Repensar

¡Síganme los buenos!

EU propone que cada nación se comprometa a tomar acciones para sostener su sistema de libertades y, en un año, evaluar cuánto se ha avanzado, comenta Alejandro Gil Recasens.

Joe Biden convocó a una Cumbre por la Democracia, con participación de más de 100 presidentes y primeros ministros. Extrañamente invitó a gobiernos que poco tienen de democráticos (“chusma, chusma”) y dejó fuera a otros que formalmente lo son.

Aunque presentó a China y a Rusia como exportadores de autoritarismo (“se aprovechan de mi nobleza”), tuvo que reconocer que el peligro principal viene desde dentro, por la insatisfacción con la democracia y la polarización política.

Aceptó también (“pa’ qué te digo que no, si sí”) que en su patria también se ha deteriorado la democracia y, dado que ni siquiera ha podido pasar una ley de defensa del voto, no puede ponerse de ejemplo. Menos cuando (“te voy a acusar con tu mamá, Quico”) le está vendiendo 650 mil millones de dólares en armas al régimen de Arabia Saudita, contumaz violador de derechos humanos.

En consecuencia, propone que cada nación se comprometa a tomar acciones para sostener su sistema de libertades y, en un año, evaluar cuánto se ha avanzado.

Estados Unidos sólo apoyará (“sin querer queriendo”) con modestas partidas de ayuda externa: 120 millones de dólares (mdd) para respaldar a reformadores que luchan por los derechos humanos, laborales y femeninos; 75 mdd para una iniciativa contra la corrupción; 30 mdd para promover medios que defienden el interés público; 17 mdd para observación electoral; 12 mdd para rescatar a periodistas en peligro. Sin explicar los criterios con que se manejarán esos fondos (“al cabo que ni quería”), se espera que a esas aportaciones se sumen las de otros países.

¿Y AHORA, QUIÉN PODRÁ DEFENDERNOS?

Desde su independencia, Estados Unidos ha sido aislacionista. Fundado por colonos que huyeron de las guerras europeas, protegido por dos océanos y con vecinos amistosos al norte y al sur, apenas se interesó por el exterior cuando las amenazas nazi y soviética se hicieron demasiado evidentes.

Sólo entonces sintieron que tenían el deber de salvar, a cualquier costo, al “mundo libre”. Esa convicción se tambaleó cuando la televisión transmitió las crueldades y las bajas de la guerra de Vietnam.

Luego de la caída de la Unión Soviética, un grupo bipartidista de estrategas (los llamados “neocon”) convenció a los presidentes de que Washington (“no contaban con mi astucia”) podía promover y sostener un orden liberal en el mundo. Consideraban que, mediante intervenciones militares quirúrgicas y presiones políticas, se podía propiciar la democratización en Asia y África. En algún momento se entusiasmaron con “revoluciones de colores” y hasta imaginaron una “primavera árabe”.

La absurda aventura en Irak y los retrocesos en Siria y Libia no los hicieron desistir. Para erradicar a los terroristas que atacaron en suelo estadounidense, invadieron Afganistán. Casi sin darse cuenta, expandieron el objetivo inicial y durante 20 años intentaron construir instituciones y modificar rasgos culturales ancestrales.

La humillante salida de ese país (“se me chispoteó”), dejando atrás a aliados indefensos y una crisis humanitaria, marcó un cambio radical en la opinión pública. Los americanos creen que no tienen nada que hacer en lugares lejanos. Están cansados de guerras que no entienden; de que sus muchachos regresen traumados, desmembrados o en bolsas negras. Ya no quieren pelear ni pagar.

Los “halcones” van de salida y los “realistas” ganan terreno. Piensan que el país no gana nada enarbolando principios, que en la lucha por el poder mundial lo importante es lograr equilibrios estables; que el poder relativo perdido no lo va a recuperar auspiciando elecciones libres.

Por eso Biden (“todos mis movimientos están fríamente calculados”) no habla de expandir la democracia, sino de preservarla donde aún existe. Sabe que su área de influencia se reduce y que su potencia militar (“pastillas de chiquitolina”) está mermada. Por ello (“tómalo por el lado amable”) no amenaza, sino que trata de convencer.

Sin embargo, no podemos ignorar los llamados de auxilio de los pobladores de Hong Kong, Taiwán, Crimea o Ucrania. Ni nos podemos quedar sin hacer nada frente a regímenes autoritarios que intimidan a otros países; que provocan conflictos, hacen campañas de desinformación y manipulan elecciones; que se mueren de la risa cuando les imponen sanciones económicas.

Si no se frena el autoritarismo, las democracias quedarán aisladas y vulnerables. Además, los problemas de la interdependencia (medio ambiente, epidemias, migración) requieren cooperación.

En realidad (“que no panda el cúnico”), es en el multilateralismo (“lo sospeché desde un principio”) donde está la solución.

COLUMNAS ANTERIORES

El Zorro y Trump
¿Quién eres?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.