Charles Dickens fue autor de novelas y cuentos de gran realismo. En sus obras, escritas desde la profundidad de sus convicciones religiosas y de su gran preocupación social, se denuncia el burocratismo de los juzgados, la corrupción de los funcionarios, los excesos de los privilegiados, el maltrato a las prostitutas, las deplorables condiciones de los trabajadores en las fundiciones. Pinta como nadie más la hipocresía de la Era Victoriana.
A través de sus personajes conocemos el drama de los huérfanos y del trabajo infantil (Oliver Twist) o la ceguera y avaricia de los ricos (Ebenezer Scrooge en Canción de Navidad).
Dickens fue también editor de revistas, desde donde encabezó cruzadas contra el esclavismo y la pena de muerte.
En uno de esos semanarios, llamado Palabras comunes, publicó el 26 de enero de 1856 el artículo que transcribo, resumido, a continuación. Las explicaciones entre paréntesis son mías.
UNA ESCENA NOCTURNA EN LONDRES
La oscura y lluviosa noche del pasado 5 de noviembre, mientras un amigo y yo platicábamos caminando lentamente, entramos sin darnos cuenta en Whitechapel (barrio de inmigrantes pobres, en el que, años después, Jack el Destripador asesinó a algunas prostitutas).
Estábamos frente a una casa de trabajo (las casas de trabajo eran asilos para personas sin empleo, en las que, a cambio de alojamiento y comida, tenían que hacer trabajos sencillos, como triturar huesos para hacer fertilizante).
De repente nos dimos cuenta de que, en la oscura calle, sobre el fangoso pavimento de adoquines, con la lluvia cayendo sobre ellos, había cinco montones de trapos. Estaban inmóviles y parecían cadáveres amortajados, sacados de sus tumbas.
“¿Qué es eso?”, exclamó mi compañero.
“Creo que son algunos miserables excluidos del pabellón casual”, le dije (el pabellón casual era la sección de la casa de trabajo que acogía a los que no vivían permanente ahí).
Nos habíamos detenido ante los montículos de harapos y estábamos paralizados por su terrible apariencia. Eran cinco espantosas esfinges gritando a cada transeúnte: “¡detente y mira!, ¿cuál será el destino de una sociedad que nos abandona aquí?”.
Mientras los observábamos, un trabajador, con apariencia de albañil, me tocó en el hombro y me dijo: “¡Señor, ésta es una escena terrible, indigna de un país cristiano!”.
“Dios sabe que lo es, amigo mío”, le contesté.
Añadió: “Frecuentemente veo cosas peores que ésta cuando regreso a casa del trabajo; en ocasiones he contado a más de 20; es algo impactante de ver”.
“Una cosa impactante, de hecho”, le respondimos los dos al mismo tiempo.
El hombre se quedó un rato cerca de nosotros, nos deseó buenas noches y siguió su camino, pensativo.
Nosotros, que teníamos más oportunidad de ser escuchados que el trabajador, nos hubiéramos sentido muy mal de no hacer nada, así que tocamos la puerta de la casa de trabajo.
En el momento en que un viejo abrió, me metí, seguido por mi compañero. Había visto en los ojos vidriosos del portero la intención de dejarnos afuera.
“Tenga la bondad de entregarle esta tarjeta al encargado de la casa y dígale que me gustaría hablar con él por un momento”, le manifesté.
Antes de que entrara al pórtico techado, apareció con brusquedad un hombre de capa y sombrero, como si estuviera acostumbrado a ser molestado cada noche y siempre devolviera el cumplido.
“¿Qué desean caballeros?”, nos preguntó en voz alta.
“Primero hágame el favor de ver la tarjeta que tiene en su mano. Quizá sepa quién soy” (Dickens era ya un personaje muy reconocido e influyente).
“Sí, conozco su nombre”, dijo al leerla.
“Bien, sólo quiero hacerle una sencilla pregunta, de manera respetuosa y sin que haya la más mínima intención de ofenderlo. Sería muy tonto para mí culparlo y no lo culpo. Puedo encontrar fallas en el sistema al que pertenece, pero sé que usted está aquí para cumplir una función y no dudo que lo haga. Espero que no objete decirme lo que quiero saber”.
“No, de ninguna manera. ¿Qué es?”.
“¿Usted sabe que hay cinco criaturas desdichadas allá afuera?”.
“No las he visto, pero le creo”.
“¿No duda que están ahí?”.
“No, para nada. Debe haber muchas más”.
“¿Son hombres o mujeres?”.
“Supongo que mujeres. Es probable que una o dos de ellas estuvieran la noche anterior y otras noches”.
“¿Quiere decir que están aquí cada noche?”.
“Muy probablemente”.
Mi compañero y yo, incrédulos, nos vimos uno al otro. El encargado añadió rápidamente: “¡Que Dios me perdone!, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo hacer? El lugar está lleno, siempre lleno, cada noche. Le debo de dar preferencia a las mujeres con niños. ¿No es así? ¿Ustedes no lo harían?”.
“Seguramente. Es un principio correcto y muy humano. Me agrada oír eso. No olvide que no lo culpo. No quiero saber más. Respondió a mi pregunta directa y cortésmente y se lo agradezco mucho. No tengo nada que decir contra usted sino al contrario. Buenas noches”.
(Continuará).