Repensar

Superpolarizados

‘Lo peor es que crece una alarmante desconfianza en el proceso democrático’.

Durante los nueve meses que lleva en la Casa Blanca, el presidente Joe Biden ha tratado de sacar adelante los paquetes legislativos que harían realidad sus promesas de campaña. Lo que finalmente consiga será una pequeña parte de lo que propuso. Su frustración será muy similar a la de sus antecesores. Con el Congreso dividido por mitades irreconciliables, ya es una hazaña que se puedan aprobar los presupuestos anuales.

La polarización es producto natural de los esquemas en los que gana el que tiene mayoría. Ése fue el régimen que los americanos heredaron de los ingleses, pero hay dos diferencias fundamentales entre ambos países.

En Gran Bretaña (hasta hoy), los candidatos a miembros de la Cámara de los Comunes son asignados por su partido a un distrito cualquiera, incluso uno en el que jamás hayan estado o sea muy lejano a su domicilio. En cambio, en Estados Unidos los miembros de la legislatura deben ser residentes de su distrito.

Eso hace que los diputados se sientan muy obligados a representar los intereses regionales, por encima de los partidistas. De esa forma, la confrontación se atenúa.

De hecho, desde que se crearon, los dos partidos de masas tuvieron una facción sureña y otra norteña. Entre ellas formaron diferentes coaliciones para sacar adelante grandes reformas, desde el New Deal de Franklin D. Roosevelt hasta las leyes de derechos civiles de Lyndon B. Johnson (conseguidas por el acuerdo entre demócratas y republicanos del norte a pesar de la oposición de demócratas y republicanos del sur).

La otra diferencia es que, mientras que en el Reino Unido siempre ha habido enfrentamientos ideológicos, que ponen en cuestión el sistema económico, en la Unión Americana, desde el principio hubo un consenso básico en torno al liberalismo económico y, por ello, las disputas han girado en torno a temas prácticos.

Así, por ejemplo, los debates entre el Partido Republicano de Thomas Jefferson y el Partido Federalista de Alexander Hamilton giraban en torno a impuestos y tarifas, asuntos que siguen siendo clave en la actualidad.

Eso explica que sólo haya habido tres épocas de alta polarización: la Guerra Civil, la Era Dorada (fines del siglo 19) y la que empezó en 1980.

Extremismo

El consenso bipartidista que vivió Estados Unidos en las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial se empezó a diluir en los años 70. Poco a poco los partidos se distanciaron, se hicieron más homogéneos y fueron excluyendo a los moderados. El senador republicano John McCain o la senadora demócrata Hillary Clinton, que eran parte de la corriente principal de su respectivo partido, acabaron siendo considerados como los más izquierdistas de su tribu.

Quedaron atrás los temas económicos, en los que se puede argumentar con evidencia, y se enfrascaron en las guerras culturales, en la que las posiciones son radicales y no negociables. El fundamentalismo lo vemos en asuntos como el cambio climático: para unos, no existe; para los otros, es el Apocalipsis.

Llegamos a un punto en el que el electorado está dividido en mitades. En las últimas nueve elecciones presidenciales la diferencia entre el candidato ganador y el perdedor ha sido de un dígito. En la mayoría de los distritos hay poca o nula competencia. Hay algunos en los que siempre gana el mismo partido, con ventajas de 20 puntos o más. Los simpatizantes del otro partido no le ven caso a ir a las urnas y, con ello, perpetúan la situación.

El mismo empate se presenta en el Congreso. La parálisis legislativa es desesperante. La infraestructura del país está en ruinas y es hasta ahora, después de más de 500 iniciativas presentadas en lo que va del siglo, que se ha aprobado una, claramente insuficiente. Algo similar sucede con la migración: ante la falta de un marco jurídico apropiado, los presidentes emiten decretos que los tribunales echan para abajo.

En este momento, la mitad de las nominaciones de jueces está bloqueada, lo que tiene a las cortes saturadas de casos pendientes. Tampoco se ha confirmado a un gran número de funcionarios federales. El único embajador aprobado es el de México.

Los grandes diarios se volvieron partidistas; surgieron canales de cable con propaganda abierta y las plataformas digitales se convirtieron en cámaras de eco. Las opiniones inamovibles separan a las familias. Lo peor es que crece una alarmante desconfianza en el proceso democrático.

Lo peor es que crece una alarmante desconfianza en el proceso democrático

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