Repensar

Mosaico económico

Aunque en todo el país rige el mismo sistema económico, cada uno de los 50 estados tiene su particular régimen impositivo y regulatorio, comenta Alejandro Gil Recasens.

En los próximos meses seremos testigos de un intenso debate en el Congreso de Estados Unidos. Se estará discutiendo un gigantesco paquete económico, que incluye proyectos de infraestructura, reconversión a energías limpias y programas sociales, así como las reformas fiscales para financiarlos. Lo que hace extremadamente compleja la negociación es que las fuerzas parlamentarias están muy parejas y la disciplina partidaria es difícil de mantener cuando los legisladores reflejan los intereses diferenciados de sus estados.

Aunque en todo el país rige el mismo sistema económico, cada uno de los 50 estados tiene su particular régimen impositivo y regulatorio. Cada gobierno estatal define sus prioridades y ensaya sus propias políticas.

En algunos estados la concentración económica es altísima en sectores como la construcción, los bienes raíces, el comercio minorista y la banda ancha. Hay altas barreras de entrada para nuevos participantes y se subsidia a las empresas dominantes –que desde luego son generosas a la hora de hacer donativos para las campañas electorales–. Es casi imposible abrir nuevos negocios y los consumidores reciben productos de baja calidad y muy caros.

El peor ejemplo son los hoteles de las grandes ciudades. Protegidos de la competencia, cobran tarifas excesivas y dan mal servicio.

Lo que más inhibe la creación de nuevas empresas son las licencias ocupacionales, que se exigen al 25% de la fuerza laboral. Si usted quiere poner un salón de belleza o un despacho de diseño interior en Nueva York, California, Luisiana o Virginia Occidental, todo su personal requiere un permiso para trabajar y éste sólo se concede al que obtuvo un certificado. En consecuencia, sube el costo de la mano de obra y se frena la movilidad social ascendente.

Ésa es la razón por la que en unos estados hay miles de paneles solares operando y en otros no. De nada sirve que se hayan abaratado, si es demasiado lo que ahí cobran los instaladores.

Algo similar sucede en los mercados laborales. Cuando se depende de un pequeño número de empleadores con poder de mercado, que no permiten elevar los salarios, los trabajadores se van a buscar oportunidades a otro lado. Luego, la escasez de trabajadores impide el establecimiento de nuevas firmas y la economía local decae. En cambio, prospera cuando hay muchas compañías de ramos diversos y muchos trabajadores con variedad de habilidades.

Igual de nociva es la sobrerregulación del uso del suelo, especialmente en las costas. Le dificulta a las empresas encontrar terrenos en ubicaciones óptimas, encarece la vivienda y obliga a realizar largos viajes para ir al trabajo. Por eso las grandes firmas se han ido a las áreas metropolitanas de Texas o ponen sus sedes en ciudades medias como Indianápolis, Columbus o Memphis.

INTANGIBLES

Desde luego, los inversionistas prefieren los estados que retienen menos impuestos y se preocupan por tener infraestructura suficiente y en buen estado, así como en proveer servicios públicos aceptables y una administración eficiente.

En la economía del conocimiento son también importantes los centros de investigación. La Universidad de Stanford dio origen a las innovadoras firmas de Silicon Valley. Las universidades Duke (en Durham), North Carolina State (en Raleigh) y North Carolina at Chapel Hill formaron la región del Research Triangle y a su alrededor surgieron centros médicos de excelencia y firmas como IBM, Cysco Systems, Lenovo, Basf, Bayer, Pfizer y Glaxo Smith Kline. En cambio, en el Medio Oeste se han desindustrializado, no han podido transitar a los sectores modernos y es evidente la decadencia de las ciudades.

Algunos gobiernos estatales han puesto atención al capital social y eso ha tenido efectos sorprendentes en su crecimiento. Es lógico: donde hay cohesión social y compromiso cívico, la participación social se refleja en vecindarios seguros, la mejora de las escuelas, la extensión y cuidado de las áreas verdes y el fomento de la cultura. Es decir, en calidad de vida. Es lo que se ha perdido en San Francisco, Chicago o Boston, pero aún se conserva en Montana, Nebraska o las Dakotas; en Maine, New Hampshire o Vermont e, incluso, en los suburbios de Los Ángeles (Orange) o de Washington (Fairfax).

Todo lo anterior explica por qué la inversión y la gente se han movido al sur (Phoenix, Dallas, Houston, Miami) y a lugares como Denver o Minneapolis-St.Paul.

Cada estado tiene su lógica económica y, por ello, ponerlos de acuerdo se complica tanto.

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