Repensar

Niños héroes

No hay evidencia científica de que los niños sean más vulnerables a la variante delta o de que los enferme más que a los adultos.

Es poco lo que conocemos sobre el Covid 19: no sabemos cuándo, dónde y por qué inició; cómo frenar su expansión o cómo prevenirlo y curarlo. Contamos con pruebas, pero a veces dan falsos positivos. Se han desarrollado vacunas, pero ignoramos su efectividad y efectos secundarios. Hay tratamientos, pero aún son experimentales.

Los investigadores se han esforzado por encontrar respuestas y el personal de salud ha honrado a la profesión sacando adelante a miles de pacientes, a pesar de los peligros y la falta de apoyos.

Los gobiernos se han visto impotentes e insensibles, erráticos y titubeantes. Los políticos han querido minimizar o aprovecharse de la situación y la población, angustiada por la incertidumbre, desconfía de las decisiones que toman y se deja llevar por supersticiones y rumores.

La suspensión de actividades abatió los contagios a costa de frenar el crecimiento, retrasar proyectos, cancelar fuentes de trabajo y dejar sin ingresos a los más pobres.

El cierre de las escuelas ha producido retraso académico y deserción. En todas partes se está tratando de regularizar las clases, porque los niños aprenden mejor en las aulas y porque la convivencia con sus compañeros es importante para su desarrollo emocional y para que adquieran habilidades sociales. Hay riesgo, pero no tanto como el que se suponía.

No hay evidencia científica de que los niños sean más vulnerables a la variante delta o de que los enferme más que a los adultos. Lo que sí es claro es que los pequeños, en la superficie de las células, tienen menos receptores que el virus pueda usar para entrar y causar la enfermedad. También se ha concluido que son capaces de desplegar una respuesta inmune más rápida, que permite apagar la actividad virulenta antes de que cause estragos. Y que al tener menos comorbilidades y tasas de obesidad que los mayores, se agravan menos. Además, en la medida en que más adultos estén inmunizados, lógicamente disminuirá la transmisión hacia los menores.

Insensatez

Un tema crítico es el de las instalaciones. En países con baja cobertura, los grupos son muy grandes y los chicos difícilmente pueden mantener un distanciamiento prudente. Eso no sucede en Estados Unidos. De por sí cuenta con una infraestructura educativa envidiable y se han empeñado en mejorar la ventilación y en instalar filtros de aire.

Lo absurdo es que hay una gran reticencia a adoptar las tres medidas de sentido común más sencillas y efectivas: inocular al personal escolar y a los muchachos mayores de 12 años, hacer pruebas aleatorias y asegurarse de que todos usen cubrebocas en el interior de los edificios.

Aunque hay suficiente disponibilidad del biológico, por ignorancia o negligencia, la mitad de los americanos aún no se ha inyectado. Algunos gobiernos estatales han ordenado a los maestros que se vacunen o que certifiquen cada semana que no están infectados. Los sindicatos del gremio se oponen a ambas cosas y han llevado el asunto a los tribunales.

Otros gobernadores o legislaturas han prohibido que los distritos escolares hagan obligatorio el uso de los cubrebocas. Afortunadamente muchos presidentes de juntas escolares o superintendentes (puestos de elección) se han opuesto a los secretarios de Educación (cargos de designación) y han hecho valer su autonomía.

El colmo es que ciertos gobernadores se atrevieron a quitarle el reconocimiento oficial a colegios particulares (Illinois), a reducir el presupuesto de distritos rebeldes (Florida) o a aumentarlo a “los que cumplen las leyes” (Arizona).

Muchos padres de familia no están de acuerdo con que sus hijos usen cotidianamente el cubrebocas, sin considerar que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) y los colegios de pediatras lo recomiendan, por ser un método de prevención seguro y eficaz; barato, ampliamente disponible y fácil de usar.

En redes sociales circulan informes falsos acerca de envenenamiento por dióxido de carbono y teorías sobre supuestas afectaciones a la función cognitiva o al desarrollo cerebral por su uso prolongado. Papás y mamás con camisetas que dicen unmask our kids han protestado afuera de los planteles, alegando que sus hijos se sofocan o sufren acné y claustrofobia.

En realidad, los niños entienden la situación y están acostumbrados a las medidas de seguridad, aunque sean incómodas (como el casco para andar en bicicleta). Les divierte enmascararse como los héroes de las películas y, como ellos, quieren salvar al mundo de la gente tonta.

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