Se dice que hay polarización política cuando las preferencias políticas de los ciudadanos y de los políticos se van a los extremos y muy pocos sostienen posiciones centristas. El problema es que la realidad social no es toda blanca o toda negra, sino que se presenta en tonalidades de gris. Exacerbar las diferencias hace imposible apreciar esos matices, impide los acuerdos y conduce al enfrentamiento. Eso le sucedió a Estados Unidos en la segunda mitad del siglo 19. Las posiciones irreductibles desencadenaron la sangrienta Guerra Civil, cuyas secuelas todavía padecen.
El país pareció aprender la lección y a pesar de que vivieron etapas de sobresaltos económicos (con su estela de pobreza, inflación y desempleo) varias generaciones de políticos se caracterizaron por su voluntad y habilidad para buscar compromisos aceptables. Hasta el tono de los discursos cambió: menos invectivas y más argumentación convincente.
Basta recordar el éxito de las charlas “junto a la chimenea” de Franklin Roosevelt. Los americanos soportaron los sacrificios necesarios para dejar atrás la Gran Recesión y las dos guerras mundiales porque se dejó de culpar a los opositores y se logró que la población viera al futuro. Vinieron luego las décadas de los 50 y 60, en las que un amplio consenso permitió un notable progreso compartido.
En los 70 y 80 la polarización regresó. La propaganda negativa dominó las campañas electorales, que se volvieron un torneo de acusaciones. Ya no importó presentar propuestas atractivas, sino destruir la imagen pública del rival. En vez de aprovechar las ventajas de la televisión para mostrar la bondad de su oferta a los electores, la usaron para burlarse de los otros.
Algo parecido sucedió con la multiplicación, ya en este siglo, de las redes sociales. Su gran potencial para difundir mensajes al instante, para llegar a millones de personas y para crear grupos de pensamiento afín, no se ha usado para mejorar el debate, sino para esparcir mentiras descaradas, rumores alarmantes y ridículas teorías conspirativas. De nada sirve que haya una variedad increíble de contenidos si las personas sólo leen los que confirman sus creencias. Hay la posibilidad de conocer a personas con otro punto de vista, pero la mayoría no tiene, en su círculo inmediato, a nadie con opiniones opuestas.
Política aburrida
El resultado es una sociedad dividida, con diferencias irreconciliables, que se osifican e impiden hasta los cambios más urgentes.
En la legislatura anterior, los republicanos coincidieron de 70 a 95 por ciento de las veces con la posición de Trump, en tanto que las tres cuartas partes de los demócratas nunca votaron a favor de una iniciativa del expresidente.
Lo que vimos en la elección de noviembre fue una movilización inmensa, con un gran costo económico y emocional, pero con cambios mínimos en la distribución del poder político, a pesar de la crisis sanitaria y económica y de los disturbios raciales. Una especie de guerra de trincheras, con un montón de bajas y escasos avances significativos.
Desde 1988 las elecciones presidenciales se deciden por diferencias de un dígito en el voto popular y por pocos miles de votos en la selección de delegados. En 22 estados en los que los dos senadores son demócratas, aventajó Joe Biden, en tanto que en 22 estados en los que los dos senadores son republicanos, triunfó Donald Trump. Sólo en seis hay una representación mixta. Los estados rojos o azules siguieron siéndolo y sólo tres de los púrpuras se definieron. Entre la elección de 2016 y la de 2020, el porcentaje del voto de los blancos, negros e hispanos de cada partido se mantuvo prácticamente igual.
De 3 mil 113 condados, únicamente en 303 el ganador se decidió con un margen de un dígito. Los otros son abrumadoramente republicanos o demócratas. Los que viven ahí y son del otro partido tienen nula posibilidad de ser representados en forma distinta. Como la mayor parte de los legisladores se reelige, los resultados son tan previsibles que pierde sentido ir a votar.
Se inició ya la discusión del presupuesto para el siguiente ejercicio fiscal y en menos de tres meses comenzarán las campañas para las elecciones legislativas del año próximo. Si los partidos siguen inventando pretextos para condenar y no buscan oportunidades de conversar, seguirá la rigidez en los patrones de votación y la parálisis institucional. Dejarán a los ciudadanos sin motivos para participar.