickens 2022 (2)

En todas partes hay personas que viven en las banquetas y parques. Vemos como algo normal que pernocten ahí, a la intemperie, comenta Alejandro Gil Recasens.

(Continúa el artículo Una escena nocturna en Londres de Charles Dickens).

Salimos y fuimos hacia los bultos de andrajos. Toqué uno y nada pasó. Lo sacudí suavemente y empezó a moverse lentamente. Poco a poco apareció la cabeza de una mujer joven, de unos 23 o 24 años, demacrada y sucia, pero no fea.

“Díganos: ¿qué hace aquí?”.

“No pude entrar a la casa”.

Hablaba con dificultad y sin ganas, mirando hacia el cielo negro y la lluvia que inclemente caía, sin dirigirnos nunca la mirada.

“¿Estaba usted aquí anoche?”.

“Sí, y las anteriores noches también”.

“¿Conoce a estas otras?”.

“Conozco a ésta. Estaba aquí la noche pasada y me dijo que vino de Essex. No sé más de ella”.

“¿Y dónde estuvo usted durante el día?”.

“En las calles”.

“¿Qué comió?”.

“Nada. Sólo sobras que recogí en el mercado”.

“¿Si usted tuviera un chelín para obtener algo de cenar y buscar un lugar para quedarse, sabría dónde conseguirlo?”.

“Sí, podría hacerlo”, respondió confundida.

“Por el amor de Dios, hágalo. Consiga una cena y donde pasar la noche”.

Puse la moneda en su mano. Ella se reincorporó pausadamente y se fue. Nunca me agradeció ni me miró. Se desvaneció en la noche de la forma más extraña que jamás haya visto.

Una a una hablé con las otras. Todas lucían lánguidas y agotadas, pero no se quejaban. Ninguna se molestó en verme o agradecerme. Cuando llegué a la tercera, al notar que veíamos con horror a las dos últimas, que estaban caídas una sobre la otra, como imágenes rotas, me comentó que creía que eran hermanas. Fueron las únicas palabras que oímos de ellas.

Déjenme cerrar esta terrible historia con un rasgo redentor y hermoso de los más pobres de los pobres. Mientras hablábamos con las cinco figuras fantasmales, atrajimos la atención de mucha gente miserable, habitual de ese lugar. Ansiosos, querían ver el dinero que tenía en la mano y escuchar lo que conversaba. Lo que hice fue claro para todos los concurrentes.

Cuando la última de ellas se levantó y se alejó, los espectadores se abrieron para dejarnos pasar. Ninguno, con una palabra, mirada o gesto nos pidió limosna. Sabían que para nosotros hubiera sido un alivio deshacernos del resto del dinero, sólo por la esperanza de hacer algo bueno con él. Sin embargo, había un sentimiento entre todos ellos de que sus necesidades eran menores que las de esas mujeres, y nos dejaron ir en un hondo silencio, sin pedirnos nada.

Ni mi compañero ni yo pudimos dormir esa noche, recordando a esas desgraciadas mujeres.

Dejé pasar la Navidad y me sentí en la obligación de escribir un relato exacto de lo que pasó, de contarles la vergonzosa escena que presencié, porque los discípulos de la aritmética y de la economía política, en contra del sentido común (y del más elemental sentimiento de humanidad), creen que no hay que preocuparse por esas cosas. Sin menospreciar esas ciencias indispensables, con el espíritu del Nuevo Testamento, me dirijo a ellos para que arreglen las cosas infames que pasan en nuestras calles.

166 AÑOS DESPUÉS

Apenas el 20 de diciembre, sobre el camellón lateral de Paseo de la Reforma, en su cruce con Insurgentes, murió de frío un hombre. El pasado domingo falleció otro, por la misma causa, en el barrio de Santiago, en Puebla.

Ya no es noticia. En todas partes hay personas que viven en las banquetas y parques. Vemos como algo normal que pernocten ahí, a la intemperie. Ni siquiera nos impactan las vidas, tristes e inviables, de niños o niñas que crecen sin saber lo que es un hogar. No nos molestamos en imaginar el destino de muchachas o muchachos sin inscripción social, que estigmatizamos como vagos, adictos y delincuentes.

Los especialistas, con sus modelos econométricos, no se ocupan de ellos. Los políticos no se interesan por quienes ni siquiera tienen credencial de elector. Las comisiones de derechos humanos no atinan a observar su exclusión social extrema. La sociedad, anestesiada, quisiera borrarlos porque afean el paisaje urbano. Es indiferente ante su dignidad mermada y su abandono injusto. Su “humanismo” sólo alcanza para rescatar y adoptar perritos callejeros.

Hay que leer a Dickens, que decía: “Nadie que aligera las cargas de otro, es inútil en este mundo”.

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