Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la política exterior de demócratas y republicanos ha sido muy similar. Durante más de siete décadas han compartido el mismo objetivo: hacer que prevalezca un orden internacional fundado en los valores de la libertad económica y la democracia. Un arreglo que le ha permitido a Estados Unidos ampliar sus mercados y contar con aliados para enfrentar a otras potencias. Lo que los diferencia es la forma en que gestionan conflictos coyunturales.
Por eso, las propuestas de política exterior de Kamala Harris en la elección interna de 2019 coincidieron, casi totalmente, con las de los otros aspirantes, incluido Joe Biden. No se espera que, como su vicepresidenta, o como su eventual sucesora, sostenga posiciones contrarias.
Ella llegó al Senado con mucha experiencia en procuración de justicia, pero en cuestiones internacionales era neófita. En su historial de votos mostró plena concordancia con la mayoría de su grupo parlamentario. Con ellos condenó las limitaciones a la libertad de expresión en Hong Kong; votó para bloquear la venta de armas a los saudís (por el asesinato de Jamal Khashoggi y su involucramiento en la guerra civil de Yemen); promovió iniciativas multilaterales para conseguir una transición pacífica en Venezuela; fue a Afganistán a acelerar el retiro de las tropas americanas. Esfuerzos todos, que tuvieron magros resultados.
A pesar de estar recién llegada al Capitolio, consiguió que la integraran al Comité de Inteligencia, en donde se hizo notar por sus advertencias sobre el robo de tecnología y los peligros en el ciberespacio, particularmente, la interferencia extranjera en las elecciones.
SUS TEMAS
En sus cuatro años en el Senado sólo en tres asuntos corrió separada del pelotón. Respaldó parcialmente una iniciativa de Bernie Sanders para reducir en 10 por ciento el presupuesto de las Fuerzas Armadas, con el objetivo de invertir más en salud, educación, creación de empleos y protección del ambiente. Fue un planteamiento muy impopular, sobre todo en su estado. En California es donde habitan más familias de militares.
En cambio, molesta a los progresistas su apoyo incondicional al gobierno de Israel, en especial a su política de permitir asentamientos de colonos judíos en la ribera occidental del río Jordán. En 2017 y 2018 causó furor cuando viajó a Tel Aviv para entrevistarse con Benjamin Netanyahu y para promover un acuerdo de cooperación sobre conservación del agua. Ella comenta que la sobrevivencia del Estado de Israel es una causa en la que cree firmemente. Desde niña iba de casa en casa, con la famosa cajita azul, solicitando donativos para el Fondo Nacional Judío.
La otra cuestión que la separa de sus correligionarios es su radical rechazo a los tratados de libre comercio. A pesar de las recomendaciones de Dianne Feinstein (la otra senadora de California y su mentora política) votó en contra de la aprobación del T-MEC, por considerar que sus capítulos laboral y ambiental son insuficientes. Es un reflejo de su compromiso con los granjeros del Medio Oeste, que son clave en las elecciones presidenciales. Sin duda intervendrá a su favor en las reclamaciones que hagan.
Al igual que Biden, considera que Estados Unidos debe liderar la lucha para detener el cambio climático. En su libro Las verdades que nos sostienen, hace ver que el descuido de los temas ambientales produce hambre y pobreza; genera tensiones e inestabilidad; se convierte en un riesgo para la seguridad nacional. En particular, cree que hay que acelerar la transición a energías limpias con acciones como financiar la introducción de vehículos eléctricos, acabar con los subsidios a los combustibles y, sobre todo, cerrar las plantas de generación que usan carbón.
Siendo hija de extranjeros, es natural que sea sensible al complejo problema de la migración irregular. Como procuradora convino en declarar a San Francisco como ciudad-santuario y se negó a cooperar con la detención de indocumentados. Como senadora, se opuso a la militarización de la frontera y secundó iniciativas para evitar la detención de niños y de mujeres embarazadas. Está de acuerdo con el presidente en hacer permanente el programa DACA y en ampliar el número de refugiados y profesionistas que se admiten anualmente.
Como buena abogada, cree que para frenar la emigración en Centroamérica se necesita, además de crecimiento, estado de derecho para erradicar las violaciones a los derechos humanos, la violencia y la corrupción.