Repensar

Sin luna de miel

A pesar del trato benévolo de la prensa, la aprobación de Biden a estas alturas anda por el 52%, apenas arriba de la de dos presidentes anteriores, dice Alejandro Gil Recasens.

Los ciudadanos, incluso los que votaron por otra opción, le suelen dar a los nuevos gobernantes un periodo de gracia, en lo que se encarreran y pueden mostrar resultados tangibles. Es la llamada luna de miel, siempre bienvenida porque le da un impulso inicial al programa de gobierno propuesto. Eso ya no sucedió con Joe Biden. A pesar del trato benévolo de la prensa, su aprobación a estas alturas anda por el 52%, apenas arriba de la de dos presidentes anteriores (Gerald Ford y Donald Trump).

Es explicable por las crisis simultáneas, sanitaria y económica. A pesar de que la vacunación y la reapertura de escuelas están avanzando más rápido de lo previsto, la gente piensa que han sido más proactivos los gobiernos estatales y locales. Y aunque las muertes diarias bajaron de 3 mil a 700, todavía no se sienten seguros ni pueden volver a la normalidad.

El paquete económico aprobado en diciembre permitió sobrevivir a muchas empresas y mantener los servicios públicos; también ayudó a los que perdieron su trabajo y puso cheques de mil 400 dólares en la cartera de 100 millones de americanos. No obstante, las cadenas de suministro siguen bloqueadas, el empleo se recupera lentamente y los precios están subiendo.

Adicionalmente, persiste la polarización política. Biden insistentemente prometió que lucharía por unir al país, pero su propio partido, también dividido, no lo ha dejado cumplir, ni lo dejará. Han introducido iniciativas de ley para ampliar la integración de la Suprema Corte, para federalizar las leyes electorales y para convertir en estado el distrito de la capital. Son cuestiones en las que el presidente no está de acuerdo y que, sin ser viables, provocan el endurecimiento de la oposición y la inquietud de los votantes.

Eso le quita espacio de maniobra en el Congreso. Por ejemplo, sabedor de que no tiene los votos necesarios para sacar adelante un nuevo marco legal en materia de control de armas o de reforma de los cuerpos de policía, se contenta con crear comisiones o con solicitar a los legisladores enmiendas de poca trascendencia.

TIEMPO AGOTADO

En los primeros 100 días de su administración, Biden ha emitido decretos para anular acciones ejecutivas de Trump en materia ambiental y de inmigración, pero ha tenido que posponer, reducir o reformular otras acciones proyectadas.

Esto es evidente en la política migratoria. Anunció una amnistía general de migrantes no documentados, pero hay diferencias sustanciales sobre lo que eso significa entre los líderes parlamentarios y entre diferentes grupos de congresistas. Algunos quieren derrumbar el muro fronterizo y otros añadirle nuevos tramos. Por lo pronto, la construcción está suspendida sólo temporalmente.

En tres meses, la entrada ilegal se volvió masiva: el mayor número de intentos en 20 años. Están deportando a miles cada semana. Con el agravante de que aumentó el número de niños no acompañados. Sin instalaciones seguras, abrió un albergue de 5 mil camas en Fort Bliss y los están mandando a hoteles, pero ni así alcanzan a procesarlos.

Los jueces de migración son insuficientes y están constreñidos por el tope de refugiados a admitir, que Biden quiere mantener en 15 mil al año. Los legisladores se rebelaron y lo van a obligar a incrementarlo.

En la única conferencia de prensa que ha dado desde que está en la Casa Blanca, trató de presentar ese influjo como algo estacional. La opinión general es que muestra debilidad y actúa erráticamente. Roberta Jacobson, a quien designó para atender el problema en la frontera, renunció ante directrices contradictorias.

Algo similar sucede en la política exterior. Ofreció retirar todas las tropas de Afganistán para el primero de mayo; ahora dice que lo hará para el 11 de septiembre “de ser posible”. El secretario de Estado ha hecho interesantes declaraciones y algunas visitas. Aún no se ve claro cómo se van a revitalizar las alianzas históricas ni en qué forma se va a contender con los rivales económicos y militares.

En todo caso, la viabilidad del gobierno queda sujeta a que se apruebe el llamado plan de infraestructura, que más que enfocarse a la construcción, elevaría los impuestos y le daría fondos a los diferentes afanes clientelistas que mantienen la frágil cohesión de los demócratas. Hoy en la noche el presidente irá al Capitolio a tratar de convencer a los congresistas. Se ve difícil.

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